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ACERO Y PLATA DE LUNA

Mike Blackness. Fragmento nº 15. Peter

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Una triste biografía. La de Peter. Un conjunto de hechos, circunstancias, aprendizajes y decisiones que marcan una vida. Una vida que empieza mal, con la muerte de su madre, el único ser que podía haberlo cambiado todo, que le dio la vida y que al morir al darle a luz, casi se la quita, y que terminará inexorablemente con su propia muerte, quién sabe sin haber conocido nunca la felicidad.

De repente, un cambio.

Hace mucho, mucho tiempo que ha tirado la toalla. Ahora Peter vive su vida encerrado entre las cuatro paredes de su cerebro, sin salir apenas, sin sonreír, sin disfrutar de la compañía de otros seres humanos. Tiene cuarenta y dos años y, de improviso, entra alguien en su vida. Es algo no buscado, por supuesto. Peter hace mucho que enarboló la bandera blanca, se encerró en sí mismo, herméticamente, y tiró la llave. Y ahora aparece Alma, que es la hija de alguien, que es la hermana de alguien. Y ella le ve. Y él la ve a ella, lo cual es un milagro, porque hace demasiado tiempo que no siente a las personas. Y quizás fue el puro azar o el destino que la lanzó hacia él, imparable como una catapulta; resulta imposible saberlo. Pero no importa.

Él la acoge con los brazos abiertos.

Con ese corazón que parecía defectuoso, obsoleto, pero que cada día se va ensanchando más y más para que quepa todo ese amor que van fabricando ellos dos sobre la marcha, con una especie de alquimia antigua, tan intensa como sorprendente. Porque ella viene también de un largo viaje por el infierno. De padre y hermano abusadores, maltratadores. Abandonada por su madre, que comete el pecado mortal de huir dejándola todavía bebé en esas sucias manos. Anulada por completo, con una autoestima alarmantemente baja, reducida a la mínima expresión por sangre de su sangre. Carne de cañón de psiquiatras armados con tubos de pastillas; proyecto de suicidio a muy corto plazo en el lapso de tiempo que va desde el sillón de un psicoanalista pirado hasta el ingreso forzado en un sanatorio para enfermos mentales.

Pero, en un giro imprevisto de los acontecimientos, se encuentran y se escapan. Juntos. Extraña pareja. Era improbable, pero ellos se entienden, se completan el uno al otro.

Los corazones dañados son los más hermosos.

Y viven toda su vida, la vida auténtica, la que de verdad cuenta, en unos pocos meses. Por primera vez en su vida son felices. Ya merece la pena haber nacido. El sufrimiento y la desesperación encuentran un enemigo poderoso en ese amor surgido de la nada, como por arte de magia.

Hasta que les encuentran. El hermano de, el padre de... Alma.

No se sabe el porqué, pero existen seres marcados que, al parecer, no tienen derecho a vivir su vida en paz y armonía. Seres a los que se le niega sistemáticamente su trocito de cielo, un lugar en el paraíso. Buena gente perseguida por las circunstancias, por la mala suerte, por la voracidad de este mundo enfermo, por la insensatez que gobierna la vida de las personas o por la existencia de alimañas de largos colmillos, que toman forma de seres humanos pero que poseen una incorregible deformación congénita: carecen de corazón.

Seres como el padre y el hermano de Alma que les perseguían y que, finalmente, dan con ellos. Y esta persecución no es debida a que quieran recuperar a su hija, a su hermana, para seguir torturándola, para continuar utilizándola como esparrin de sus más bajos instintos animales, de sus evidentes carencias humanas y exprimirla hasta la última gota, hasta que ya no quede nada, tan sólo un pellejo vacío, un muerto en vida, un alma en pena. No. En realidad le buscan a él, a Peter. Por ese algo que él, y solamente él, posee. Y en este sentido, ella es prescindible, tanto que la matan sin piedad.

Sí, Alma muere.

