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ACERO Y PLATA DE LUNA

Mis relatos Memoria fatal

Memoria fatal

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El verdadero viaje se hace en la memoria.

Todos necesitamos alimentar en nosotros

alguna vena de loco para que la realidad

se nos haga soportable.

MARCEL PROUST

"Dentro de un rato todo lo que salga de mi boca tendrá aún menos sentido". Aquella frase, dejada caer con gran naturalidad, logró captar mi atención. Su locuaz propietaria consiguió mucho más. A decir verdad, me entusiasmó. Acaso fuera su gran belleza, que le hacía destacar sobremanera sobre el compacto grupo que se había presentado, de improviso, rompiendo la monotonía de aquel local que solía acogerme cuando no encontraba otro lugar al cual acudir. O quizás fuera la intensidad de su mirada que se me entregaba de dos maneras simultáneas: cuando me atrevía a mirarla directamente (sin que ella se apercibiera de ello, por supuesto) y cuando la observaba, con más detenimiento, en un espejo estratégicamente colocado detrás de la barra del bar y que me devolvía su imagen divina, componiendo de este modo una dulce simetría.

Dicen que la gente bebe para olvidar, yo, en todo caso, lo hacía para intentar recordar. ¿Recordar qué?, recordarlo todo. En aquellos momentos, en la profundidad de la noche, luchaba para atrapar aquellos pensamientos que se me escapaban tan a menudo. Fragmentos enteros de mi vida se volatilizaban sin piedad y sin posibilidad alguna de recuperación, víctimas de mi frágil memoria. Tan particular, tan conflictiva, mi memoria es terriblemente selectiva y desgraciadamente yo no soy el encargado de elegir los recuerdos que guarda mi cerebro. Mi falta de retentiva ha complicado mi vida de una manera inimaginable y me ha hecho muy desdichado. Siempre he detestado la absoluta falta de control que tengo sobre mis recuerdos, y me he odiado a mi mismo y a mi singular y obligado proceder en este mundo cambiante. Bendito sea Funes el memorioso, que podía recordar absolutamente todo lo que acontecía con tanto detalle que habría necesitado otra vida para poder reproducir esos recuerdos con total exactitud. Yo era, de alguna manera, antagónico a aquel personaje de Borges. Y no necesitaba otra vida, me hubiese bastado con la mía, que se me escapaba de entre los dedos por mi incapacidad para recordar todo aquello que más anhelaba rememorar.

Y por eso escribía; y dibujaba. Siempre llevaba conmigo un cuaderno donde plasmaba en imágenes o en largos textos mis evoluciones diarias. Había, no obstante, dos grandes obstáculos que se interponían a la hora de utilizar aquellos cuadernos como si fueran un diario y poder dirigirme a ellos siempre que necesitara saber qué había sido de mi vida un día cualquiera. La primera dificultad habitaba en la misma raíz del problema: a menudo se me borraba de la memoria lo que estaba dibujando o relatando. Aquella amnesia súbita que me atacaba sin compasión, además de ser el colmo del desmemoriado que intenta proteger, sin conseguirlo, esos recuerdos que le son arrebatados una y otra vez, era un atentado contra la poca autoestima que me quedaba. El segundo obstáculo era mi desbordante imaginación. Yo utilizaba mi ingenio para suplir las lagunas de mi cerebro y rellenaba las escenas de mi propia vida con gran creatividad. Mi penosa existencia transcurría permanentemente en una línea imaginaria que fusionaba la realidad de lo que me ocurría con la ficción más absoluta. Intentar plasmar mis recuerdos para acabar falseándolos de aquella manera era sumamente absurdo y me irritaba terriblemente, pero no podía evitarlo, ante la ausencia de hechos verídicos que relatar tiraba de imaginación. El resultado de aquella amalgama de verdad y fantasía no enmascaraba un hecho irrefutable: yo era un hombre sin pasado. A pesar de que mi realidad cotidiana había llegado a convertirse en un caos total, con el tiempo me había adaptado a aquella vida en presente continuo. Por supuesto, no me consideraba un hombre afortunado, tampoco lo había pretendido, me conformaba sencillamente con ir tirando, como la mayoría de seres de este mundo. Al fin y al cabo, la felicidad parece más un cuento que otra cosa.

