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ACERO Y PLATA DE LUNA

Mike Blackness. Fragmento n 14. La mutación sincopada del camaleón

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Pero la decisión ya está tomada. Nuestro individuo, protagonista de la velada, de nombre John Lee en este universo, ya lo tiene decidido desde el principio. Todo este coqueteo sobra. Es un mero tontear para rellenar el tiempo, para disfrutar del local, para saborear la bebida y también, por qué no, para conocer mejor a la elegida, a la única que importa y detectar qué resortes hay que pulsar para que ella no se escape, para que caiga en sus redes, y acabar el día como él desea: una deliciosa velada en el apartamento de ella o en su hotel. Ese es el único objetivo de nuestro hombre y el desenlace óptimo después de tanta búsqueda infructuosa, de tanto paseo dimensional, de tanto marear la perdiz, una y otra vez en el mismo sitio, diferentes establecimientos, diametralmente opuestos unos de otros, pero siempre, siempre las mismas coordenadas.

Myrna es alta y posee unas medidas de escándalo, un cuerpo absolutamente perfecto. Sus preciosos ojos marrones de mirada profunda gobiernan su rostro, no tan armonioso como su cuerpo pero con la impagable cualidad de que cuanto más lo miras más bello te parece; nunca te aburrirás de mirar esa cara. Myrna es una mujer preciosa, una auténtica campeona, pero es morena. La elegida es Samantha. Quizás no es tan perfecta, ni tan alta, ni tan elegante como Myrna pero lo compensa con una simpatía natural y unas curvas de infarto. Tiene lo que se dice un buen trasero y unos pechos generosos, que el escotado y ceñido vestido que ha elegido para la velada apenas trata de disimular. Qué más se puede pedir. Su cara es fina, ligeramente aniñada y sus chispeantes ojos azules están siempre dispuestos a reír. Y claro, Samantha es rubia.

Resulta que nuestro hombre tiene fijación por las rubias. Es bueno saberlo.

Cuando llega el momento de la verdad, es decir, cuando la mánager del restaurante le informa de que finalmente ya tiene la mesa preparada, John se las arregla para quedar bien con Myrna, sin comprometerse a nada, e invita a Samantha a comer con él, allí mismo, en ese preciso instante, para qué esperar a citarse otro día. Ellos están ahí y ahora, han conectado. Samantha está tan contenta por ser la elegida, se siente tan embriagada por la sensación de triunfo, que no lo duda un momento, no le importa dejar tirados a sus amigos, no se para a pensar que tal vez sea un poco precipitado, que, en realidad, no conoce a ese hombre de nada, que quizás se está dando poco valor a sí misma aceptando esa cita improvisada.

Pero ya está hecho.

Ahora están a solas, disfrutando de una cena romántica. La comida es excelente, el vino inmejorable, el ambiente magnífico. Se lo están pasando de maravilla. Para Samantha, a sus tiernos veintipocos años aquello es una auténtica aventura, está excitada, siente que ellos son el centro de todas las miradas en aquel restaurante. Aquella cita improvisada parece estar en boca de todos. Su imaginación se eleva hacia el techo del local y desde esa altura se observa a sí misma y a su atractivo acompañante como a través de una mirilla. O mejor, como si aparecieran en una pantalla de cine: los felices protagonistas de una película de Hollywood. No hay que hacer un gran esfuerzo para imaginar que el género cinematográfico que Samantha ha elegido para su ensoñación ha de ser por fuerza el de la comedia romántica; el thriller, francamente, tenía pocas posibilidades; una película de terror, ni se plantea, se descarta automáticamente.

¿Y allí, en Inglaterra, tienes a alguien que te espere?, pregunta Samantha a John en un momento dado, justo antes de pasar a los postres. Las burbujas del champán del aperitivo y el vino consumido durante los dos primeros platos ya han hecho efecto en su organismo y la han vuelto, si cabe, más osada. Quiero decir, se explica, que estamos tú y yo aquí, monísimos, intimando de lo lindo en el transcurso de esta maravillosa cena y, a lo mejor, tienes en Londres una novia, prometida o algo peor. Por favor, no me hagas reír, piensa John, ¡novia! qué poco apropiado para alguien como yo. Sería una novia tan efímera que no merecería tal apelativo. Pero contesta algo más trivial, menos embarazoso: he tenido algunas relaciones, pero ahora mismo no hay nadie importante en mi vida, como se suele decir estoy soltero y sin compromiso. ¿Y, qué me dices de ti? Libre como un pájaro, contesta Samantha, feliz con la respuesta de él, sonriendo con todo su cuerpo, etérea, brillante.

Cuando Samantha y John salieron del restaurante se dirigieron a un local de moda y se tomaron allí un par de copas entre cálidos besos, música agradable y dosis adecuada de luz y oscuridad, rodeados de otros jóvenes como ellos, sumergidos también en procesos similares de enamoramiento o sometidos a la tiranía de la noche que les impelía a buscarlos inexorablemente. Cuando se cansaron del bullicio y sintieron que necesitaban más intimidad se dirigieron al apartamento de ella.

La puerta se cierra tras ellos y es en ese instante que la noche se parte en dos. Sí, es cierto que Samantha y John han llegado a ese momento en un estado de gran excitación, compartido por ambos, después de una noche mágica en la que se han encontrado, en la que se han conocido y han conectado, no del todo por puro azar ya que John acechaba, buscaba incansablemente. Pero, a partir de ahora, la secuencia de los hechos se bifurca salvajemente entre lo esperado, lo deseado por Samantha, y lo codiciado y planificado hasta el más mínimo detalle por John.

En cuanto se encuentran a solas en el apartamento se produce, en primera instancia, un cambio apenas perceptible en la actitud de John. Samantha lo nota, a pesar de la dosis considerable de alcohol que satura su organismo y adormece sus sentidos y a pesar de su propia agitación ante la proximidad de la consumación del acto sexual, como colofón a una noche perfecta. Quizás tenga algo que ver con su mirada, Myrna la juzgó inquietante hace apenas unas horas, pero ahora quizás se aprecia algo más, un brillo maligno en esos preciosos ojos verdes. O tal vez sea porque John empieza a abandonar esa actitud cariñosa que le ha acompañado durante toda la velada y se muestra más autoritario en la soledad del apartamento. En cualquier caso, es suficiente para que Samantha sienta como un escalofrío recorre su columna vertebral.

Pero esta reacción natural de su cuerpo, que es como un aviso premonitorio no será suficiente para salvar a esa preciosa chiquilla. No nos engañemos, todos sabemos que John es tan sólo una faceta dimensional del Sujeto 237, ese salvaje asesino en serie que ha sembrado el pánico a través del Multiverso, destrozando la vida de jóvenes indefensas.

John percibe en Samantha ese pequeño titubeo, observa con atención esa recién aparecida desconfianza en los ojos de ella y en su cerebro de depredador se produce un click que le avisa para poner el marcha la maquinaria del último acto de la noche. Un desenlace del que no podrán disfrutar los dos, ya que el éxtasis de él significa invariablemente la muerte para ella.

Esa es la terrible verdad.

La excitación sexual que era tan evidente en ella hace apenas unos instantes desaparece por completo, como si nunca hubiese existido, mientras que en él se dispara de cero a mil.

De repente, todo se precipita.

Él la coge del cuello y al mismo tiempo que se yergue desde el sofá en el que permanecían sentados, la levanta con una fuerza descomunal y le mira directamente a los ojos, a menos de un palmo de distancia. Ella pierde el conocimiento.

No se ha desmayado por la presión en la garganta, es el terror que le ha invadido de golpe. Han sido los ojos de él que como espejos le han mostrado lo que va a ser de ella.

Ha visto su propia muerte reflejada en esos ojos.

Y quizás ha comprendido, todo ello en un segundo, con la asfixiante presión de la manaza de él oprimiendo su delicado cuello, que ese ser ha estado ahí siempre, detrás de esos ojos. En ningún momento se ha ido. John no se ha transformado de golpe en un psicópata, no se trata de un moderno Doctor Jeckill y Mr. Hide. En la misma persona conviven los dos, el encantador muchacho que la ha seducido y el animal de apetito desmedido que necesita matarla para llegar al éxtasis sexual.

John no suelta a su presa. En un estado de máxima exaltación, arrastra a Samantha por el cuello hasta la mesa del comedor, que se encuentra apenas a dos metros del sillón, la tiende boca arriba, extrae un cuchillo de una funda que llevaba oculta en su espalda y se lo hinca con fuerza en el cuello. El puñal secciona la arteria carótida, atraviesa el cuello y se queda clavado en el tablero de madera, dejando de esa manera el cuerpo de ella fijado a la mesa. El monstruo observa con delectación como la pobre muchacha se desangra rápidamente.

En cuanto ella exhala su último aliento, John, como un animal en celo, se desabrocha el pantalón que estaba a punto de reventar y, babeando, le sube el vestido empapado de sangre, le baja las bragas hasta las rodillas, le abre las piernas y la penetra con violencia, saciando así sus depravados instintos necrófilos.