Y Peter queda destrozado. Jamás se recuperará de semejante infortunio. Ni siquiera lo intentará, sería faltar al respeto a la memoria de ese amor que valía más que su vida, más que el mundo. Sí, es cierto, le han arrancado el corazón de cuajo, le han arrebatado lo que más quería en este Multiverso tan cruel, tan injusto, pero no le podrán quitar la memoria, el recuerdo de ella. El tiempo que pasaron juntos quedará para siempre grabado en su cerebro. Esa vida compartida con Alma, efímera en el tiempo, pero virtuosa, permanecerá en él para siempre, porque Peter tiene la firme intención de seguir con vida lo máximo posible. Y luchará contra viento y marea para que esos excelsos momentos no se pierdan como lágrimas en la lluvia.

Lo dijo Robert Frost, el poeta, y tenía razón, la felicidad compensa en altura lo que en extensión le falta.

Y por mucho que lo sienta por Peter, por mucho que me duela, la muerte de Alma es algo irreversible.

No puedo reescribir la historia.

En la refriega muere también el hermano, individuo tan despreciable y tan insignificante en esta narración que no se merece que pierda el tiempo dándole un nombre. No obstante, es rigurosamente necesario hacer mención de ello porque el padre, ante la rabia que le produce la muerte de su hijo (no se puede hablar de dolor en alguien que no tiene corazón, ¿verdad?), cambia de prioridades, se olvida de golpe de los poderes de Peter que tanto deseaba poseer y se lanza a una persecución por toda la galaxia con la consigna: se busca a Peter muerto o muerto.

Y así estamos.

Lleva casi veinte años escapando. Lleva casi veinte años recordando a Alma. Tiene sesenta años cuando Mike y Hanna lo encuentran en el Valhalla Dimensional.

 

Mike Blackness. Fragmento nº 12. La mutación sincopada del camaleón

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El individuo en cuestión entra en una cafetería. Mira a derecha e izquierda con atención y se dirige a la barra. Es rubio y tiene el pelo lacio y largo, lo lleva recogido en una coleta. Sus ojos son claros, diría que azules y su piel es blanca, lechosa. Lleva una camisa hawaiana y unos tejanos desgastados, deshilachados en los bajos. Va en chanclas. Pide una cerveza y se sienta en un taburete sin respaldo, tapizado con un skay negro setentero. Es uno de esos que tienen soportes para los pies y dan vueltas. Se gira en su asiento y se queda dando la espalda al camarero, los codos apoyados en la barra.

No está en el mismo universo que Mike, eso lo sabemos. Pero, en realidad, tampoco importa; no se va a quedar demasiado. Va dando saltos. De universo en universo. Algo anda buscando.

Echa otro vistazo a la clientela del local y hace un gesto de fastidio. Da un cuarto de vuelta a su taburete, coge la cerveza, le da un último trago, la vuelve a posar en la barra, da otro cuarto de vuelta a su asiento y se levanta. No hace ademán de pagar la consumición, no mira siquiera al camarero, que le observa, en silencio, con gesto extrañado, cómo enfila cansinamente hacia la salida del local. Abre la puerta, cierra imperceptiblemente los ojos y deja atrás la cafetería, ese universo.

Vuelve a entrar.

El local es diferente. Él es diferente. Pelo negro, ojos oscuros, moreno de piel, tiene la superficie de la cara irregular como si hubiese sufrido acné de joven y poca paciencia. Está gordo. No parece el mismo tipo. Definitivamente, el local tampoco es el mismo. Ahora se trata de un bar roñoso, anticuado. No es que sea antiguo, es viejo. Huele a alcohol, a cerrado, a falta de ventilación, y está oscuro, las ventanas que dan a la calle están cerradas, las persianas bajadas casi del todo; parece sucio. El color original del vetusto mobiliario es indistinguible, la tapicería está roída, los marcos de los cuadros colgados de la pared se muestran llenos de polvo, las imágenes están desvaídas, sin contraste alguno. No es un sitio agradable, desde luego. Apenas hay cuatro o cinco clientes desperdigados entre la barra y las mesas. Son gente ya de una cierta edad, con aspecto de enfermos, seguramente alcohólicos. Beben solos, apuran sus cervezas, sus copas de licor, con mirada perdida, alienados. Este antro parece la antesala de la muerte. El hombre apenas da un paso hacia el interior del local, observa el panorama durante unos pocos segundos, hace una mueca y lanza un escupitajo al mugriento suelo, algo que no desentona en absoluto con la atmósfera del local. Vuelve a salir y vuelve a entrar.

