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ACERO Y PLATA DE LUNA

Estoy metido de lleno en un poema largo. Me tiene absorvido. Éste es el primer capítulo. No es definitivo.

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A DOS

I

Cuán descorazonado voy
Es noche en mi alma
Camino al filo
Cuestiono a Dios, cuestiono a los Hombres
A mí mismo
Revoltijo de preguntas
Amenaza de respuestas
No sé si esta vida vale la pena,
¿Vivirla?

Esta vida vale por mil vidas
No soy inmortal
Cada minuto, cada segundo, cuenta
Todo cuánto hago, significa
Todo lo que veo, existe
Todo lo que pienso, trasciende
Mi universo es más
Que el Universo
Insustituible
Irrepetible
Único

Yo, ¿quiero vivir?
La pregunta se descorcha sola
Nació de dentro, se hizo grande
Se lanzó al vació, al azar,
Es cortejada por el viento, rebota en las nubes
Se hace boomerang
Y vuelve
Yo, ¿quiero vivir?

Estoy seguro
Sí, absolutamente
Quiero vivir, necesito vivir
Estoy hambriento de vida
La vida me quiere
La vida me espera
Tú me esperas
Heme aquí
Yo te sigo
Mi vida

Pero yo sé
He vivido
Y he visto
En primera línea
Desasosiego turbador
Lo que no quería ver
Subí a la noria de las sensaciones ultrarápidas
Construí castillos como todos
Se derrumban cada día
Tristeza
Ensimismamiento
Hay hombres que ya no son
Tanta codicia vi
Que cerré las ventanas
Y cambié números por letras
Estrategias por poemas
Mientras Ellos especularon, les dejaron,
Desregularon, mintieron, mataron la gallina
Y se inventaron otras y
El saqueo continuó
Y robaron, hicieron agujeros
Que rellenaron los Otros
Los que perdieron sus derechos
Y sus empleos.
Y siguieron pisoteando
Y hundieron países
Y la educación ya no fue esencial
Y la sanidad letal
El bienestar sólo como unos cuantos ceros más
En las mismas cuentas de los mismos
Demonios

¿Por qué tengo que ver todo esto?
¿Por qué tiene que pasar esto?

¿Siempre va a ser así?
Yo, ¿quiero vivir con ello?

Hay gente buena
Hacen el bien
No todo está contaminado
Aún seguimos aquí
Hay corazones que valen la pena, todavía
Siempre hubo salvajes
Y buenos y malos
Y ricos y pobres
Y millones subyugados
Explotados

Ahora es peor

Ahora es como siempre
No hay excusas
Lo haré lo mejor que pueda
Miro atrás lo justo
Para conocer de dónde vengo
Para saber quién soy
El futuro, de soslayo
Es frágil, es camaleón daltónico
Vivo el presente
Un presente continuo que no para, que no espera,
Que no tiene remordimientos,
Que tira para adelante hasta el final
De los tiempos
Subo al carro
Sí, juego

Y no, no voy a contabilizar los ángeles caídos
Que otro lleve el recuento

 