Cuando su fiebre lujuriosa explota, finalmente, John profiere un grito grave, que resuena amplificado en esa sala sin almas, y se desploma encima del cadáver de Samantha. Permanece un tiempo indefinido allí, empapándose con la sangre de ella, descansando, retozando, relajándose o lo que quiera que haga después de cometer una atrocidad tal que hace desear el fin de una civilización que permite la existencia de ese ser abominable.

Al cabo de un rato, como en trance, John se separa de su víctima, se baja de la mesa y se sube maquinalmente los pantalones. No se limpia la sangre, ni recupera su cuchillo, ni se arregla la ropa. Se dirige a la ventana, cierra ligeramente los ojos y salta.

Samantha no se había despertado. Su rápido desmayo, en cuanto cayó el telón de las caricias y se impuso la realidad de la garra de hierro en el cuello y la mirada enfermiza, le ha librado de mayores padecimientos. Ha sido asesinada cuando aún dormía y eso le ha evitado un sufrimiento atroz. Su alma ya no estaba allí cuando aquella aberración de la naturaleza ha tomado su cuerpo.

Se ha producido un cambio importante en el modus operandi del Sujeto 237.

Es un cambio de gran transcendencia.

Ya no se limita a buscar a sus víctimas entre prostitutas y chicas de compañía. El hecho de que ya no se circunscriba al círculo cerrado de las profesionales del sexo tiene varias consecuencias, todas ellas nefastas. En primer lugar, ahora el número de posibles víctimas se ha multiplicado exponencialmente. Además, estas mujeres están, si cabe, todavía más indefensas, al menos, las profesionales tienen alguna oportunidad de salvarse, saben a lo que se enfrentan, pueden estar prevenidas, algunas incluso disponen de un arma o cuentan con alguien, un proxeneta o un amigo o colaborador que está pendiente y que puede evitar, en última instancia, el crimen. En tercer lugar, este nuevo escenario complica sobremanera el trabajo de los policías para capturarle.

El Sujeto 237 se ha vuelto más impredecible.

Hoy ha abierto una nueva puerta, una puerta terrorífica, y ninguna mujer en el Multiverso está ya a salvo de ese depredador dimensional.

El psicópata ha mutado y seguirá haciéndolo, seguirá evolucionando y matando mientras algo no lo pare, hasta que el cielo y la tierra se conjuren para destruirlo o que alguien con la determinación, la fuerza y la audacia necesarias lo erradique de la faz de la Tierra.

 

Mike Blackness. Fragmento nº 12. La mutación sincopada del camaleón

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El individuo en cuestión entra en una cafetería. Mira a derecha e izquierda con atención y se dirige a la barra. Es rubio y tiene el pelo lacio y largo, lo lleva recogido en una coleta. Sus ojos son claros, diría que azules y su piel es blanca, lechosa. Lleva una camisa hawaiana y unos tejanos desgastados, deshilachados en los bajos. Va en chanclas. Pide una cerveza y se sienta en un taburete sin respaldo, tapizado con un skay negro setentero. Es uno de esos que tienen soportes para los pies y dan vueltas. Se gira en su asiento y se queda dando la espalda al camarero, los codos apoyados en la barra.

No está en el mismo universo que Mike, eso lo sabemos. Pero, en realidad, tampoco importa; no se va a quedar demasiado. Va dando saltos. De universo en universo. Algo anda buscando.

Echa otro vistazo a la clientela del local y hace un gesto de fastidio. Da un cuarto de vuelta a su taburete, coge la cerveza, le da un último trago, la vuelve a posar en la barra, da otro cuarto de vuelta a su asiento y se levanta. No hace ademán de pagar la consumición, no mira siquiera al camarero, que le observa, en silencio, con gesto extrañado, cómo enfila cansinamente hacia la salida del local. Abre la puerta, cierra imperceptiblemente los ojos y deja atrás la cafetería, ese universo.

Vuelve a entrar.

El local es diferente. Él es diferente. Pelo negro, ojos oscuros, moreno de piel, tiene la superficie de la cara irregular como si hubiese sufrido acné de joven y poca paciencia. Está gordo. No parece el mismo tipo. Definitivamente, el local tampoco es el mismo. Ahora se trata de un bar roñoso, anticuado. No es que sea antiguo, es viejo. Huele a alcohol, a cerrado, a falta de ventilación, y está oscuro, las ventanas que dan a la calle están cerradas, las persianas bajadas casi del todo; parece sucio. El color original del vetusto mobiliario es indistinguible, la tapicería está roída, los marcos de los cuadros colgados de la pared se muestran llenos de polvo, las imágenes están desvaídas, sin contraste alguno. No es un sitio agradable, desde luego. Apenas hay cuatro o cinco clientes desperdigados entre la barra y las mesas. Son gente ya de una cierta edad, con aspecto de enfermos, seguramente alcohólicos. Beben solos, apuran sus cervezas, sus copas de licor, con mirada perdida, alienados. Este antro parece la antesala de la muerte. El hombre apenas da un paso hacia el interior del local, observa el panorama durante unos pocos segundos, hace una mueca y lanza un escupitajo al mugriento suelo, algo que no desentona en absoluto con la atmósfera del local. Vuelve a salir y vuelve a entrar.

Lo que está claro es que el tipo tiene alguna clase de fijación con ese lugar.

Quizás lleve entrando y saliendo del local todo el día. Como un psicópata. O como un depredador acechando a su presa.

Todo es distinto ahora. Donde antes había oscuridad y olor rancio ahora hay luz y Chanel No 5. De repente, aquel bar repelente se ha convertido en un restaurante de moda. El local está exquisitamente decorado, pero en ningún caso se podría decir que resulte recargado, es realmente elegante; el responsable de su diseño tiene muy buen gusto, sin duda. El restaurante es verdaderamente confortable, a pesar de que tiene capacidad para albergar a muchos comensales, no hay sensación alguna de agobio. El estudio del espacio que se ha realizado es virtuoso y está optimizado al máximo. La elección de un mobiliario moderno y de calidad, unas separaciones perfectas entre las mesas, los diferentes espacios creados, los techos altos, la combinación de colores y de tejidos, el toque naturista con plantas auténticas y flores, algunas de ellas de una indudable belleza y espectacularidad, todo ello confiere al restaurante una personalidad propia. Y qué decir del personal: son amables, solícitos, y además bien parecidos, de aspecto aseado y pulcro, vestidos elegantemente con un traje de un precioso tono morado de corte oriental. Las funciones de maître recaen en la elegante mánager del restaurante, una encantadora mujer que dejó atrás hace ya algunos años su plenitud, pero bellísima todavía y que hipnotiza a sus clientes de tal manera, que aunque reciban la mala noticia de que deben esperar todavía media hora para ser sentados a una mesa, reaccionan como si les acabara de tocar la lotería. Nada más entrar al restaurante, a la izquierda, se encuentra una enorme barra de forma elíptica con capacidad para unas treinta personas y dentro de ella hay un montón de camareros que trabajan con gran profesionalidad para dar servicio a los clientes. Un poco más adelante hay una pequeña tribuna con una agenda llena de nombres, número de comensales y horas reservadas y detrás del mueble se encuentra la mánager del restaurante, que acompaña a los clientes a sus mesas o sienta en la barra a los que se presentan antes o después de su hora o sin reserva previa o a los que simplemente quieren picar algo o tomar una cerveza en un ambiente inmejorable, en ese local abarrotado de gente guapa y estilosa.

Y nuestro camaleónico viajero sonríe ampliamente en cuanto da un primer vistazo al establecimiento. Luce espléndido con su nuevo aspecto. Pelo rubio oscuro abundante, bien cortado, ojos verdes, la piel de su rostro hidratada, de aspecto luminoso, parece que acaba de salir de un centro de estética. Es alto, ancho de espaldas, se adivina musculoso dentro de su traje bien cortado, a la moda. La elegante prenda es de un color azul cobalto y le sienta como un guante. Podría seducir con facilidad a cualquier jovencita de las que proliferan en el restaurante. De eso se trata.

No tengo reserva, lo lamento, ¿mesa para dos?, espero que sí, ¿nombre? Lee, John Lee, quizá pueda conseguirle una mesa, pero no será antes de media hora o tres cuartos, ¿le supone algún problema?, en absoluto, puede tomar un aperitivo en la barra mientras tanto, le dijo la maître, acompañándole hasta un taburete milagrosamente vacío situado justo en medio de dos jovencitas que disfrutaban de la velada, cada una con su propio grupo de amigos. ¿Puedo confiar en que me cuidarán a este caballero hasta que le consiga una mesa?, preguntó con picardía la mánager del restaurante mirando alternativamente a las dos chicas, creo que es nuevo aquí, a juzgar por su acento. Eso está hecho, contestó audazmente una de ellas sonriendo a la maître, aquí somos gente educada y siempre tratamos con amabilidad a los recién llegados, sea cual sea su edad y condición, continuó mientras echaba una rápida ojeada al elegante joven, ¿no es así?, preguntó finalmente con mirada cómplice a su improvisada compañera o adversaria. Por supuesto, haremos cuanto esté en nuestras manos para que se sienta a gusto, dijo la segunda, asumiendo en seguida su papel de buena samaritana.

 

Mike Blackness. Fragmento nº 10. Mike

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No creo en Dios.

Creo en un whisky doble con hielo.

