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ACERO Y PLATA DE LUNA

Mis relatos Una historia faulkneriana

Una historia faulkneriana

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El ruido y la furia de los elementos desatados ahí fuera me zarandean. Como caballos desbocados atrapados en mi cabeza, no pueden huir y, finalmente, me despiertan. Es un volver a la vida amargo, lo noto en la boca. Lentamente, con esfuerzo, abro los ojos. ¿O no? Está tan oscuro que tanto si los abro como si no, lo veo todo negro. Me invade una sensación extraña. ¿Qué sucede? Algo no va bien. Lo percibo claramente. Mi corazón se agita. Siento, ¿miedo? Pero no es cuestión de precipitarse. Aún así mi cuerpo, esa máquina perfecta fruto de una evolución milenaria, no anda como debiera. ¿Qué es?, ¿un desajuste, una falta de puesta a punto, una borrachera de mil demonios que no recuerdo? Lo ignoro. Un dolor en la cabeza que, a medida que voy recuperando la consciencia, se hace más y más presente, en un crescendo imparable que amenaza a esta oscuridad que me envuelve y le ordena una retirada, para dar paso a la luz de un millón de estrellas danzando en mi nuca. ¿A qué viene tanto dolor? Me paso la mano por ese mar de algas encolerizadas y la aparto violentamente. Sale pringosa. ¿Estoy sangrando? Se multiplican las pulsaciones en mi interior. La adrenalina se mezcla fulgurante con otras substancias y me incorporo rápido como un poseso. Mal hecho. Punzadas, punzadas. Mil pinchos como un erizo cremoso en mi cabeza. Unas nauseas como daños colaterales, un vomitar improvisado, sin poder evitarlo. No hay control. El miedo se desata. Corre libremente. Lo salpica todo. Al suelo otra vez. Fracasé, iba a besarla, resbalé y me caí montaña abajo. Era joven, inexperto. Ella era tan bonita y yo tan torpe. El beso quedó sólo en intento y la caída fue larga, aparatosa y dura. A veces pienso que aún sigo cayendo. Un golpe en la cabeza fundió a negro mi aventura romántica precoz y me desperté en el hospital. Me recuperé pero no tuve ocasión de hacer un segundo intento: se acabó el curso y ella se fue. La busqué desesperadamente, yo estaba locamente enamorado, creo que siempre la he querido, que aún la quiero, pero no la encontré. Se fue tan lejos que fue imposible dar con ella. Ésa fue mi historia de amor de adolescencia. O la ausencia de romance más bien, por la tremenda facilidad con que estropeaba yo las cosas. Fiel ejemplo de lo que sería mi vida a partir de entonces: un conjunto de situaciones sórdidas que se solapaban entre ellas y no dejaban que mi mundo evolucionase. Único culpable, yo. Mi destino, boicotear una y otra vez mis escasas ocasiones de acercarme a aquello que llaman felicidad. Por el amor de Dios, ¿quieres recoger tus trastos y desaparecer de mi vida?, me gritó, ¿tan mal estamos?, le pregunté yo, atontado, torpe de reflejos, como siempre. Hace tiempo que esto se acabó, lárgate, no quiero verte más, me dijo. Esas palabras resuenan en mi cabeza, me atormentan, mientras me tomo un whisky doble con hielo en la barra del bar del hotel. Mis pertenencias están arriba en la habitación, mi cabeza aquí remojada en alcohol, mi corazón, todavía allí. Tendré que ir recuperándolo poco a poco, centímetro a centímetro, una vez más. Mi vida amorosa es un cúmulo de errores constantes, una crucifixión, un esperpento. Cuando encuentro a la mujer de mi vida me precipito montaña abajo, cuando estoy con una pienso en la otra y eso cuando no me enamoro de la chica equivocada que me trata como si yo fuera basura. ¿Lo soy? En mis relaciones, el orden de las prioridades parece fruto del azar y no atino nunca a comportarme coherentemente. Es como si aquel golpe en la cabeza que me di de joven me hubiese cercenado de cuajo el sentido del equilibrio, de la moderación, pero circunscrito al amor y cualquier atisbo de sensatez emocional me fuese vetado por unos designios ininteligibles. El segundo whisky doble, si no me hace olvidar mi último desatino, mi fracaso postrero, al menos lo suaviza. De eso se trata, ¿no?, de olvidar las penas. Me tiembla todo el cuerpo, estoy totalmente descontrolado. No consigo recuperar la vertical, así que me arrastro y a tientas le doy al interruptor. Ahora que por fin mis ojos se habían habituado a la oscuridad, les ataco con una buena dosis