En busca de la media luna perdida

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Ya estaba despierto, pero su cuerpo yacía inmóvil. Ni tan siquiera había abierto los ojos. Con terquedad apretaba los párpados para no empaparse de aquellos rayos de sol que entraban a borbotones por la ventana. No se lo merecía. Ahora su mundo era la oscuridad. Y en aquel momento no era absoluta. Detrás de aquel velo de piel se adivinaba la luz que se manifestaba en el tono rojizo de sus párpados por dentro y en el calor que sentía en la cara. Tiempo atrás ese despertar le hacía feliz. Una gran manera de empezar el día. Por eso compró aquel piso, por eso eligió aquella habitación, por eso colocó su cama en singular posición. Tiempo atrás. ¡Cómo había cambiado todo! Lentamente, con gran parsimonia, fue abriendo los ojos y, a medida que lo hacía, aquella claridad se iba adueñando del dormitorio impregnándolo todo de otrora maravillosa luminosidad. Todo no. En su cuerpo, en su alma, aquella luz topó con la oscuridad y retrocedió asustada. En aquel envase hermético la negrura se había hecho fuerte y no dejaba entrar nada más. En todo caso, cuando el nivel de saturación se hacía insoportable y la insania amenazaba con hacer explotar su cuerpo, iba soltando pedazos de oscuridad aquí y allá, embadurnándolo todo de depresión, de negatividad, de desesperación. Ya nadie quería estar con él. Ni él mismo. Él, menos que nadie. Ésa era la idea. Un día. Un día para poner las cosas en orden. Un día para la melancolía. Un día para recordar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Para despedirse, para mirarlo todo por última vez. Ultimátum a la Tierra, Sayonara baby, Bye bye my love. Como si el título o la frase mítica de una de aquellas películas que en el pasado tanto le apasionaron le diese nombre al último capítulo, al epílogo, al poema póstumo de su vida. Sus ojos ya se habían acostumbrado al nuevo estado de iluminación. Instintivamente se miró su mano izquierda. Allí estaba aquella media luna recuerdo de una infancia feliz. La cicatriz se la hizo jugando. Se cortó la mano en el cristal roto de la ventana, aquella minúscula abertura por la que se escapaba de sus hermanos, en el piso donde vivía con su familia para huir hacia la terraza, haciendo un ejercicio de contorsionismo digno de un circo de primer nivel. Fue un dolor dulce y todo se lleno de sangre. Nadie le cosió la herida, ni vino el médico, eran otros tiempos, y en su mano quedó la media luna como un tatuaje, como una marca no de nacimiento sino de crecimiento saludable. Adoraba aquella cicatriz, compañera inseparable durante treinta años. La media luna encerraba dentro de sí, como si de una cápsula atemporal de tratara, todos los recuerdos de su niñez. Aquella carne sin dibujo, blanca como la luna, que era una media luna auténtica en cuarto creciente, significaba la felicidad más absoluta. En aquel tiempo, tan lejano ya, se sentía tan protegido, tan querido y había tanta armonía con su familia que aquellos momentos se convirtieron en los más importantes de su vida. Y se había pasado media luna, media vida, buscando para volver a sentir lo mismo, para recuperar la felicidad perdida.

El resto en unas semanas

 

No he podido evitarlo