Lo que está claro es que el tipo tiene alguna clase de fijación con ese lugar.

Quizás lleve entrando y saliendo del local todo el día. Como un psicópata. O como un depredador acechando a su presa.

Todo es distinto ahora. Donde antes había oscuridad y olor rancio ahora hay luz y Chanel No 5. De repente, aquel bar repelente se ha convertido en un restaurante de moda. El local está exquisitamente decorado, pero en ningún caso se podría decir que resulte recargado, es realmente elegante; el responsable de su diseño tiene muy buen gusto, sin duda. El restaurante es verdaderamente confortable, a pesar de que tiene capacidad para albergar a muchos comensales, no hay sensación alguna de agobio. El estudio del espacio que se ha realizado es virtuoso y está optimizado al máximo. La elección de un mobiliario moderno y de calidad, unas separaciones perfectas entre las mesas, los diferentes espacios creados, los techos altos, la combinación de colores y de tejidos, el toque naturista con plantas auténticas y flores, algunas de ellas de una indudable belleza y espectacularidad, todo ello confiere al restaurante una personalidad propia. Y qué decir del personal: son amables, solícitos, y además bien parecidos, de aspecto aseado y pulcro, vestidos elegantemente con un traje de un precioso tono morado de corte oriental. Las funciones de maître recaen en la elegante mánager del restaurante, una encantadora mujer que dejó atrás hace ya algunos años su plenitud, pero bellísima todavía y que hipnotiza a sus clientes de tal manera, que aunque reciban la mala noticia de que deben esperar todavía media hora para ser sentados a una mesa, reaccionan como si les acabara de tocar la lotería. Nada más entrar al restaurante, a la izquierda, se encuentra una enorme barra de forma elíptica con capacidad para unas treinta personas y dentro de ella hay un montón de camareros que trabajan con gran profesionalidad para dar servicio a los clientes. Un poco más adelante hay una pequeña tribuna con una agenda llena de nombres, número de comensales y horas reservadas y detrás del mueble se encuentra la mánager del restaurante, que acompaña a los clientes a sus mesas o sienta en la barra a los que se presentan antes o después de su hora o sin reserva previa o a los que simplemente quieren picar algo o tomar una cerveza en un ambiente inmejorable, en ese local abarrotado de gente guapa y estilosa.

Y nuestro camaleónico viajero sonríe ampliamente en cuanto da un primer vistazo al establecimiento. Luce espléndido con su nuevo aspecto. Pelo rubio oscuro abundante, bien cortado, ojos verdes, la piel de su rostro hidratada, de aspecto luminoso, parece que acaba de salir de un centro de estética. Es alto, ancho de espaldas, se adivina musculoso dentro de su traje bien cortado, a la moda. La elegante prenda es de un color azul cobalto y le sienta como un guante. Podría seducir con facilidad a cualquier jovencita de las que proliferan en el restaurante. De eso se trata.