No creo en el amor. Ya no. Prefiero un buen revolcón.

No creo en la bondad de la gente.

No me interesan las putas. Nunca os he necesitado. Las tías siempre me han ido detrás, no sé que me ven. Debe ser esta pinta de mal tipo que arrastro. Dicen que a las mujeres les gustan los chicos malos.

Quizás sea eso.

Por otra parte, para estar con una mujer, yo necesito que me desee, no me basta con desearla. No hace falta que me quiera, no soy tan iluminado, pero tiene que estar excitada, yo que sé, volverse loca a veces. Y las prostitutas solo desean tu dinero.

Nunca he podido ir con ellas. Esas pobres mujeres, las del oficio, en realidad, me inspiran lástima. Se puede perder casi todo en esta vida, el trabajo, el dinero, no sé, algún ser querido. Quién puede decir que no se haya dejado algo importante, acaso imprescindible, por el camino, y hay que seguir tirando, qué remedio. Pero la dignidad no la puedes perder. De ninguna manera. Jamás. Si pierdes la dignidad, ¿qué te queda? En mi caso, eso equivaldría a perder la vida.

Claro que mi vida no vale mucho.

Pero tengo dignidad.

En cuanto a lo esencial, yo creo que la esperanza tampoco la deberías perder. Eso dicen, ¿no? Debería ser lo último. Si lo piensas bien, lo penúltimo.

A mi no me queda ya mucho de eso.

No tengo esperanza de que mi vida mejore.

No creo que vaya a mejorar la de nadie, a decir verdad. Bebo demasiado.

Demasiado a menudo.

Casi siempre whisky. Pero no le hago ascos al vodka.

 

Mike Blackness. Fragmento nº 9. Santo Gabriel recibe una visita inesperada

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No sabemos si en esa misma dimensión y a esa misma hora pero seguro que en otro lugar, al parecer, en su apartamento, Santo Gabriel tiene una invitada. Es rubia y alta. Es joven. Y, por supuesto, es guapa. Es una hermosa muchacha que, ahora mismo, está feliz y contenta, disfrutando de la velada, riéndose con las increíbles historias que le cuenta su anfitrión. Se llama Megan. Están tomando champán francés. Van por la segunda botella y eso también cuenta. Y el caviar y las exquisitas fresas con nata que se ha zampado antes. Santo Gabriel sabe tratar a las mujeres, de eso no hay duda.

El apartamento es de lo más lujoso y elegante. Suelo de mármol Macael, tan blanco y tan pulido que refleja el valioso mobiliario que descansa sobre él. Paredes y techos artesonados. Muebles clásicos art déco y algunas piezas modernas lacadas en blanco o realizadas en metacrilato en una combinación virtuosa. Sofás de terciopelo, tan cómodos que podrías vivir en ellos. Piezas míticas inolvidables completan el mobiliario: Butaca Eames, tumbona Le Corbusier, mesa de centro Noguchi. Preciosas lámparas situadas estratégicamente dotan a la estancia de una iluminación magnífica, creando espacios propicios para la distensión y la confidencia. Finalmente, en las paredes, algún lienzo clásico mezclado con gracia con obra moderna. Ese salón podría ser el resultado de un fino trabajo de algún interiorista de categoría, o quizás el dueño del apartamento posee un gusto exquisito, un sentido perfecto del equilibrio y una gran sensibilidad para la belleza, en cualesquiera de sus formas.

La velada avanza según lo previsto. Santo Gabriel y su hermosa acompañante han ido a cenar a un restaurante excelente y ella ha aceptado tomarse la última copa en el apartamento de él. La copa se ha transmutado en Dom Pérignon, caviar, fresas. Es lo que tiene salir con tipos con clase, que hacen de una cita una experiencia inolvidable. En aquel salón tan espléndido, el placer de sentirse rodeada de cosas bellas y armoniosas, la conversación fantástica de él, esas fábulas, fantasías o, quién sabe, hechos verídicos que él cuenta, y el champán que la embriaga, todo ello ejerce un influjo irresistible sobre la joven.

El aspecto de Santo Gabriel también hace lo suyo. Impecable, con su traje a medida, su camisa italiana, su seguridad personal y las maneras del que lo tiene todo controlado. Santo Gabriel no posee ese rostro bello, a veces aniñado, del que se prendan las mujeres de toda condición, pero, sin duda, es atractivo. Tiene una personalidad arrolladora y unos ojos profundos e inteligentes. Es esbelto, vigoroso, y sus movimientos son elegantes y precisos. Irradia un magnetismo insuperable. El proceso de seducción casi ha terminado. El éxito es notable. Santo Gabriel besa a su partenaire en la boca. Es un beso que preludia y condensa lo que vendrá inmediatamente después. Megan responde activamente, y el ardiente beso se convierte en sí mismo en una versión mini del acto de hacer el amor. Ella, extasiada, siendo como es, una romántica incorregible, estiraría ese instante durante siglos, preferiría morir violentamente que separarse de su apasionado amante.

Llaman a la puerta.

Es en serio, llaman a la puerta. Megan y Santo Gabriel no se lo pueden creer. Tardan en salir del embrujo. Quizás pensaban que no existía nada más que ellos dos allí, excitados en grado sumo, fundidos en un abrazo eterno, unidos por el deseo y la esperanza cercana de la consumación del acto sexual, quizás cada uno a su manera y quizás con gustos dramáticamente diferentes, quién sabe, pero, en todo caso como si esta fuera la última vez en su vida que van a hacer el amor, en vez de tratarse de la primera. Pero al otro lado de la puerta sigue estando el mundo. Y llaman con insistencia. Parece que nunca van a parar de aporrear esa puerta, de tocar el timbre una y otra vez. Alguien sabe que están allí y no va a haber descanso hasta que esa puerta, finalmente, se abra de par en par.

Santo Gabriel no puede impedir un rictus de fastidio en su cara. Intenta sonreír a Megan pero no lo consigue. Ella sigue todavía en otro planeta, está un poco borracha y obnubilada por todo lo que ha acontecido hace unos escasos momentos y ahora se arregla la vestimenta como puede, con una sonrisa boba en la boca. Santo Gabriel se levanta, se dirige con presteza al lavabo, se limpia la cara de los rastros de pintalabios, y se peina con las manos, se mira un momento al espejo y se encamina a la endiablada puerta, que hace tanto escándalo que parece que tenga vida propia.

¿Quién coño es y qué manera es esa de llamar a la puerta de gente decente?, pregunta Santo Gabriel amablemente (es un eufemismo, claro), a través de la puerta, sin la menor intención de abrirla.

¿Es usted Santo Gabriel?

¿Quién pregunta por él, si puede saberse?

Soy el Comisario Jefe Christopher Warren, de la DDNY.

Ah, qué interesante. ¿Y cómo puedo saber que es usted realmente quien dice ser?

Buena pregunta. Sin entrar en disquisiciones filosóficas que inviten a la introspección y a preguntarse cada cual si somos realmente quienes creemos ser, podría usted hacer algo mucho más prosaico, y a la vez más sencillo, como mirar por la mirilla de la puerta y observar mi rutilante placa de policía.

Ya la estoy viendo. No hace mala pinta. ¿Y qué es lo que quiere, agente?

Comisario Jefe, si es usted tan amable.

Pues eso, Comisario, ¿qué quiere de mí? ¿Piensa detenerme? ¿Tienen algo en mi contra? ¿Alguna cosa que ignoro, que escapa a mi conocimiento?

¿Es usted Santo Gabriel?

A veces me llaman así.

Tan sólo deseo hacerle algunas preguntas.

Ah, si se trata de eso, no le importará pasar en otra ocasión. Tengo invitados y estoy muy ocupado en este momento.

Mire, podemos hacer esto por las buenas o por las malas. En el primer caso, usted me invita a entrar amablemente y charlamos un rato. En el segundo supuesto, hago subir a mis agentes inmediatamente, les ordeno que tiren la puerta abajo y le llevo detenido a la División Dimensional de Nueva York. En ambos casos usted acaba hablando conmigo. Usted decide el lugar y la forma.

Santo Gabriel no contesta pero abre la puerta. Haga el favor de pasar, está usted en su casa, Comisario, le dice, dándole la mano y conduciéndole al salón principal donde se encuentra Megan, un tanto desconcertada. Hace las presentaciones y el Comisario Jefe Warren se sienta en una butaca enfrente del sofá donde está sentada la chica y donde presumiblemente se sentará el anfitrión.

¿Le apetece una copa, whisky, ginebra tal vez? O, si está de servicio, como me temo, quizás prefiera, no sé, agua, ¿un café?

He observado que tiene descorchada una botella de buen champán francés. Esa clase de brebaje no interfiere para nada con mis quehaceres previstos para hoy. Si no considera que estoy abusando de su hospitalidad, aceptaría una copa.

Eso está hecho, dice Santo Gabriel, sacando la botella de un cubo de hielo cromado y preguntando con un gesto a Megan si ella quiere otra copa. Ante la negativa de la joven que está, como mínimo, incómoda con la situación, acaba sirviendo dos copas, una para él y otra para su invitado sorpresa. Bueno, Comisario, le dice, sentándose delante de él, al lado de Megan, usted dirá.