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No suelo hacerlo, pero no he podido evitarlo. A continuación os dejo con el prefacio del poema Altazor de Vicente Huidobro. Es tan largo que tuve que ponerlo en la página principal, en el lugar en el que habitualmente dejo caer mis relatos o mis pensamientos. En el espacio que reservo para mis películas, mis citas o mis poemas preferidos, ahí a la izquierda de estas letras, no me cabía. Y la opción de no subirlo al blog sencillamente no entraba en la ecuación. ¿Y por qué? Es que son tantas cosas. Esencialmente porque me encanta. Más que eso, me vuelve loco. Es como una droga. Yo, que nunca tomé esas substancias alucinógenas porque ya las llevo en la sangre y sólo necesito una luna llena o unos versos como éstos para que se activen, y así elevarme y volar y marearme del vértigo que me produce tanta belleza. ¿Y por qué me enamoran tanto estos versos? No lo sé, no lo sé. Esto de la poesía es como el amor. ¿Por qué amas a una mujer y no a otra? Son misterios que tratan de descifrar los científicos buscando en la química, pero que a mí no me interesa conocer. A mí me va la otra vía. La poética. Yo quiero a esa mujer porque no puedo evitarlo. Porque nací para ello. Y con la poesía lo mismo. He leído todo lo que cayó en mis manos. Leí a los clásicos y a las vanguardias y a los antipoetas, y rebusqué por internet sus mejores poemas y también busqué a los no publicados y en ocasiones me gustaron más que los reconocidos. Y encontré en mi biblioteca un libro raro, de muy pocos ejemplares y dedicado, de una pintora que perdió a su hijo y escribió versos que le salían de las entrañas y me emocionó. Y a veces, de un libro entero de versos sólo me quedo con un poema. O de una antología, apenas unos pocos versos. Y me gusta Darío y Octavio Paz y Neruda y Benedetti, y no me llenan, lo siento, Bukowski, Lord Byron, Baudelaire, o Blake. Y Vallejo, triste, tampoco me inspiró, pero lo volveré a intentar, y Cortázar, cuya prosa me encanta, en verso no, y de Borges me quedo con sus maravillosos cuentos y quizás no con sus versos. Y me cuesta leer a los traducidos y me pierdo un poco y es culpa mía por no saber leerlos en su lengua. Pero me impactó T. S. Elliot y lo volveré a leer una y otra vez hasta que lo interiorice como es debido. Y aquí llegamos a Vicente Huidobro, iniciador del Creacionismo y que en su poema Altazor lo cuestiona, al mismo tiempo que critica el Romanticismo y el Modernismo. Empecé a leerlo y enseguida cogí carrerilla. No quiero decir que me guste todo, no he tenido ocasión de leer ni una cuarta parte de su obra, estoy en ello, pero me gusta lo que dice y sobretodo cómo lo dice. De algún modo, su lenguaje, su manera singular de utilizar el lenguaje, que es como un idioma en sí mismo, lo leo y entra directo en mí y lo entiendo todo, o casi, y lo que explica me parece sublime y sus versos son perfectos, edificados como una construcción insuperable, en la que no se puede cambiar nada, ni siquiera una piedra o una coma. Es como si ese idioma tuviera unas patitas en forma de vocablos o metáforas, que se acoplan perfectamente en yo que sé qué terminaciones que tendré en algún sitio y que se adhieren perfectamente, con una sincronización inesperada, y todo va a las mil maravillas y me hace feliz leerle y el prefacio de ese poema bestial lo leo una y otra vez, y con cada nueva relectura más me entusiasma y las locuras que suelta van cobrando sentido y esas imágenes imposibles y los juegos de palabras también. Él se inventa los símbolos sin piedad ya que se mueve fuera de la realidad y, hasta cierto punto, de la verdad. Altazor, el poeta profeta, viaja por el espacio, desde la muerte al nacimiento, sólo con su paracaídas que es el lenguaje y las palabras, y lo retuerce todo y lo reconstruye y le vuelve a dar nombre a las cosas y a la vida, y al final del viaje es un recién nacido, que en el último canto del poema sólo dice unas cuantas palabras sin sentido o, en todo caso, con un sentido únicamente musical. Me quedo embelesado leyéndolo. Y no digo más. ¿Qué más puedo decir cuando él ya lo ha dicho todo?