de luz artificial. Así es la vida, cuando te acostumbras a algo viene el destino (o quien sea) y te lo cambia todo, pone tu mundo patas arriba, y vuelta a empezar. No reconozco esta estancia, parece la habitación de un hotel. Afuera la tormenta arrecia, es un crujido constante, un mar de rayos. Hace una noche de perros. Dejo los restos de mi cena atrás y hago llegar como puedo mi cuerpo al cuarto de baño. Me miro al espejo y no me reconozco, estoy hecho un asco, parezco medio muerto. Quizás lo esté, tengo el cuerpo embadurnado de sangre. Mi sangre. Me he debido dar un golpe en la cabeza con algo o alguien me ha atacado con un objeto contundente. No recuerdo nada. Ahora no puedo pensar, me duele tanto que tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para concentrarme. Pasito a pasito. Me introduzco con dificultad en la ducha y me lavo lentamente, con parsimonia. La brecha en mi nuca es tan dolorosa que parece que ocupe todo mi cuerpo. Mucho tiempo después, una vez aseado, ya me siento más persona, llamo a recepción para que limpien todo este desaguisado de sangre y vómitos y para que me envíen a un médico. Un portazo, es lo único que me ha dejado. Porque me apetecía, eso es todo, me contestó, mirándome con cara de asco, no entiendo nada, pensaba que me querías, le dije, ¿cómo te voy a querer?, eres un pelele, sólo me divertía contigo, gastándome tu dinero, adiós, imbécil, me dijo. Ahí tenía razón, sin duda soy un imbécil. Porque era evidente que era infiel, mala persona y muchas cosas más, pero era tan guapa que me engañaba a mí mismo. Menos mal que no me casé con ella, me libré de otro divorcio dañino. ¿Se puede caer más bajo? ¡Qué manera de hacer el ridículo! Me siento como un verdadero advenedizo, un pusilánime, un payaso. Me paso la vida dando tumbos pero hacia abajo. Desde aquella vez con dieciocho años no he dejado de caer como en una espiral hacia el abismo. Y ni siquiera sé si he tocado fondo. Veremos. Voy andando por una autopista sin fin. Está vacía. Absolutamente. Pero hay un millón de farolas encendidas, son tantas que me abruman, se mezclan en la lejanía formando una línea amarilla que conforme se acerca a mí se bifurca a mi izquierda y a mi derecha como puntos suspensivos, para volver a juntarse detrás. Es como la vida, líneas temporales del pasado y del futuro unidas en este presente suspensivo que yo no sé vivir. Sigo caminando, llevo horas así, no acuso el cansancio, al contrario, cada vez me encuentro mejor, es liberador. Se apagan las luces. No del todo, queda como un halo, una vigilia antes de desaparecer definitivamente. Al no ver nada delante de mí, miro hacia arriba, el cielo está descubierto, es una maravilla, está lleno de estrellas. No pasa lo mismo en la ciudad, hay tanta luz y contaminación que el cielo no es el cielo, es otra cosa, un sucedáneo quizá. A veces pienso que nos pasa igual a nosotros. Vivimos una vida que quizá no es la auténtica, la verdadera, y lo peor es que no hay una segunda oportunidad, es ahora o nunca, aquí no hay medias tintas. Cuando me dejó mi segunda mujer, abatido, deprimido, enfadado con ella, conmigo, con el mundo, me puse a conducir sin parar, salí de la ciudad, cogí la autopista y cuando me cansé de darle al acelerador, dejé el coche y seguí caminando hasta que paré, mil horas después, y me tumbé en la autopista mirando al cielo. Fue como una terapia, una curación, una sanación momentánea hasta el siguiente punto de inflexión, hasta la siguiente trampa mortal, la siguiente mentira, el último intento antes de cerrar los ojos definitivamente, de morir en vida, de morir. Aquella imprudencia temeraria propiciada por mi estado emocional famélico no devino en tragedia y no la palmé allí mismo, arrollado por un coche, encajado entre las ruedas de un camión, aplastado en el asfalto frío de la noche, porque eran altas horas de la madrugada y no había un alma en la carretera. El médico me cura y me venda, me da algo para el dolor y me ataca con preguntas sin fin. Yo no sé que responder, sigo sin recordar nada y la limpiadora me mira con desconfianza mientras arregla remilgada la pocilga en que he convertido esta habitación. Piensan que estoy loco o paranoico. ¿Qué más me da? Que se larguen ya, que acaben y que se vayan, quiero estar solo. Solo con mis pensamientos. No