Le agradezco su amabilidad, dice el Comisario Jefe Warren, después de paladear el Dom Pérignom. Esto está delicioso. Le felicito, tiene usted un gusto exquisito, echando un vistazo a la estancia, luego a su copa y, finalmente, a Megan. Antes de explicarle a qué se debe mi visita, déjeme preguntarle cómo desea que le llame, porque lo de Santo Gabriel resulta un poco incómodo y suena demasiado rimbombante.

Gabriel está bien.

Eso está mejor. Pues, Gabriel, sucede que estoy al mando de una unidad de policía dimensional, la DDNY, y mis agentes me han informado de que usted es, por supuesto, dimensional, pero, además un dimensional un tanto especial.

¿Y si le dijera que yo no soy dimensional, Comisario?

Teniendo en cuenta que en la División llevamos tiempo investigándolo y su dimensionalidad está totalmente comprobada por mis agentes y fuera de toda duda, que usted negara esa evidencia me preocuparía sobremanera y, al mismo tiempo, podría inducirme a desconfiar de usted. Imagínese, podría llegar a plantearme la posibilidad de que usted fuera un delincuente dimensional, Dios no lo quiera, y, teniendo en cuenta que yo me dedico a perseguir a criminales de esa índole, esto podría acabar muy mal para usted.

¿Podría decirme, por favor, de qué está hablando, agente?, interrumpió Megan, a la que ya se le había pasado bastante el efecto del champán y estaba cada vez más nerviosa.

Comisario Jefe Christopher Warren de la DDNY. Pero puede llamarme, simplemente, Comisario.

Megan: Qué quiere decir con eso de que Gabriel es un... dimensional? ¿Es algo... malo? Me está asustando, Comisario.

No se alarme, señorita, no es nada siniestro. Resulta que, mezclados entre la gente normal, hay unos pocos individuos que, como aquí su amigo Gabriel y yo mismo, tenemos la capacidad o la desgracia, según se mire, de despertarnos cada mañana en un universo diferente. A diferencia del resto de seres humanos que viven en una sola dimensión, nosotros vivimos en un Multiverso.

Perdone, ¿no se estará usted burlando de mí? Porque no le veo, maldita, la gracia, dijo Megan, recelosa y enfadada, mirando alternativamente al Comisario y a Santo Gabriel, que ponía una cara de culpable de libro.

En absoluto, querida. Existen, existimos. Ya lo creo que sí. Y muchos de esos dimensionales son criminales y otros, como yo, los perseguimos. Mi visita inesperada de esta noche, importunándoles a ustedes, cosa que lamento muchísimo, forma parte de mi trabajo. Tengo que hacerle unas preguntas aquí, a su amigo dimensional, para asegurarme de que él no es uno de esos criminales.

Oye, Gabriel, si esto es una broma, ya basta. Porque me voy a casa ahora mismo, dijo Megan, mirando a Santo Gabriel, ya muy alterada y asustada.

Comisario, no entiendo a qué viene hablar de su trabajo de policía, de dimensionales, de criminales, delante de mi invitada. Ella no sabe de qué va todo esto. Y, como puede observar, está muy impresionada. La está asustando. ¿Qué le parece si Megan se va a su casa como ella misma ha sugerido y usted y yo continuamos charlando tranquilamente?, dijo Santo Gabriel, levantándose.

Siéntese, Gabriel, dijo, elevando la voz, el Comisario Jefe Warren. De aquí no se mueve nadie hasta que yo lo diga. Tranquilícese, señorita. No le va a pasar nada. Tengo a mis agentes ahí fuera, esperando. Si alguno de ustedes intenta abandonar este apartamento sin mi consentimiento irá directo a la Comisaría y pasará como mínimo una noche entre rejas. ¿Lo han comprendido?

Sí, dijo Megan, con el rostro crispado, mordiéndose la comisura de los labios, totalmente amedrentada.

De verdad, Comisario, todo esto es innecesario, dijo Santo Gabriel, intentando persuadirle con su mejor cara.

Yo decido lo que es innecesario y lo que no lo es. ¿Va a dejarme continuar, amigo Gabriel, o desea que acabemos esta conversación en una sala de interrogatorios? Le aseguro que a mí me es absolutamente indiferente pero resultará, sin duda, mucho más incómoda para ustedes.

Continúe, Comisario, no se sulfure, dijo Santo Gabriel, intentando apaciguar los ánimos.

Se lo agradezco. ¿Sería usted tan amable de servirme un poco más de champán?, tengo la boca seca. Normalmente no tengo que hablar tanto. Yo, más bien, soy de actuar, dijo el Comisario mientras Gabriel, ejerciendo de buen anfitrión, le llenaba la copa. Bebió un buen trago y le dio las gracias. Como iba diciendo antes, sabemos que es usted dimensional, Gabriel. Y nos consta que es un dimensional especial. Se le atribuyen una serie de actuaciones muy confusas. Actos heroicos, intermediaciones en conflictos entre partes enfrentadas y de difícil solución, etc. En los bajos fondos dimensionales se le conoce a usted por Santo Gabriel. ¿Hay algo de verdad en todo eso? O se trata, tan sólo, de leyendas urbanas.

 

Mike Blackness. Fragmento nº 8. El Sonámbulo

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Pocos le conocen.

La mayoría no sabe de su existencia.

Algunos tratan con él por el día, cuando lleva una existencia, digamos, normal.

Casi nadie está al corriente de su nocturno deambular.

No existe una sola persona en este mundo que pueda ni tan sólo intuir su importancia en esta historia. Ni él mismo lo sabe. Me estoy refiriendo al Sonámbulo.

El Sonámbulo no existe durante el día, pero, por la noche, viaja por el Multiverso, de dimensión en dimensión. Nadie sospechará jamás lo rica que es su vida cuando todos duermen.

El Sonámbulo se llama, en realidad, Normand Némbulus, vive en Nueva York, es cartero y está soltero. Tiene un perro. Es un Akita Inu. Es precioso. Y lo adora, se adoran mutuamente. Durante el día Normand es una persona completamente normal.

Vamos, que no es dimensional ni nada de eso.

Es durante la noche que la cosa degenera. Es sonámbulo. Un sonámbulo muy especial. Cuando Normand, dormido, se levanta de la cama sonámbulo se convierte en dimensional. Una cosa bien extraña. Y es entonces que el Sonámbulo viaja de dimensión en dimensión, cambiando de universo sin pestañear. Es como un cometa de los sueños, viviendo muchas vidas alternativas. Cuando vuelve, cuando se despierta, el Sonámbulo pierde su condición de dimensional y vuelve a ser Normand Némbulus, el cartero. Y no recuerda todo lo que ha hecho en esa, su vida secreta.

En realidad, sí lo recuerda.

Pero lo recuerda como un sueño. Como un cúmulo de sueños. No es consciente de que durante la noche él es dimensional y que todo lo que hace sonámbulo ocurre de verdad, es parte de su historia, no es algo que pertenezca solamente al reino de los sueños.

Es un poco triste.

Una vida, vidas en realidad, tan ricas, tan llenas de experiencias, y él no lo sabe, no conoce su faceta dimensional. Ni siquiera sabe de la existencia de esos seres, los dimensionales.

A Mike le costó dar con él, viajaba tan rápido de universo en universo, como un meteorito. Y, después de encontrarlo, lo perdió rápidamente.

No conocía su especial naturaleza.

Le despertó. Despertó al Sonámbulo. Y apareció Normand Némbulus desapareciendo el dimensional. Cuando el Agente Especial Blackness lo comprendió, esperó a que volviera a dormirse y cuando Normand se levantó sonámbulo lo hizo ya en otra dimensión. Por supuesto, Mike no estaba allí.

 

Mike Blackness. Fragmento nº 6. La señora Azul, el Sapo y el pequeño Butch

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Vidas cruzadas.

En este mundo todo está interrelacionado. Cuando la señora Azul por fin se despierta, el pequeño Butch ya hace rato que está haciendo de las suyas.

Están en el mismo universo.

El Sapo, por su parte, se dispone a echar una cabezada, es, lo que se dice, un animal nocturno. A él no le hables de madrugar, se va a dormir cuando la gente normal se levanta.

Pero, claro, ¿quién es normal?

El Sapo no, desde luego. Cuando se despierte, dentro de un rato, lo hará en otro universo.

Precisamente en el mismo universo donde la señora Azul acaba de incorporarse de la cama. La señora Azul, en realidad, no se llama así, tiene un nombre de lo más corriente, tanto, que nadie se acuerda nunca de él. Y optan por lo fácil, por llamarle la señora Azul.

Porque es azul.

A ver, no es que sea azul, no se trata de una mutante. Es un poco azul. Tiene algo raro en la piel, un tono azulado, y todo el mundo le llama la señora Azul.

Ella ya se ha acostumbrado.

Ha llegado un momento que hasta le gusta.

Hace mucho tiempo ya que no responde por su antiguo nombre. Siempre se presenta como la señora Azul.

A pesar de que, un poco más arriba, la señora Azul y el pequeño Butch aparecen en la misma frase, en realidad no se conocen de nada. Al menos, de momento. Más tarde, quién sabe. Lo importante no es como empiezan las cosas, sino como acaban.