 

Prefacio del Poema Altazor de Vicente Huidobro

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Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
Amo la noche, sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.
Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcoiris.
Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.
El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: «Si yo fuese dromedario no tendría sed. ¿Qué hora es?» Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó tres miradas y media y se alejó diciendo: «Adiós» con su pañuelo soberbio.
Hacia las dos aquel día, encontré un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde guarecerse de la lluvia.
Allá lejos, todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabellón jirones de aurora incontestable.
Junto con marcharse los últimos, la aurora desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas.
Entonces oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso, como un ombligo.
«Hice un gran ruido y este ruido formó el océano y las olas del océano.
»Este ruido irá siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pegadas a él, como los sellos en las tarjetas postales.
»Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno; los días que tienen un oriente legítimo y reconstituido, pero indiscutible.
»Después tracé la geografía de la tierra y las líneas de la mano.
»Después bebí un poco de cognac (a causa de la hidrografía).
»Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas y los dientes de la boca, para vigilar las groserías que nos vienen a la boca.
»Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar... a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador.»
Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto.
Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo.
Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.
Y aprovechando este reposo bien ganado, comencé a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero:
«Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
»Se debe escribir en una lengua que no sea materna.
»Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
»Un poema es una cosa que será.
»Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.
»Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.
»Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.
»Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco.»
Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha me lanzo a la atmósfera del último suspiro.
Ruedo interminablemente sobre las rocas de los sueños, ruedo entre las nubes de la muerte.
Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice:
»Mira mis manos: son transparentes como las bombillas eléctricas. ¿Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta?
»Mira mi aureola. Tiene algunas saltaduras, lo que prueba mi ancianidad.
»Soy la Virgen, la Virgen sin mancha de tinta humana, la única que no lo sea a medias, y soy la capitana de las otras once mil que estaban en verdad demasiado restauradas.
»Hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.
»Digo siempre adiós, y me quedo.
»Ámame, hijo mío, pues adoro tu poesía y te enseñaré proezas aéreas.
»Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colchón de la neblina intermitente.
»Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas.
»Ámame.»
Me puse de rodillas en el espacio circular y la Virgen se elevó y vino a sentarse en mi paracaídas.
Me dormí y recité entonces mis más hermosos poemas.
Las llamas de mi poesía secaron los cabellos de la Virgen, que me dijo gracias y se alejó, sentada sobre su rosa blanda.
Y heme aquí, solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos.
Ah, qué hermoso..., qué hermoso.
Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar, los barcos, las flores y los caracoles.
Veo la noche y el día y el eje en que se juntan.
Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.
De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.
Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta.
La montaña es el suspiro de Dios, ascendiendo en termómetro hinchado hasta tocar los pies de la amada.
Aquél que todo lo ha visto, que conoce todos los secretos sin ser Walt Whitman, pues jamás he tenido una barba blanca como las bellas enfermeras y los arroyos helados.
Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos, que son solamente astrónomos activos.
Aquél que bebe el vaso caliente de la sabiduría después del diluvio obedeciendo a las palomas y que conoce la ruta de la fatiga, la estela hirviente que dejan los barcos.
Aquél que conoce los almacenes de recuerdos y de bellas estaciones olvidadas.
Él, el pastor de aeroplanos, el conductor de las noches extraviadas y de los ponientes amaestrados hacia los polos únicos.
Su queja es semejante a una red parpadeante de aerolitos sin testigo.
El día se levanta en su corazón y él baja los párpados para hacer la noche del reposo agrícola.
Lava sus manos en la mirada de Dios, y peina su cabellera como la luz y la cosecha de esas flacas espigas de la lluvia satisfecha.
Los gritos se alejan como un rebaño sobre las lomas cuando las estrellas duermen después de una noche de trabajo continuo.
El hermoso cazador frente al bebedero celeste para los pájaros sin corazón.
Sé triste tal cual las gacelas ante el infinito y los meteoros, tal cual los desiertos sin mirajes.
Hasta la llegada de una boca hinchada de besos para la vendimia del destierro.
Sé triste, pues ella te espera en un rincón de este año que pasa.
Está quizá al extremo de tu canción próxima y será bella como la cascada en libertad y rica como la línea ecuatorial.
Sé triste, más triste que la rosa, la bella jaula de nuestras miradas y de las abejas sin experiencia.
La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer.
Vamos cayendo, cayendo de nuestro cenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.
Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, caerás del cenit al nadir porque ése es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la memoria de la piedra.
Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo.
Ah mi paracaídas, la única rosa perfumada de la atmósfera, la rosa de la muerte, despeñada entre los astros de la muerte.
¿Habéis oído? Ese es el ruido siniestro de los pechos cerrados.
Abre la puerta de tu alma y sal a respirar al lado afuera. Puedes abrir con un suspiro la puerta que haya cerrado el huracán.
Hombre, he ahí tu paracaídas maravilloso como el vértigo.
Poeta, he ahí tu paracaídas, maravilloso como el imán del abismo.
Mago, he ahí tu paracaídas que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al creador.
¿Qué esperas?
Mas he ahí el secreto del Tenebroso que olvidó sonreír.
Y el paracaídas aguarda amarrado a la puerta como el caballo de la fuga interminable.

 

En aquel campo

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En aquel campo estuve en el que había
además de mí otras cien mil almas.
Dentro de cada alma, cierto es no estaba,
pero yo en la de todos existía.

Cuando la pena inundó cien mil almas,
cien mil voces se alzaron y cantaron,
como un alma aquel himno recitaron,
cuando ni yo ni nadie lo esperaba.

Mi corazón así lo deseaba
mas yo no canté, aunque sí lloré
por lo que allí acabó o lo que empezaba.

O quizás por lo que nos regalaban
y que más valor posee cuando ves
que todo lo bueno al final se acaba.

 