"Lo peor no es que exista una mala canción, lo terrible es que alguien la baile como si fuera buena". Rubio sus cabellos, verdes sus ojos, pero era por sus lindos labios por donde se escapaban aquellas frases increíbles que provocaban la hilaridad de sus partisanos embadurnados ya, a aquellas horas, por capas y capas de alcohol. Y yo la dibujaba y fabulaba alrededor de aquellas máximas, protegido por las escasa luz del local y por los vapores del cuarto tequila en solitario que insensibilizaría todavía más, si cabe, mi lengua pero que me aclaraba, increíblemente, las ideas y me ayudaba a fijar mis recuerdos en el cuaderno. Estaba disfrutando de un momento de lucidez particularmente largo y lo saboreaba como un instante de dicha. Algo que no suele durar: ella se levantó para irse. El grupo de amigos se aprestaba a abandonar el local y continuar su fiesta por otros derroteros.

El hecho de que se fueran me entristeció profundamente. En mi enajenación mental, quizás esperaba que aquel momento perfecto se iba a eternizar hasta tal punto que la realidad se solidificaría allí, inmóvil, inmune a todo, en una especie de punto y final. Cuando ella pasó justo por detrás de mí hacia la salida, hacia nunca jamás, percibí con gran claridad que si la dejaba escapar por aquella puerta no la volvería a ver o peor, que aunque en el futuro me diera de bruces con ella, no la reconocería: la habría olvidado por completo. Fue entonces, cuando se aproximó tanto a mí que el viento que la seguía, obediente y entregado, se entretuvo acariciándome tibiamente, que oí su nombre, Ana, eso sí ensuciado al ser pronunciado por unos labios que no eran los míos. Y el escuchar aquel nombre me electrizó de tal manera que actuó como espoleta de una serie de hechos, absolutamente improbables pero vertiginosos, que se iniciaron al cruzar yo también aquella puerta, pocos segundos después.

Nunca había hecho algo así. Yo, que me dejaba vivir, sin apasionarme por nada, que me arrastraba por ahí haciendo cosas que olvidaba poco después apenas sin presentar batalla, por primera vez tomaba las riendas de mi vida y entraba en una dimensión desconocida. ¿Cuál era mi propósito al seguirla a través de aquellas callejuelas oscuras?, no olvidarla, en primera instancia. Luchaba para que la oscuridad no alcanzase de pleno mi cerebro y me dejara tirado en el empedrado, como un borracho cualquiera, perdido irremisiblemente su recuerdo, muerto antes de tiempo.

Como en un sueño la seguí (a ella y a sus amigos), intentando no ser visto, clavando mis ojos como garras en las sombras que avanzaban lentamente delante de mí, aguzando mis oídos para escuchar sus risas, cristales que rebotaban en las paredes viejas de aquel barrio tan antiguo y a la vez tan novedoso. El fugaz paso de un gato negro que me quiso hipnotizar al cruzar contoneándose por entre mis piernas, sin miedo, como un pequeño diablo de encendidos ojos verdes, casi me paralizó. Fueron quizás segundos, pero suficientes para que, en mi turbación, perdiera de vista a la pandilla que me precedía. Aceleré el paso y un poco más adelante tuve que elegir entre el negro de la calle vacía y el rojo del letrero luminoso que se elevaba justo delante de mí. Entré en aquella discoteca.

Ruido, música infernal, desasosegante apelotonamiento de gente, rostros exaltados por mil substancias que me miraban como si yo fuera un extraterrestre. Complicada misión, la mía: tenía que encontrar a aquel grupo (ni siquiera era seguro que hubieran entrado en el local) y tratar de no perderme yo. Les buscaba frenéticamente por toda la sala hasta que, angustiado, sin conseguir dar con ellos, medio mareado ya, me paré en medio de la pista de baile y cerré los ojos un momento. Unos zarandeos inapropiados me hicieron salir de mi sopor: una pareja se había apoderado de mí, me abrazaban, me besaban, él, ella, haciendo unas muecas ininteligibles; era un rollo raro insufrible. Tanto era el manoseo que lograron que se me escurriera el cuaderno de entre las manos, justo en el momento en que vi como Ana y sus amigos desaparecían por la puerta. Desesperado, me desembaracé de aquel duo excéntrico y me arrojé al suelo para recuperar mi libreta, mi memoria, mientras que aquellos dos gusanos se desternillaban de risa. A cuatro patas logré escapar y me dirigí, dando tumbos, hacia la salida.