Con el pequeño Butch ocurre algo totalmente distinto. Todo el mundo le llama el pequeño Butch, eso es cierto.

Pero, de pequeño, nada.

De hecho, es un grandullón. Un gigante. Lo que ocurre es que era el quinto hijo de un matrimonio de profesores de instituto de Boston, que nació un poco a destiempo. De rebote. Vamos, que no le esperaban. Y sus hermanos, en realidad, sus cuatro hermanas, eran mucho mayores que él. Y, para ellas, que lo adoraban, siempre fue el pequeño Butch. Sus padres también acabaron llamándole así, y en el colegio la tradición continuó. Para cuando llegó a secundaria, todo el mundo le llamaba el pequeño Butch, aunque les sacara un palmo de alto y de ancho a todos los demás chicos. Él nunca se lo tomaba a mal. Teniendo en cuenta que era un coloso, la cosa tenía su gracia. Cuando los amigos le presentaban a las chicas como el pequeño Butch, ellas flipaban.

Era una manera de romper el hielo.

De todas maneras, el pequeño Butch tenía otras cosas de las que preocuparse.

De no volverse loco, por ejemplo.

Hay algo que tienen en común la señora Azul, el Sapo y el pequeño Butch, y es que los tres son, obviamente, dimensionales. Si nos pusiéramos a buscar, seguro que encontraríamos muchas más cosas en las que son coincidentes, por ejemplo que los tres viven en Nueva York, que votan al mismo partido político o que pertenecen al reino de los vivos, pero son detalles que, en este momento, son irrelevantes. También podríamos hacer notar que a los tres les afectó poderosamente el estrechamiento del Multiverso que se produjo hace una década.

Eso es relevante.

Como a tantos otros dimensionales, la Singularidad les cambió la vida y les llevó por unos caminos que, quizás, no eran los previstos inicialmente por ellos.

La vida da tantas vueltas.

 

Mike Blackness. Fragmento nº 2. Antes, mucho antes

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Concluido ese breve momento de calma antes de la tempestad, la niña dio dos pasos en dirección a uno de los verdugos y en un instante se plantó delante de él; el habitáculo era minúsculo. El tipo permanecía allí sonriéndole como un imbécil, como vanagloriándose de lo que había hecho, con la espada todavía en la mano, el filo goteando sangre. Aprovechando que aquellos asesinos no la consideraban amenaza alguna, la niña, en realidad una máquina de matar que, como una granada de mano a la que le acaban de quitar la espoleta, estaba a punto de estallar, destrozando a toda aquella manada de criminales, le arrebató de la mano la espada con inusitada rapidez y, con gran destreza y de un solo movimiento, puro, firme, preciso, perfecto de ejecución, le seccionó la cabeza al cortador de cabezas. Antes de que aquel cuerpo sin vida acabase de desplomarse, ella, moviéndose con una agilidad mortal, mezcló la sangre por tercera vez en la hoja de aquella espada, clavándosela en el corazón al segundo asesino que había dejado olvidada la suya en el pecho del anciano.

Como la primera bailarina de un ballet macabro y economizando movimientos como sólo un soldado bien entrenado sabe hacer, extrajo el sable de la caja torácica del segundo verdugo, certificando así su muerte, y se plantó en el dintel de la puerta que, como un lienzo, mostraba a tres de los ocho restantes abriendo los ojos y la boca desmesuradamente; tres versiones del grito de Munch. Mientras que a su espalda el cuerpo sin vida del segundo caía a plomo y su cabeza (que aún no se sabía cabeza de un muerto) se estampaba por el lado de la sonrisa contra la esquina del escritorio de madera de la estancia, provocando que algunos dientes saltaran de la boca reventada y cayeran como cuentas de un collar rebotando fastidiosamente contra la madera vieja pero pulida como el mármol del suelo, ella agujereaba cabezas. Acometiendo de atrás hacia adelante, como dando puñaladas pero con un cuchillo sobredimensionado, la niña clavó la espada en el cuello del primero de los colaboradores en la ejecución de su maestro, que aún sin haber empuñado un arma, reclamaban su lugar en el paraíso. Aquella garganta no había sido capaz de producir un maldito sonido mientras su dueño observaba, aterrorizado, la escena que se había desarrollado delante de él, y no tendría ocasión de desquitarse, había enmudecido para siempre jamás. Dentro del mismo y armonioso movimiento, ella extrajo con facilidad la espada de aquel cuello, convertido de esa manera en un fantástico surtidor que dejó empapada de sangre su cara y sus ropas y, acto seguido, la insertó en uno de los enormes ojos del sujeto que estaba justo al lado de aquel y desclavarla a su vez, no sin dificultad, para, finalmente, incrustarla con todas sus fuerzas en el cráneo del tercero de los situados en primera fila del espectáculo acontecido en aquella habitación.

Ahora sí, rompiendo por fin el increíble silencio que habían mantenido, petrificados, en un absurdo estado de shock impropio de unos asesinos que se han reunido para matar, para acabar con la vida de alguien en plena noche, y después de presenciar como cinco de sus compañeros habían muerto fulminados en apenas veinte segundos a manos de aquella arma letal en forma de niña con pantalón de pijama y camiseta, los supervivientes reaccionaron: gritos de terror y estampida

 

Mike Blackness. Fragmento nª 1. En el Valhalla Dimensional

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Hanna y Mike se sientan en una mesa libre, situada en una zona estratégica desde la que se controla todo el local y, al mismo tiempo, la puerta de entrada/salida. El lugar está oscuro y desangelado, se trata, efectivamente, de un bar de mala muerte. Las sillas son de madera, incómodas, las mesas, también de madera, están sucias, pringosas, tapizadas por una suciedad antigua, salpicadas de profundos arañazos y marcas y nombres e insultos grabados a cuchillo. El suelo de linóleo desprende un inconfundible olor a desinfectante, parece fregado con matarratas. Hay una escupidera en cada esquina, todas a rebosar de un liquido viscoso, tornasolado, es algo tan repugnante que podría hacer vomitar a un buey.

Solo faltan un par de murciélagos dormitando boca abajo, colgados de los ventiladores, que no funcionan.

No debe de haber un sistema de ventilación alternativo: el aire es casi irrespirable, el humo de cigarro es tan denso que parece niebla. Las cortinas, tan acartonadas que semejan un puzzle al que le faltan varias piezas, son de un gris oscuro moteado de un gris aún más oscuro; pudieron haber sido blancas en otro tiempo. El lavabo está tapiado, lo han rellenado de hormigón, hacía años que nadie se atrevía a entrar allí. En la barra se amontonan vasos y platos sin lavar y la oferta de alcohol, variada donde las haya, se limita a ginebra y aguardiente en botellas rellenadas con un embudo mugriento que anda por ahí. El whisky es de la casa, hay un pequeño alambique detrás de la barra (por la gota de líquido que rezuma regularmente, persistente, agotadora, en un recipiente metálico, parece que funciona). También hay cerveza pero, al parecer, es un brebaje no recomendable, según los habituales del local.

Un pinche cocinero mejicano, casi siempre borracho, duerme en la despensa.

A veces, cuando se despierta, se sirven comidas, fritos y refritos, si alguien está tan desesperado que se atreve a pedir algo. El riesgo de intoxicación alimentaria en ese local no es un riesgo, es un hecho comprobado, irrefutable; el Sepulturero Mayor pasa cada noche por allí a ver qué recoge.

El tipo que gestiona ese inmundo local es un hombre sin nariz, tan grotesco y deformado que nadie ha osado nunca mirarlo a la cara. Las malas lenguas dicen que se hizo extirpar el apéndice nasal para no tener que oler las inmundicias que genera su negocio. Lo cierto es que le arrancaron la nariz de un mordisco en una reyerta; no se sabe cómo acabó el otro. Jamás se mueve de detrás del mostrador, parece clavado allí como una estaca (en ese bar no se sirve nada en las mesas, hay que pedir en la barra) y nunca habla con los clientes, tan sólo se le escucha un murmullo ininteligible, una letanía inacabable como si estuviera hablando permanentemente con el más allá, pero sin articular los labios, como un ventrílocuo poseído o como un robot defectuoso.

En cualquier caso, a día de hoy nadie ha sido capaz de confirmar su naturaleza humana.

La clientela de este bar es de lo más distinguido: vagabundos y borrachos, el tipo de cliente que no aceptarían en ningún otro lugar. Disminuidos físicos o psíquicos, filósofos y literatos adictos al crack, heroinómanos, putas sifilíticas. Almas perdidas o casi. Paisanos aterrorizados que han llegado hasta este hediondo lugar para esconderse de algo o de alguien, quizás de sí mismos. En fin, gente que ha venido, arrastrándose, a morir allí o que ya venía finiquitada de origen.

Suena una música country insufrible.

 

Cinco años, cuatro meses, tres días

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Cinco años cuatro meses y tres días. Ciertamente, hace mucho que no me acercaba por aquí.

Muchas cosas han pasado.

Lágrimas que se han derramado y risas que se han compartido.

El inexorable paso del tiempo.