sé qué hago aquí. No recuerdo mi nombre. No sé quien soy. No encuentro mi cartera, mi documentación. ¿Qué me está pasando? Es horrible no recordar quien eres, es una sensación tan espantosa que no lo puedo soportar. Me siento como si no existiese, como si me hubiesen arrebatado mi pasado y quién sabe si mi futuro. Sólo tengo este presente asqueroso, atrapado entre las cuatro paredes de esta estúpida habitación, en este maldito hotel. Parece la antesala de la muerte, un impasse malvado, antes de colgar los guantes definitivamente y pasar a la siguiente etapa. ¿Y quién me dice que no es así? Esto es una pesadilla, una película de terror de serie b, en la que muere todo Cristo. ¿Soy carne de cañón?, ¿un maldito secundario que no le importa a nadie? Respira. Tranquilízate. La cabeza ya te duele menos. Y de secundario prescindible, nada. Aquí eres el auténtico protagonista, el actor principal de tu vida. Eso para empezar. Y hay más. Si fueras un insignificante actorcillo fugaz, ¿cómo es que aún estás aquí? El médico ha dicho que el golpe en la cabeza era mortal de necesidad y, al parecer, estas vivo. Eso dice mucho, ¿no crees? Si tuvieras que morir en esta película de tu vida que te has montado como si tal cosa ya estarías muerto, con camareras gritando por los pasillos y la policía sacando fotos y toda la parafernalia. Eso es cierto. Estoy vivo. Y no sé quién soy. Y eso tiene, como mínimo, dos lecturas, la primera y negativa es que no soy nadie, no tengo ni nombre ni pasado, y la segunda, quién sabe si positiva, es que puedo ser cualquiera. Más aún, puedo ser lo que yo quiera, quién yo quiera, lo que siempre deseé y nunca me atreví. Pero, claro, tampoco recuerdo eso. Salgo al balcón. ¿Por qué te casaste conmigo?, le pregunté, para probar, hacer algo diferente, quizás pensaba que te quería, yo que sé, me contestó, yo me casé porque estaba enamorado de ti, creo, le confesé, pues, no me lo has demostrado, siempre te has comportado como si yo no te importase, te ausentabas, nunca has sabido expresar tus emociones, a veces parecía que estuvieses pensando en otra, a mí ni me veías, ahora ya es tarde, me dijo. Ya era tarde, sin duda. Se fue, para no volver jamás. Divorcio, sin hijos gracias a Dios. Ella se quedó el piso, lo normal en estos casos. Me costó recuperarme. Al principio me refugié en la lectura como siempre había hecho y me convertí en un lobo solitario, el campeón de los solitarios taciturnos. Huía de todo lo que se pareciese a una mujer, que tuviera su forma, su olor, su voz. No quería tener nada que ver con el género femenino, esa mitad del ser humano, objeto de adoración para algunos, necesidad para otros, amor de verdad para los elegidos, pero que a mí tanto daño me había hecho desde aquel día. Después de dos años así dije basta, deja de esconderte, ¿eres un hombre o un ratón?, y volví a salir. Algunas aventuras, penosas, más desengaños, equívocos, historias de una noche o menos, renuncios, mentiras, sexo con alcohol, sexo sin amor. Poca poesía. Nunca me llenó el ir picoteando por ahí. Aún recuerdo mi primer amor, pienso en ella casi cada día. Y eso que no llegamos ni a besarnos. Tardé cinco años en volver a interesarme por otra mujer y acabó en mi primer divorcio. Quizás no estaba realmente enamorado de mi mujer, quizás sólo era una substituta de mi verdadero amor y por eso fracasé y he seguido fracasando, y así será hasta el final de los tiempos. ¡Es apoteósico! Una locura de luz y de estruendo. Los rayos, neuronas del firmamento, me iluminan, relámpagos azules del cielo me muestran el camino, mares enteros boca abajo, empapándome el alma. No dejéis ni un centímetro de mi piel sin lavar, sin soñar, sin atravesar, no dejéis de tronar en mi espíritu. Es mi corazón que late y late y se emociona y se acelera y llora y ríe. Es un millón de años de felicidad en un pestañeo. Y quieres estar ahí arriba y nadar en ese océano estelar, y viajar en la luz y ser la luz, y abarcar lo inabarcable y mirar sin ojos y ver en la oscuridad, y sentirlo todo y que siempre sea como la primera vez. Es la tormenta perfecta. Entro en la habitación otra vez, calado hasta lo más profundo, atravesado por la tormenta, emocionado, trastornado, lleno de luz y de oscuridad, empapado por dentro y por fuera, mojados los ojos desde dentro, el corazón