El aire de la calle me hizo bien y distinguir su silueta a lo lejos, ahora alojada en un grupo más reducido (eran tres), también. Al poco rato de seguirlos, el trío se convirtió en pareja: el chico se fue y sólo quedaron las dos amigas. Y, cerrando la procesión, estaba yo, a una cierta distancia, como un espíritu acechante. Ya empezaba a sentirme ridículo en aquel papel que me había arrogado arbitrariamente, cuando súbitamente la noche cambió de cara. Se rompió el silencio y los gritos de pánico llegaron hasta mí, nítidos, sin obstáculos, amplificados, acelerando mi sangre de cero a mil: alguien estaba atacando a Ana y a su compañera. Corrí, corrí tanto que llegué casi antes de que hubiera ocurrido nada. Un tipo con cara de psicópata tenía apresada a Ana y según parecía acababa de golpear salvajemente a la otra chica, que estaba en el suelo, llorando y sangrando. Me lancé a por el asaltante sin dudarlo, hecho una furia, con la intención de liberarla, pero él, bastante más fuerte que yo, me lanzó contra una pared de la calle, dejándome machacado y aturdido. A pesar del tremendo golpe, del sabor a sangre en mi boca y del miedo que me invadía sin poder contenerlo, increíblemente tuve un momento dulce: ella me miraba por primera vez, sabía que yo existía, que era una especie de príncipe azul, algo maltrecho, que había aparecido para salvarla. El tiempo se paró en sus ojos, que pasaron del sobresalto a la compasión, del agradecimiento a la franca amistad, de la proximidad de nuestras almas al pánico por mí, por ella misma, todo ello en un arcoíris de expresión. Aquel instante mágico pasó y, justo cuando el salvaje se disponía a rematarme, las luces de mil ventanas se encendieron de golpe y se llenaron de gente. Gente que increpaba al energúmeno y que amenazaba con llamar a la policía, gritando sin cesar, gente que me salvó: aquel animal se detuvo, se acomodó a Ana en sus anchas espaldas y echó a correr por el callejón.

Me incorporé en tiempo récord, a pesar de que sentía mi cuerpo como un sonajero, y me acerqué a mi improvisada compañera de fatigas. "Estoy bien, ve a por ella", me dijo, con los ojos brillantes de llanto. Me lancé a la caza de aquel hombre que con su feroz agresión nos había unido tanto a Ana y a mí, para luego separarnos de una forma tan brutal. El secuestrador había creado un vínculo entre nosotros y yo le perseguiría hasta la muerte si era preciso, la suya o la mía pero nunca la de ella. Ana gritó una vez y ya no lo hizo más (el demonio debió silenciarla a la fuerza), pero aquel doloroso alarido me puso sobre su pista. Le seguí al galope por calles y calles cada vez más oscuras, resoplando, hasta que, finalmente, cuando parecía que me iba a desplomar por el esfuerzo, con el corazón queriendo salir de mi pecho, le vi, creí verle entrar en un edificio a lo lejos. Detuve mi carrera y me dispuse a apuntar en mi cuaderno la dirección de la casa, nunca se sabía cuando iba a perder la memoria. Descubrí entonces, con horror, que no llevaba conmigo la libreta, extraviada en la lucha precedente. Saqué el móvil rápidamente y ... El pánico a quedarme en blanco y no poder salvar a Ana estalló de golpe. Y sucedió.

Cuando pierdes la memoria reciente, te sientes como un muñeco que alguien coloca en un lugar cualquiera, al azar. Tú no tienes ni idea de donde estás ni de lo que andas haciendo por ahí, podrías ser un delincuente, un asesino que acaba de matar a alguien y ni siquiera lo sabrías. Preferirías ser tú el asesinado y acabar de una vez por todas, pero no, sigues aquí, en este mundo que no está hecho para ti, tú que eres un espécimen defectuoso, de difícil encaje en esta sociedad, el hombre sin pasado. Te envuelve una sensación de enorme desasosiego, apoyas tu espalda contra la pared y te dejas caer hasta quedarte sentado, abatido, perdido. Ya ni buscas en tu interior, sabes que no hay nada que hacer: esos recuerdos ya no vuelven. Te tienes que contentar con mirar los apuntes, los dibujos (si no los has perdido) y el resto te lo inventas.