Cuatro ruedas como cuatro vértices del cambio

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Lo primero que vi de aquella gran mole azul que se aproximaba lentamente hacia mí fueron sus enormes ruedas. Después no me fijé en nada más, ya estaba dentro. Aquel autocar tenía que llevarme a mi destino. Un destino que no tenía nada que ver con el de aquellas personas que iban entrando alegremente en el vehículo y tomando asiento. Sus caras, felices, contrastaban ciertamente con mi cara grave, reconcentrada. No era de extrañar. Para muchos de ellos aquel viaje, seguramente largo tiempo esperado, significaba unas vacaciones ansiadas. Aquellas veinticinco horas que duraba el trayecto eran una parte más de su paquete turístico y como tal pensaban disfrutarlo. De ahí la tremenda algarabía y jolgorio que estaban formando nada más subir al autocar. Benditos. En cierta manera les envidiaba. En su ignorancia eran felices. Formaban parte de la tela de araña construida por las clases dominantes para asegurar su permanencia en el poder y perpetuarla en el tiempo. Para mí aquel viaje era algo totalmente distinto. Aquel periplo tenía que llevarme a otra realidad. Aquella que estaba buscando. Lejos de aquel mundo en el que las ideas eran inflexibles, invariables, prefijadas de antemano. Aquellas veinticinco horas para mí no eran otra cosa que una tortura, un desgaste mental, un sin vivir, una cuenta atrás. ¿El riesgo?, una muerte segura. Si me atrapaban, una guillotina gigante cercenaría mi cuello y daría al traste con la posibilidad, aún remota, de salvar a todos los ciudadanos de la Confederación y quién sabe, si a toda la raza humana. Parecía surrealista que alguien tan insignificante como yo tuviera aquella tremenda responsabilidad. ¿Acaso era un loco, un insensato? ¿Qué me hacía tan singular? ¿Cuál era ese hecho diferencial por el que me arrogaba tanta importancia? Yo era científico. Yo había descubierto lo improbable, lo que parecía imposible. Yo había dado con el antivirus. Y lo había probado con éxito, me lo había inoculado a mí mismo. Yo era el conejillo de indias. Yo era la prueba viviente. Yo era la esperanza.

En marcha. Ya no había vuelta atrás. La suerte estaba echada. El silencioso autocar inició el viaje a la hora prevista. A partir de aquel momento tenía mucho tiempo para pensar. Para pensar en lo que había hecho bien, en lo que había hecho mal, para sufrir, para rezar, para imaginar un futuro alternativo a aquel horrible presente gangrenoso en que se había convertido nuestro mundo. Aldous Huxley lo había escrito, George Orwell lo había soñado y la realidad había superado, finalmente, a la ficción. Cómo no. Si yo no conociera esa verdad que estremecía, que retorcía las tripas, que me hubiese hecho llorar una vez más si aún me hubieran quedado lágrimas, entonces habría sido como ellos y quizás me hubiese sentido reconfortado al ver la alegría de aquellas gentes que me acompañaban. Pero no podía ser. Yo sabía. Yo, el iluminado, el diferente. Yo, que había conseguido evitar de milagro aquella maldita pócima que convertía a la gente en corderitos sumisos, en almas sin voluntad propia. ¿Cómo podía alegrarme con la felicidad de aquellas personas sabiendo que no eran libres? Ya no poseían libre albedrío para elegir por sí mismos a causa de una droga inoculada en masa. Habían perdido una de las principales características de la raza humana, la capacidad de tomar sus propias decisiones. La realidad era tan espeluznante, tan monstruosa, que parecía sacada de uno de aquellos libros prohibidos hacía tanto tiempo, olvidados ya por la mayoría de la gente.

El resto de la historia lo subiré al blog en unos meses

 


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Mis películas preferidas

  1. Sin perdón de Clint Eastwood
  2. Blade Runner de Ridley Scott
  3. Pulp Fiction de Quentin Tarantino
  4. Matrix de los hermanos Wachowski
  5. Magnolia de Paul Thomas Anderson
  6. El Padrino de Francis Ford Coppola
  7. Casablanca de Michael Curtiz
  8. Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg
  9. La gata sobre el tejado de zinc de Richard Brooks
  10. Una Canción del Pasado de Shainee Gabel
  11. Kill Bill de Quentin Tarantino
  12. Candilejas de Charles Chaplin
  13. La Vida es Bella de Roberto Benigni
  14. Un hombre soltero de Tom Ford
  15. Tiempos Modernos de Charles Chaplin
  16. Memento de Christopher Nolan
  17. Mientras Nieva Sobre Los Cedros de Scott Hicks
  18. Gattaca de Andrew Niccol
  19. Alta Fidelidad de Stephen Frears
  20. Thelma y Louise de Ridley Scott
  21. Drive de Nicolas Winding Refn

"Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia desdichada lo es a su manera"

Ana Karenina León Tolstói

"Está bien ser uno mismo, pero sin exagerar"

Shinzaemon Shimada, samurai del film 13 asesinos de Takashi Miike

"La felicidad no es una estación término, es una manera de viajar"

Margaret Lee Runbeck

“He sido un hombre afortunado: Nada en la vida me fue fácil”

Sigmund Freud

"De Ezequiel 25:17. El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel pastor que, en nombre de la caridad y de la buena voluntad, saque a los débiles del valle de la oscuridad porque él es auténtico guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. ¡Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos! ¡Y tú sabrás que mi nombre es Yahveh cuando caiga mi venganza sobre ti!"