mirando hacia fuera. ¿Qué me pasa? No recuerdo mi nombre, no sé quién soy, pero soy más yo ahora que antes sabiéndolo todo. He sentido que formaba parte de un todo. Pensé que iba a explotar y disgregarme en el universo. No me hubiese importado morir ahí mismo, atravesado mi corazón por una estaca de luz. No recuerdo nada anterior, es como si hubiese nacido en ese balcón pero, de esto, no me quiero olvidar. Esto no me lo robéis. Llevadme a dónde queráis, penetrad por esta herida que sangra en mi cabeza y hacedlo ya, pero no me sangréis mi recuerdo de esta noche. Aquella muchacha de 17 años se apoderó de tal manera de mi corazón que, ahora lo sé, aún lo tiene en su poder. ¿Cómo es posible?, ha pasado tanto tiempo. Hubo momentos, ocasiones en que pensé que lo había recuperado, y creía, pobre ingenuo, que me podía tomar la libertad de entregárselo a quien yo quisiera. Y se lo ofrecí a mi segunda mujer. Ella aceptó el envite y la fiesta se convirtió en un pasaporte a la infelicidad más absoluta. La cosa empezó mal y acabó peor. Nunca nos entendimos, jamás conversamos. En todo caso eran conversaciones paralelas, sin orden ni concierto. Tan lejos estábamos el uno del otro que casi dábamos la vuelta a la Tierra y nos tocábamos, pero de espaldas. Todo acabó con el consabido desaparece de mi vida. Y yo, patético, aún quería salvar lo nuestro. Nunca hubo un lo nuestro, ¿te enteras? Me ponía el traje de luchador, hacía bandera de mi tenacidad, y no era más que un terco prestidigitador cegato, cuyos trucos sólo sirven para engañarse a si mismo. ¿Y qué pasó después? Nada. Absolutamente nada. Encefalograma plano. Caído en combate, me seguí arrastrando, con un agujero en el pecho, sin brújula ni destino, dejándome mecer por la marea, flotando en esta realidad insulsa, apenas mojados los pies, sin decidirme a lanzarme de cabeza, aun a riesgo de partírmela. Qué lastimoso. La tormenta me ha dejado helado, me tomo otra pastilla para el dolor y me doy un baño caliente. Es una noche rara, ésta. Quizá la más extraña de mi vida. Ahora empiezo a recordar. Algunos retazos de mi infancia me vienen a la cabeza como flashbacks. Recuerdo a mi madre. Recuerdo cuánto me quería. Me acuerdo de mi aspecto cuando era un niño, cuando era feliz, cuando era ignorante, cuando lo miraba todo con los ojos bien abiertos, cuando devoraba la vida que corría paralela a mis pensamientos, a mis sueños, a mis deseos. Me veo cayendo de la bicicleta en mi primer día, en el zoológico con mi padre, jugando, disfrutando, ¡Dios, qué feliz eres de pequeño! Eso si eres afortunado y tienes lo que realmente necesitas: el amor, el cariño y la dedicación de tus padres. Y yo formaba parte de ese grupo de privilegiados, sin duda. Recuerdo la risa, la risa franca, las sonrisas cómplices, las carcajadas. Me veo riendo, riendo sin parar, compartiendo momentos con mi familia, con mis amigos, alelado con la belleza de una obra de arte, vibrando con mi música favorita. Estaba conectado. Anclado a este mundo. ¿Qué más?, escudriña tu cabeza medio partida, busca en tu interior, a ver qué encuentras. Yo llevaba una vida sana, mi infancia se desarrolló sin demasiados sobresaltos. Mi adolescencia transcurrió sin estridencias, haciendo la bobadas típicas de la edad. Esas vivencias que van saliendo de mi mente me gustan, me hacen sentir orgulloso. Pero, en cambio, no recuerdo nada de mi vida adulta. Hay un momento en que la línea de mis recuerdos queda truncada. Intento precisar el instante, hago un esfuerzo pero siempre acabo en el mismo punto. Es como un agujero negro donde todo se para y a partir de ahí ya sólo hay vacío. Fue aquella vez. Y esto lo recuerdo claramente como si hubiera pasado ayer, hoy mismo. Me enamoré de una preciosa muchacha apenas un año más joven que yo y estaba convencido de que ella sentía lo mismo por mí. En una salida a la montaña el último día de curso de nuestro instituto, me armé de valor y me acerqué a ella para declararle mi amor eterno. Estábamos tan cerca el uno del otro, con nuestros ojos como imantados que, antes de explicarle nada, traté de darle un beso y me caí. Me caí por la ladera de la montaña dándome un golpe tremendo en la cabeza, y ahí se acaban mis recuerdos. No consigo pasar de ese punto, es como una barrera mental. Todo esto es bien extraño. No recuerdo nada