Sonó un teléfono, mi teléfono, y eso me sacó de mis recuerdos, o más bien de la ausencia de ellos. Era Marta. ¿Y quién era Marta?, ni idea, claro está, pero estaba terriblemente alterada y me pidió llorando que no le hiciera daño a su amiga Ana. Desde la tranquilidad de mi ignorancia le contesté que no sabía de qué me hablaba y le pedí que se serenara y me explicara con claridad la situación. Marta, chica lista, con gran habilidad para la concisión y un sentido clásico de las prioridades, me puso rápidamente en antecedentes. Me habló de la pelea, del secuestro de Ana y me dijo que había encontrado mi número de móvil en el cuaderno perdido. Ella no sabía a quién pertenecía la libreta y me suplicó, desesperada: "si eres el secuestrador, ¡por Dios te lo pido!, no hagas daño a mi amiga y si eres el otro chico, por favor, ¡sálvala!". Ella desconocía si yo era el bueno o el malo de la película. ¿Lo sabía yo?, ojalá fuese así, porque tenía que rescatar a Ana.

Qué descorazonador puede llegar a ser que la vida de una persona dependa de ti y que por culpa de tus propias limitaciones no halles la manera de salvarla. En aquel momento yo estaba hundido miserablemente pero conseguí serenarme y me puse a pensar qué habría hecho yo, el hombre sin memoria, si necesitara retener algo importante y no dispusiera de papel y lápiz para apuntarlo y pensé en el móvil. Con manos temblorosas cogí el teléfono. La última foto era la del edificio que tenía justo enfrente. Me levanté de un salto y me dirigí a aquella casa donde se suponía que se encontraban el secuestrador y Ana, con la determinación de arrebatársela.

Me introduje en el inmueble y, mientras subía las escaleras, una puerta se entreabrió a mi paso. Sin pensar, empujé violentamente, golpeando en la cabeza al individuo que estaba detrás. Estaba claro que no era él. Cogí al pobre hombre por el cuello y describiendo lo mejor que pude al secuestrador conseguí que me dijera donde vivía. Como no tenía la intención de presentarme en su puerta y pedirle educadamente que me devolviera a Ana sana y salva, opté por dirigirme al terrado del edificio y descolgarme hacia su ventana trasera. No acabé aplastado contra el patio de manzanas de puro milagro, pero conseguí acceder al piso gracias a una ventana que estaba medio abierta. Una vez dentro, me quedé inmóvil un instante, en la oscuridad de aquella sala intentando escuchar lo que pasaba en la habitación contigua, pero me fue imposible, mi corazón latía tan fuerte que era un estruendo en mis oídos. Me dirigí hacia la puerta y la abrí silenciosamente. Miré por una rendija y les vi. Casi me desmayo de la impresión, ¡cómo me temblaba todo el cuerpo! Ana estaba todavía entera, amarrada a una silla, con un trozo de cinta aislante en la boca y aparentemente desmayada. El psicópata estaba acabando de extender pacientemente unos plásticos por toda la habitación (aquel monstruo era tan odioso como metódico), y había desplegado un montón de cuchillos y otros instrumentos espantosos delante de Ana. Las intenciones del carnicero eran claras. Pensé que quizás tuviera una oportunidad al darme la espalda en el instante en que se propusiera reanimarla para dar comienzo a su fiesta sangrienta. Y así fue. En cuanto dejó su teatro de operaciones perfectamente organizado, aquel tarado le propinó un tortazo con la mano abierta para despertarla y aproveché el momento para entrar en la habitación sin que me oyera, aproximarme a él por detrás y coger uno de los cuchillos e intentar clavárselo en la espalda. Ana, sobresaltada al recuperar la consciencia, me miró y el loco aquel se movió lo justo para esquivar la puñalada. Acto seguido me agarró y me lanzó salvajemente contra la pared otra vez (qué maldita costumbre tenía arraigada aquel animal). Si ya era increíble que no me hubiese quedado desmayado por el impacto, lo realmente asombroso fue que el cuchillo aún permaneciera empuñado en mi mano y, cuando aquella bestia se me tiró encima para aplastarme definitivamente, se lo clavé en mitad del corazón.

En los pocos segundos que aún me quedan de vida he vislumbrado la atroz verdad. Al despertarme de mi último lapsus de memoria, yo había elegido arbitrariamente la figura del salvador en lugar de la del psicópata asesino. Hasta la persona más infame se cree mejor de lo que realmente es. Ahora que muero con el pecho atravesado acierto a ver, con horror, que yo no he salvado a Ana, otro la ha salvado. De mí.

 
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"Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar"

Cortázar

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