Jules Winnfield (Samuel L. Jackson) Pulp Fiction

No he podido evitar ponerlo en el blog, me encanta. En una ocasión, cuando trabajaba de fotógrafo, le estaba haciendo una sesión a un muchacho y no se me ocurre otra cosa que ponerme allí en medio del parque a recitarle el texto de memoria. Todavía me acuerdo de la cara de perplejidad del chaval. No sé que pensó de mí. Nada bueno seguro.

Claro, el chico se llamaba Yahveh, por eso le monté el show. Gracias hermanita! Qué memoria!

"Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba.
¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor.

No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible.

Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra."

Clarice Lispector

"La auténtica patria del ser humano es el lenguaje"

Wilhem v. Humboldt

Ama tu ritmo y rima tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones
hará brotar en ti mundos diversos,
y al resonar tus números dispersos
pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina
del pájaro del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;

mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.

Ama tu ritmo..., Rubén Darío

Sobre la nieve se oye resbalar la noche.

La canción caía de los árboles,
y tras la niebla daban voces.

De una mirada encendí mi cigarro.

Cada vez que abro los labios
inundo de nubes el vacío.
En el puerto,
los mástiles están llenos de nidos,
y el viento
gime entre las alas de los pájaros.

LAS OLAS MECEN EL NAVÍO MUERTO

Yo en la orilla silbando,
miro la estrella que humea entre mis dedos.

Noche, Vicente Huidobro

Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Sólo es real la niebla.

Aquí, Octavio Paz

El corazón del pájaro
El corazón que brilla en el pájaro
El corazón de la noche
La noche del pájaro
El pájaro del corazón de la noche

Si la noche cantara en el pájaro
En el pájaro olvidado en el cielo
El cielo perdido en la noche
Te diría lo que hay en el corazón que bulle en el pájaro

La noche perdida en el cielo
El cielo perdido en el pájaro
El pájaro perdido en el olvido del pájaro
La noche perdida en la noche
El cielo perdido en el cielo

Pero el corazón es el corazón del corazón
Y habla por la boca del corazón

En, Vicente Huidobro

El diamante de una estrella
ha rayado el hondo cielo,
pájaro de luz que quiere
escapar del universo
y huye del enorme nido
donde estaba prisionero
sin saber que lleva atada
una cadena en el cuello.

Cazadores extrahumanos
están cazando luceros,
cisnes de plata maciza
en el agua del silencio.

Fragmento de El diamante
Federico García Lorca

Días y noches te he buscado
Sin encontrar el sitio en donde cantas.
Te he buscado por el tiempo arriba y por el río abajo.
Te has perdido entre las lágrimas.

Noches y noches te he buscado
Sin encontrar el sitio en donde lloras
Porque yo sé que estás llorando.
Me basta con mirarme en un espejo
Para saber que estás llorando y me has llorado.

Sólo tú salvas el llanto
Y de mendigo oscuro
Lo haces rey coronado por tu mano.

Poemas póstumos 3, Vicente Huidobro

Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?
¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa
Con la espada en la mano?
¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios?
¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser?
Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir
¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos los vientos del dolor?
Se rompió el diamante de tus sueños en un mar de estupor
Estás perdido Altazor
Solo en medio del universo
Solo como una nota que florece en las alturas del vacío
No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza
¿En dónde estás Altazor?

Fragmento del Canto I de Altazor, Vicente Huidobro

Dices que repito
algo que he dicho antes. Lo volveré a decir.
¿Lo volveré a decir? Para llegar allí,
para llegar donde estás, para llegar desde donde no estás,
tienes que ir por un camino donde no hay éxtasis.
Para llegar a lo que no sabes
tienes que ir por un camino que es el camino de la ignorancia.
Para poseer lo que no posees
tienes que ir por el camino del desposeimiento.
Para llegar a lo que no eres
tienes que ir por el camino en que no eres.
Y lo que no sabes es lo único que sabes
y lo que posees es lo que no posees
y donde estás es donde no estás.

Fragmento III del poema "East Coker", de los «Cuatro cuartetos» (Versión de José María Valverde) T. S. Eliot

ACERO Y PLATA DE LUNA


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