de mi vida a partir de aquella caída y ahora aparezco muchos años después en este hotel que me es absolutamente desconocido, y al despertarme descubro que he recibido otro golpe precisamente en la misma zona de mi cabeza. Es como si se hubiera borrado el periodo de mi vida entre los dos golpes. Suena el timbre de la habitación. Será el servicio de habitaciones, supongo. Pero no he pedido nada. Y si quisieran saber como me encuentro me llamarían primero por teléfono. ¿Estoy esperando a alguien? Me quedo petrificado. Los recuerdos acuden a mí, ahora sí, en tropel. Es un ataque frontal, una guerra sin cuartel. Me siento desfallecer, me tiemblan las piernas. La herida en mi nuca me late tan fuerte que parece que me vaya a estallar la cabeza, y se une al latido kingkoniano de mi corazón. Lo hace con tal fuerza que siento como si me elevara del suelo y me fuera a estrellar contra el techo de la habitación. Pero lo que hago es caerme, desparramarme en la moqueta, presa del pánico. Los recuerdos entran en mi cabeza, en mi cerebro, en mi espíritu, como una marea imparable que me corta la respiración por momentos. ¡Dios!, ¿todo eso?, ¿ésa es mi vida? Cuánto dolor, cuántos sinsabores, cuántos fracasos, ¡qué infelicidad más absoluta! Me dan ganas de llorar y lo hago, me desahogo. Y suena otra vez el timbre de la habitación y me intento levantar del suelo donde me he quedado encogido sobre mí mismo, agarrándome el estómago. Me duele tanto, me duele tanto mi vida. Todos esos recuerdos dañinos, mortales, los vivo como si fuera la primera vez. Entran a borbotones en mi cabeza, a presión. No puedo soportarlo. Veo sus miradas de odio, de desprecio al dejarme y escucho sus palabras hirientes como cuchillos. Recuerdo mi cara de perplejidad, de humillación, de culpabilidad, de abandono, mi absoluta incapacidad para controlar nada. Qué desazón. ¡Qué horror! Toda mi vida, mis relaciones, mis ex mujeres, todo pasa por mis ojos a velocidad de vértigo, como unas viñetas, como un cine antiguo, pero en colores vivos, y me deja como muerto. Estos recuerdos infames que pugnan por entrar otra vez en mi cuerpo y llenarlo todo de desesperación, de desolación. Vienen como hordas de guerreros para dejarlo todo como un páramo yermo, quieren acabar con mi vida definitivamente. Y suena el timbre una y otra vez, y me avisa de que no me deje ir, como un ángel caído, sin luchar, sin presentar batalla. Y me levanto. La tormenta me hinchó el pecho, me insufló vida, me dio la fuerza suficiente para soportar toda esta marabunta de recuerdos implacables y consigo dar dos pasos hacia la puerta, y trastabillo y me noto lívido, enfermo, mareado. Lo veo todo borroso pero sigo en la brecha, me aproximo a la puerta. Me convenzo a mí mismo de que esa puerta es la salvación. En mi cabeza, que ya no distingue lo que es real de lo que no, existe el convencimiento absoluto de que ésa es la auténtica puerta a otra dimensión, a otra vida, a otro nivel, a la felicidad. ¿Estoy perdiendo el juicio? Si es así lo hago a pasos agigantados, pasos que contrastan con estos que voy dando lentamente, con gran esfuerzo, sudando sangre, hacia esa puerta iluminada, brillante, divina, que ven mi ojos. Y suena una vez más el timbre y no sé si lo estoy soñando o suena de verdad, pero estoy a un paso de la puerta y chilla otra vez como si tuviera vida propia, y ese zumbido penetra en mi cerebro al mismo tiempo que un rayo de luz cegadora que me devuelve el último recuerdo, el que me faltaba para completar el puzzle de mi vida. ¿Por qué estoy aquí?, ¿qué hago en esta habitación? Y ese recuerdo se desborda por todo mi cuerpo y llena de luz mi piel y me cura y me satura de felicidad. Como un tahúr la localicé increíblemente tantos años después. Encontré a mi verdadero amor, a mi único amor, y renací y ella respondió y me necesitaba para vivir, como yo a ella, y nos citamos en este hotel y con la excitación me tropecé y caí y me di en la cabeza como aquella vez y lo olvidé todo y casi desaparezco. Pero esta vez no lo estropearé. A pesar de que me tiembla hasta la última célula de mi cuerpo, respiro profundamente, y abro la puerta. Es ella.

 
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"Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar"

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