Durante estos cinco (¿cien?) años, desde luego que han intentado acabar conmigo, con todos nosotros, pero, como dijo Morfeo en esa sala imponente abarrotada de almas en la ciudad subterránea de Sión, último reducto de libertad de los seres humanos en Matrix Reloaded, (¡qué maravilla de película, qué espectáculo del cine!):

¡¡¡AÚN SEGUIMOS AQUÍ!!!

Y lo digo escuchando a Leonard Cohen, cuando hace mucho que nos dejó y ahora es leyenda. Pero nos quedan sus libros, sus poemas y, sobre todo, su música.

¿Sabes?, el día negro (rojo que diría la adorable Audrie en Desayuno con Diamantes) en que murió el poeta, fui a un Karaoke con mi novia y ya en el escenario dije: va por ti, Leonard, y canté: If it be your will, una de mis favoritas, aunque hay tantas...

Así fue.

Algo así como un homenaje.

Y después me enteré de que Kelley Linch, ex amante que le llevaba todos sus asuntos profesionales, le había arruinado y, no sé si fue por eso y si es así habrá que agradecérselo profundamente, el caso es que el genial cantante, después de haber estado un montón de años inactivo, quince sin salir a la carretera y los últimos cinco viviendo como un monje budista en un templo en un monte angelino, se lanzó a componer como un loco y en sus últimos años de vida sacó cuatro discazos de estudio, primero Old Ideas, pero, sobre todo, Popular Problems, You want it darker y Thanks for the dance, éste póstumo, que son descomunales, a mi juicio los tres últimos mejores que los tres primeros de su carrera, allá por finales de los sesenta y principios de los setenta, cuando yo estaba entretenidísimo, haciendo cosas de lo más trascendental (para mí, claro), por ejemplo, dedicándome en cuerpo y alma a mi nacimiento.

No ha llovido desde entonces.

Y ojo que Suzanne, So long, Marianne y The partisan, canciones míticas, casi himnos, son de esa primera época, pero cuando escuches You want it darker, It seemed the better way, Leaving de table y Steer your way entenderás de lo que te estoy hablando. Y póntelo bien alto, que esa voz sabia, penetrante, rota, cavernosa, lo impregne todo, que te invada hasta lo más profundo.

Pero es que durante estos cinco años no sólo ha muerto Leonard Cohen, también nos dejó David Bowie, George Michael, Prince...

Hostia puta, todos demasiado pronto.

Todos, monstruos de la música.

Y encima no fui capaz de ir a verles en concierto cuando aún vivían, algo que se me antoja vergonzoso, inaceptable para alguien como yo que venera a esos tipos audaces, que son capaces de saltarse el guión previsto de vulgaridad e insipidez en que estamos inmersos la mayoría de los mortales, y tienen el talento y la valentía de hacer algo cojonudo, diferente, virtuoso, y alegrar la vida de millones de personas todos los putos días. Joder, pero si es que por fin iba a ir a ver a Prince en concierto, (venía a Barcelona, te lo juro). Pero no pudo ser. Al menos, a George Michael lo vi en vivo. Y estuvo bien, con esa fantástica voz que tiene, que tenía. Pero es que es pop y, francamente, el pop ya no me dice nada. Es que ni siquiera escucho a Madonna o a Michael Jackson. Tan sólo a Prince de vez en cuando. El caso es que, con los años, me he vuelto mucho más rockero, qué se le va a hacer, no me lo tengas en cuenta. Así que, básicamente, sólo escucho rock, blues, jazz y clásica.

Claro, es que cinco años dan para mucho.

Mucha música, mucho cine y mucha literatura.

Sí, música, sí.

Y mira que ya no me compro discos. Es que Spotify es la leche. Y es verdad que pienso que la tecnología y esta nueva vida que nos ha proporcionado está muy bien pero luego tú tienes que decidir qué utilizas y qué no. Y yo estoy de puta madre sin tele (¿quince años?), sin Netflix ni series que te hipotequen el día, sin Facebook, sin Twitter, sin Instagram, ni siquiera tengo WhatsApp (y mis amigos me lo reprochan constantemente, a veces me miran como si fuera un neardental), y es verdad que si consigo pasta (vendiendo cosas, no hay de otra) y me voy un par de años a recorrer mundo, tendré que instalar esa dichosa aplicación en el móvil para comunicarme con mis seres queridos, (mi economía no creo que dé para llamadas internacionales). Recientemente mandé la subscripción de la Vanguardia a tomar por saco, ahorrándome de paso otros quinientos pavos al año, y ahora sólo leo lo que me interesa en la web.

Pero Spotify es diferente. Qué diez euros al mes más bien gastados.

Y he ido a conciertos, eso sí. Un montón. Primavera Sound, Sonar, Roger Waters, Mark Knopfler, Depeche, blues, jazz, Liceo, Auditorio, Rachmaninov... Fuimos a ver un concierto de unos chavales de Nashville en la sala Rocksound después de salir de Razzmatazz de un concierto de Juan Perro, y no sé si es que porque estábamos muy borrachos pero disfrutamos como enanos. Rock supervitaminado, en un sala minúscula, a medio metro de los músicos, a un volumen descomunal. The Tip se llaman. Brutales. Y me fui con mi novia a Copenhague a ver a LCD Soundsystem, también delante de todo, a un metro de James Murphy, qué tío más talentoso. Vino a pinchar a Razzmatazz cinco horas tremebundas con un lujazo de música y allí estuvimos nosotros. Bestial. Y qué decir de los dos conciertos de Nick Cave en Barcelona. Sí, Nick Cave, yo diría que mi cantante preferido vivo, el roquero más auténtico y más carismático que ha parido madre. Y qué manía tiene el tipo de meterse entre el público e ir a parar invariablemente a donde esté yo, en el forum no se le ocurre otra cosa que ponerse a cantar en el respaldo del asiento delante de mis narices, te lo juro, estaba justo allí, en precario equilibrio, no se me cayó encima porque Dios es grande, y en el último concierto se saca una versión monumental de Stagger Lee, y aparece delante de mí, empujándome y diciendo: “Go, go, go”. Memorable.

Y cine, claro.

Y es cierto que cuando estoy hecho polvo, ya sabes, deprimido (en realidad no sé bien, bien, que es eso de estar deprimido, me refiero a nivel enfermedad, con pastillas y todo eso, que debe de ser algo terrible, pero con la depresión me ocurre igual que con el aburrimiento, no los conozco de primera mano, no me he aburrido en mi puta vida), bueno, en todo caso, cuando tienes un día de mierda, pues, lo que hago, lógicamente, es prepararme, bien entrada la noche, un sandwich o cualquier cosa que me zampara cuando era pequeño (esa nostalgia de la infancia, los olores, los sabores...), y ponerme, ya sabes, otra vez, Pulp Fiction o Kill Bill o Sin Perdón, el Padrino, Matrix, Casablanca, Salvar al soldado Ryan o algo de Chaplin o Blade Runner por quinceava vez...

Y me deja como nuevo.

Y al día siguiente vuelve a salir el sol.

Pero es que en estos cinco años de cine la cosecha ha sido francamente magnífica. Ya sé que los hay que piensan que cualquier cosa del pasado fue mejor pero yo discrepo, pocas películas de las llamadas antiguas soportan un nuevo visionado, pocas, muy pocas. Y hoy se hace buen cine. Whiplash me viene a la cabeza, del 2014, me gustó, pero la mejor del año, Birdman, me encantó, absolutamente genial, creo que me la pongo hoy cuando vuelva del Camp Nou. Del 2015 El puente de los espías, cine clásico pero bien hecho y La juventud de Sorrentino, casi tan buena como La grande bellezza, un auténtico espectáculo y, sobre todo, Mad Max, furia en la carretera, con una Charlice Theron furiosa, descomunal y una pelea chica-chico de las mejores de la historia del cine. Pura adrenalina. Para auténticos frikis. Del 2016 La la land me gustó muchísimo y mira que odio los musicales, no puedo con ellos, esa escena última con lo que pudo ser y no fue es portentosa, la mirada de Ryan Goslyn inolvidable. Del mismo año, La llegada está genial, Villenueve, de los mejores directores actuales, sin duda, y Hasta el último hombre muy buena, Mel Gibson como actor no me mata pero como director tiene auténticas joyas. Déjame salir es divertidísima, la segunda mejor película del 2017, humor ácido, corrosivo, inteligente, y una crítica social nada disimulada. La mejor es Tres anuncios en las afueras, una auténtica obra maestra. Todo, el guión, la intensidad dramática, los personajes al límite, las interpretaciones gigantes. Me pone los pelos de punta, ahora mismo voy a añadirla a mi lista. Cómo puede ser que aún no esté ahí, donde le corresponde por derecho propio. 2018 nos dejó Green Book quizás no tan buena como las otras pero entrañable y con una interpretación magistral de Mahershala Ali y Bohemian Rhapsody, fantástica para los incondicionales, como yo, de la mítica banda. Si hay algo que, de verdad, de verdad, me duele es no haber podido ver a Freddy Mercury en directo. En fin, eran otros tiempos y yo tenía por aquella época muchos problemas, no estaba para fiestas ni conciertos. Por no tener no tuve ni adolescencia, Creo que no me tomé mi primera copa ni fui a una discoteca hasta muy tarde, rondando ya los treinta años, es que hasta que no prohibieron el tabaco en lugares públicos era imposible, yo no podía respirar. Del 2019 aún no he visto Historias de un matrimonio, El irlandés, Le Mans 66 y Jojo Rabbit que tienen, todas, una pinta fantástica, pero es que Érase una vez en Hollywood de Tarantino ya es una delicia y 1917 me ha alucinado, con ese plano secuencia inacabable en tiempo real, una auténtica joya y la escena de noche en la ciudad derruida y con el protagonista escapando entre esas luces de los bombardeos que vienen y van y con una banda sonora divina es de un virtuosismo y de una belleza estremecedora. La verdad es que se me saltaban las lágrimas en mi butaca. Y qué decir de Joker, es una obra maestra, el ritmo, el guión, el crescendo imparable hasta el final de la película y no pienso decir una palabra de la apoteósica interpretación de Phoenix, oscar inapelable, pero si es que al final el director consigue hasta que empatices con el psicópata asesino... Menuda cosecha, la del 2019. En fin, como veis el cine está en plena forma. Y encima hacen unas series de gran calidad, yo sólo he visto dos: Whatchmen, moderna y estilosa, muy bien hecha, con buena música, original y muy divertida y True detective, obra maestra, me parece que es la mejor serie que he visto en mi vida, con un Woody Harrelson bárbaro y un Matthew Mcconaughey majestuoso, me he visto su interpretación del primer capítulo un montón de veces.

Y literatura, por supuesto.

Ya ves como me enrollo, es que la música y el cine son muy importantes para mí. Quizás es que había perdido la costumbre de comunicarme por aquí. Y eso que me dejo la literatura. Que es a lo que más me he dedicado. Y voy a intentar contenerme y nombrar el mínimo de libros aquí y ahora porque si no esto sería inacabable. Resulta que desde que dejé mi empleo de trader en la Bolsa de Barcelona y dejé de ganar dinero a espuertas tuve que dejar de gastar fortunas en el fnac comprando libros y discos pero, mira tú, descubrí que en el precioso y recién reformado Mercado de San Antonio te puedes hinchar a comprar libros por una tercera parte de ese dinero. Y es lo que he estado haciendo estos cinco años. Cada domingo me llevo cuatro o cinco libros, (cuando no son diez) y claro, mi colección ha aumentado una cosa bárbara, creo que en estos cinco años me he comprado 800, 900, quizás más de mil libros. Un día, si me da el punto, haré una foto de alguna estantería de mi biblioteca y la subiré al blog, es que es una preciosidad. Pero me preguntarás: ¿te has leído algo de todo eso? Pues, desde luego que no me los he leído todos, todavía no, pero, entre los que he acabado y los que no, pues, a lo mejor me he empapelado 300, 400, quizás 500 en estos cinco años. Que tampoco está mal. Y digo que entre los que he acabado y los que no, ya que es bien cierto que unos cuantos los he dejado a medio leer, porque, oye, que tampoco esto es una penitencia, si no te gusta lo que lees, pues, lo dejas y ya está, no pasa nada, que no estamos aquí para batir ningún récord. Y te voy a poner un par de ejemplos para que me entiendas mejor. Hará un par de meses me dio por leerme todas las novelas del Nobel Ishiguro. Por orden tal como las escribió. Una detrás de otra. Cosa que no me llevó más de dos o tres semanas. El caso es que la sexta, Nunca me abandones, no me enganchó y la dejé a medias. También es cierto que había visto la adaptación en cine y eso me destrempó un poco. Pero el caso es que las otras seis novelas me encantaron, al igual que Nocturnos, su libro de relatos, que ya había leído anteriormente y en cambio ésta, pues, no pudo ser. Y me ha pasado esto con todo tipo de escritores, incluso con mis favoritos. Otro ejemplo. A mi Cortázar me apasiona, más sus cuentos que sus novelas. Cortázar es brillante, virtuoso, de un dominio del lenguaje impresionante y dotado de una imaginación infinita. De hecho, para mí es el mejor escritor de relatos de todos los tiempos, junto con Borges, pero mucho, mucho más prolífico. El caso es que he leído todas sus novelas, Rayuela, El libro de Manuel, Los premios, pero con 62 Modelo para armar iba por la página 70 y algo y lo dejé. También es verdad que Cortázar no te lo pone fácil, ya llevaba casi 80 páginas y todavía no sabía de qué iba la novela. Un día de estos lo volveré a intentar, a ver qué pasa. Para escritor difícil, Faulkner, debo de tener una docena de libros del genial premio novel del sur de los Estados Unidos. El Ruido y la Furia, mi favorito, es una obra maestra pero te puede volver loco, literalmente, leerla, todos esos sucesos en los diferentes momentos de la vida de los personajes relatados sin solución de continuidad, como si fueras el Dr. Manhattan y pudieras vivir toda los momentos de tu vida a la vez. Una barbaridad. El caso es que me puse con Absalón, Absalón (que los críticos la ponen al nivel de El ruido y la Furia, que no te lo crees ni tú), y cuando llevaba más de dos terceras partes del libro, lo dejé. Ya no podía más, el coronel Sutpen y toda su prole me tenían hasta las narices. No me caían bien y no me interesaba en lo más mínimo lo que ocurrió con sus miserables vidas. Y encima esa escritura tan complicada, tan recargada, frases que ocupan páginas enteras... Pues eso, que si algo no te gusta pues lo dejas y a otra cosa, mariposa.

Y eso me hace pensar en Mac y su contratiempo, una novela que leí recientemente de Enrique Vila-Matas, quizás el mejor escritor que tenemos actualmente en España. Me encantan las novelas inteligentes, que te exigen, y ésta lo es, sin duda, es brillantísima. En ella el autor, un tío muy leído, hace referencia a decenas de escritores y es un gustazo haberlos leído a casi todos y entender perfectamente de lo que te está hablando, básicamente del proceso de escritura. La trama de la novela no viene al caso pero al protagonista, un tipo peculiar donde los haya que nos cuenta la historia en forma de diario personal engañándonos, en primera instancia, acerca de su situación actual (me encanta esto, el narrador mintiéndonos, engañándonos o engañándose a sí mismo, estoy trabajando en una obra que profundiza en esa idea), no se le ocurre otra cosa que querer reescribir una novela de juventud de un escritor famoso que es vecino suyo. Y tiene tela, porque esa novela está estructurada en forma de capítulos que pueden ser leídos como relatos independientes pero que a la vez forman un todo (claro, yo también he estado dándole vueltas a algo así), Y encima, cada uno de ellos está escrito, a modo de homenaje creo yo, en el estilo de los grandes maestros del cuento (Borges, Carver, Cheever, Hemingway, etc) y encabezados por el epígrafe correspondiente. Ingenioso, ¿eh? El caso es que en cada capítulo de la novela que el Mac del título quiere reescribir, llega un momento en que el texto se vuelve farragoso, y aparecen unos, y cito textualmente: “fragmentos densos y calamitosos de los párrafos inaguantables cuando no directamente ebrios”. Y ahí quería llegar, mis queridos amigos desconocidos e invisibles, que ya lleváis 3000 palabras aguantándome (pero, bueno, también es verdad que hacía cinco años que no me dirigía a vosotros desde esta tribuna improvisada), porque esos fragmentos insoportables que tan bien describe Vila-Matas por mediación de su protagonista abundan, desgraciadamente, en las novelas de hoy en día, y, en realidad, en las de todos los tiempos. Sí, eso que te pasa a menudo cuando te pones a leer una novela que comienza muy bien, super interesante, y en la que pones muchas expectativas y, de repente, entras como si dijéramos en la Tierra Media Tolkiana, y te empiezan a meter un montón de tonterías que no vienen a cuento, paja en la albarda que diría mi madre, y tienes que tragarte un montón de hojas totalmente prescindibles para llegar al final de la historia o directamente poner el ventilador como hace a menudo mi santa progenitora, responsable al cincuenta por ciento de que esté aquí ahora dándoos la tabarra (ya sabes, pasar páginas sin leerlas o simplemente hojearlas, quién no lo ha hecho alguna vez, o un montón de veces). Porque nos gusta que nos cuenten historias pero necesitamos conocer el final de esas historias, a menos que seas un masoquista de esos que adoran a Bolaño y que le perdonan que no sea capaz de acabar una maldita novela. Entiendes ahora a Borges cuando le preguntaban una y otra vez (qué pesada es la gente) por qué nunca escribió una novela y contestaba que por dos razones básicamente: primero por su incorregible holgazanería, y segundo porque como no se tenía mucha confianza a sí mismo, le gustaba vigilar lo que escribía y eso, desde luego, es mucho más fácil con un cuento, por su brevedad, que con una novela. Vamos, que con el género de la novela uno se presta a divagar y se nos hace muy difícil a los escritores aplicar tijeretazo (con lo que cuesta escribir algo decente y encima tener que ser disciplinado y recortar páginas y páginas ya escritas porque realmente sobran en la historia). Vila-Matas además de profundizar en Mac y su contratiempo en la controversia de la voz única que tratan de conseguir todos los escritores en contraste con el típico plagio de estilo de los grandes novelistas consagrados que es lo único que consigue la mayoría, vuelve a esos fragmentos una y otra vez y los llama: “momentos mareantes”. Me encanta. Así que, a partir de ahora, cuando, en medio de una novela, entre en ese pantano chapucero de verborrea intrascendente, en vez de ponerme de mal humor, pensaré en que se trata de un momento mareante y quizás eso hasta me arranque una sonrisa.

Venga, vamos al grano.

Vaya, cualquiera que haya estado escuchándome, leyendo todo eso que hay por ahí arriba, puede tener la tentación de pensar que no he estado haciendo otra cosa que escuchar Spotify, ver películas y leer novelas durante estos cinco años.

Pues nada más lejos de la realidad, mis queridos amigos, también he tenido que trabajar como vosotros y pagar las putas facturas.

Y he estado escribiendo.

Que es de lo que se trata.

Como decía Vila-Matas en Lejos de Veracruz, otra de sus novelas: ”A fin de cuentas lo único que soy es un asesino, un asesino que mata la vida escribiendo...”. Chulo, eh?

Y como habéis sido increíblemente persistentes y siempre que se me ha ocurrido entrar en el blog he encontrado a gente leyendo mis cosas, y eso que mis mejores escritos no están subidos a la página, voy a corresponderos y subir estos días algunas de las composiciones que más me gustan o de las que me siento más orgulloso, al fin y al cabo ya hace que las llevé al registro de la propiedad intelectual (tendréis que perdonarme pero cualquiera que se considera artista y que es capaz de crear algo que cree digno de ser expuesto a los ojos de los demás, no está exento de cierta vanidad).

Ah, se me olvidaba, y lo más importante, también voy a ir subiendo al blog algunos fragmentos de la última novela que tengo acabada (estoy trabajando en otras tres, pero no pienso adelantar nada de ellas hasta que las acabe, si Dios quiere en este 2020, un año que queda muy guay y suena muy futurista pero que ya está aquí). La novela en cuestión se titula Mike Blackness, tiene 600 páginas (así que se la desaconsejo a los amantes de la brevedad y los relatos cortos) y resulta que, después de ser rechazada sistemáticamente por las grandes editoriales, algo que era totalmente previsible, para qué vamos a engañarnos, a mi no me conoce nadie y lo primero que te pregunta esa gente es cuántos seguidores tienes, cuántos me gusta y todas esas chorradas, y a mí no me va esa movida, finalmente me la ha aceptado una editorial pequeñita pero muy digna, Ediciones Camelot, y saldrá a la venta el día 8 de febrero, que casualmente coincide con la presentación de la novela que haré en el Fnac Las Arenas en la Plaza España de Barcelona ese sábado, día 8 de febrero, a las siete de la tarde.

¡¡¡Estáis todos invitados!!!

 


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Mis películas preferidas

  1. Sin perdón de Clint Eastwood
  2. Blade Runner de Ridley Scott
  3. Pulp Fiction de Quentin Tarantino
  4. Kill Bill de Quentin Tarantino
  5. Django desencadenado de Quentin Tarantino
  6. Matrix de los hermanos Wachowski
  7. Drive de Nicolas Winding Refn
  8. Magnolia de Paul Thomas Anderson
  9. Gattaca de Andrew Niccol
  10. Casablanca de Michael Curtiz
  11. El Padrino de Francis Ford Coppola
  12. Uno de los nuestros de Martin Scorsese
  13. Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg
  14. Stoker de Park Chan-Wook
  15. La gata sobre el tejado de zinc de Richard Brooks
  16. Birdman de Alejandro González Iñárritu
  17. Una canción del pasado de Shainee Gabel
  18. La vida es bella de Roberto Benigni
  19. Un hombre soltero de Tom Ford
  20. Tiempos Modernos de Charles Chaplin
  21. Memento de Christopher Nolan
  22. Candilejas de Charles Chaplin
  23. Mientras nieva sobre los cedros de Scott Hicks
  24. Alta fidelidad de Stephen Frears
  25. Thelma y Louise de Ridley Scott
  26. Amor a quemarropa de Park Chan-Wook
  27. Mulholland Drive de David Lynch
  28. El gran Lebowski de los hermanos Cohen
  29. Watchmen de Zak Snyder
  30. Apocalypto de Mel Gibson
  31. Tropic Thunder de Ben Stiller
  32. Madre de Darren Aronofsky
  33. La vida secreta de Walter Mitty de Ben Stiller

"Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia desdichada lo es a su manera"

Ana Karenina León Tolstói

"Está bien ser uno mismo, pero sin exagerar"

Shinzaemon Shimada, samurai del film 13 asesinos de Takashi Miike

"La felicidad no es una estación término, es una manera de viajar"

Margaret Lee Runbeck

“He sido un hombre afortunado: Nada en la vida me fue fácil”

Sigmund Freud

"De Ezequiel 25:17. El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel pastor que, en nombre de la caridad y de la buena voluntad, saque a los débiles del valle de la oscuridad porque él es auténtico guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. ¡Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos! ¡Y tú sabrás que mi nombre es Yahveh cuando caiga mi venganza sobre ti!"

Jules Winnfield (Samuel L. Jackson) Pulp Fiction

No he podido evitar ponerlo en el blog, me encanta. En una ocasión, cuando trabajaba de fotógrafo, le estaba haciendo una sesión a un muchacho y no se me ocurre otra cosa que ponerme allí en medio del parque a recitarle el texto de memoria. Todavía me acuerdo de la cara de perplejidad del chaval. No sé que pensó de mí. Nada bueno seguro.

Claro, el chico se llamaba Yahveh, por eso le monté el show. Gracias hermanita! Qué memoria!

"Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba.
¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor.

No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible.

Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra."

Clarice Lispector

"La auténtica patria del ser humano es el lenguaje"

Wilhem v. Humboldt

Ama tu ritmo y rima tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones
hará brotar en ti mundos diversos,
y al resonar tus números dispersos
pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina
del pájaro del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;

mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.

Ama tu ritmo..., Rubén Darío

Sobre la nieve se oye resbalar la noche.

La canción caía de los árboles,
y tras la niebla daban voces.

De una mirada encendí mi cigarro.

Cada vez que abro los labios
inundo de nubes el vacío.
En el puerto,
los mástiles están llenos de nidos,
y el viento
gime entre las alas de los pájaros.

LAS OLAS MECEN EL NAVÍO MUERTO

Yo en la orilla silbando,
miro la estrella que humea entre mis dedos.

Noche, Vicente Huidobro

Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Sólo es real la niebla.

Aquí, Octavio Paz

El corazón del pájaro
El corazón que brilla en el pájaro
El corazón de la noche
La noche del pájaro
El pájaro del corazón de la noche

Si la noche cantara en el pájaro
En el pájaro olvidado en el cielo
El cielo perdido en la noche
Te diría lo que hay en el corazón que bulle en el pájaro

La noche perdida en el cielo
El cielo perdido en el pájaro
El pájaro perdido en el olvido del pájaro
La noche perdida en la noche
El cielo perdido en el cielo

Pero el corazón es el corazón del corazón
Y habla por la boca del corazón

En, Vicente Huidobro

El diamante de una estrella
ha rayado el hondo cielo,
pájaro de luz que quiere
escapar del universo
y huye del enorme nido
donde estaba prisionero
sin saber que lleva atada
una cadena en el cuello.

Cazadores extrahumanos
están cazando luceros,
cisnes de plata maciza
en el agua del silencio.

Fragmento de El diamante
Federico García Lorca

Días y noches te he buscado
Sin encontrar el sitio en donde cantas.
Te he buscado por el tiempo arriba y por el río abajo.
Te has perdido entre las lágrimas.

Noches y noches te he buscado
Sin encontrar el sitio en donde lloras
Porque yo sé que estás llorando.
Me basta con mirarme en un espejo
Para saber que estás llorando y me has llorado.

Sólo tú salvas el llanto
Y de mendigo oscuro
Lo haces rey coronado por tu mano.

Poemas póstumos 3, Vicente Huidobro

Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?
¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa
Con la espada en la mano?
¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios?
¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser?
Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir
¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos los vientos del dolor?
Se rompió el diamante de tus sueños en un mar de estupor
Estás perdido Altazor
Solo en medio del universo
Solo como una nota que florece en las alturas del vacío
No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza
¿En dónde estás Altazor?

Fragmento del Canto I de Altazor, Vicente Huidobro

Dices que repito
algo que he dicho antes. Lo volveré a decir.
¿Lo volveré a decir? Para llegar allí,
para llegar donde estás, para llegar desde donde no estás,
tienes que ir por un camino donde no hay éxtasis.
Para llegar a lo que no sabes
tienes que ir por un camino que es el camino de la ignorancia.
Para poseer lo que no posees
tienes que ir por el camino del desposeimiento.
Para llegar a lo que no eres
tienes que ir por el camino en que no eres.
Y lo que no sabes es lo único que sabes
y lo que posees es lo que no posees
y donde estás es donde no estás.

Fragmento III del poema "East Coker", de los «Cuatro cuartetos» (Versión de José María Valverde) T. S. Eliot

"Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar"

Cortázar

ACERO Y PLATA DE LUNA


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