No tengo reserva, lo lamento, ¿mesa para dos?, espero que sí, ¿nombre? Lee, John Lee, quizá pueda conseguirle una mesa, pero no será antes de media hora o tres cuartos, ¿le supone algún problema?, en absoluto, puede tomar un aperitivo en la barra mientras tanto, le dijo la maître, acompañándole hasta un taburete milagrosamente vacío situado justo en medio de dos jovencitas que disfrutaban de la velada, cada una con su propio grupo de amigos. ¿Puedo confiar en que me cuidarán a este caballero hasta que le consiga una mesa?, preguntó con picardía la mánager del restaurante mirando alternativamente a las dos chicas, creo que es nuevo aquí, a juzgar por su acento. Eso está hecho, contestó audazmente una de ellas sonriendo a la maître, aquí somos gente educada y siempre tratamos con amabilidad a los recién llegados, sea cual sea su edad y condición, continuó mientras echaba una rápida ojeada al elegante joven, ¿no es así?, preguntó finalmente con mirada cómplice a su improvisada compañera o adversaria. Por supuesto, haremos cuanto esté en nuestras manos para que se sienta a gusto, dijo la segunda, asumiendo en seguida su papel de buena samaritana.

 

Mike Blackness. Fragmento nº 11. En el Valhalla Dimensional.

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Con tan sólo esas seis reglas, aquel paraíso del caos y de la libertad personal llevaba en funcionamiento desde que se acabó la Singularidad. Los moradores de aquella utópica microsociedad que parecía inventada por alguna mente trastornada, ejercían su derecho a vivir su vida sin límites morales o éticos, huyendo de las convenciones sociales establecidas por la civilización actual. Los Moradores del Valhalla Dimensional seguían los dictados de su propia conciencia (en el caso de que tuvieran conciencia) y vivían en aquella prodigiosa y sucia burbuja, unos pocos en busca de su yo más auténtico, buceando en su psique, ajenos al ruido y a la furia de los elementos que se arremolinaban allá fuera, dentro de los límites de aquel lugar inverosímil, otros muchos enfrascados en la búsqueda insaciable de placer, algunos más entregados a una perversión irrefrenable y a la violencia apenas controlada por el Ojo por Ojo que se aplicaba a rajatabla, vigilados por el Ojo Que Todo Lo Ve.

Diez años desde su formación y la población del Valhalla Dimensional no había hecho más que crecer. Aquella microsociedad de exdimensionales sin líderes, sin gobierno, sin partidos políticos, sin policía, sin prisiones, sin niños, sin escuelas, sin límites de ningún tipo, funcionaba increíblemente bien. Aquella distopía fundada recién estrenado el segundo milenio por unos cuantos dimensionales insensatos, a día de hoy muertos ya debido a la aplicación sistemática de sus propias reglas de asesinato legal y ojo por ojo vengativo, convertía en anacrónico cualquier acercamiento hippy sesentero a una sociedad libre e igualitaria y era un imán para todos aquellos dimensionales amantes de lo diferente, de lo absurdo, de lo raro o los que buscaban el placer embadurnado de dolor o la felicidad al borde del abismo.

Los Moradores del Valhalla Dimensional habían huido del mundo, del Multiverso de la Desigualdad Recalcitrante como le llamaban ellos, de razas y clases, de megaricos y ultrapobres, de capitalismo exacerbado y absurdo crecimiento perpetuo, de países ricos que cuentan y países miserables prescindibles, en fin, de la estúpida y decadente democracia de las megacorporaciones, y habían acabado en aquella microsociedad violenta, brutal, histriónica, pero chispeante de libertad, iguales los unos a los otros. Pero iguales de verdad, no como cuando el utópico marxismo devino comunismo para demostrar que algunos cerdos son más iguales que otros (George Orwell dixit).

Se trataba, sin duda, de una auténtica anomalía, digna de estudio. En el Valhalla Dimensional, situado a doscientos metros de profundidad, no había luz natural ni lluvia, no existían las estaciones, ni hacía frío ni calor, pero dimensionales que no se habían adaptado a la vida en sociedad en el Multiverso que les había tocado vivir, habían decidido hacer de aquel insólito lugar su hogar. Si bien es cierto que en ninguna parte del Multiverso la libertad de cada cual se ejercía hasta sus últimas consecuencias como allí, no era menos cierto que tampoco existía otro lugar donde la vida de una persona tuviera al mismo tiempo un mayor y un menor valor. En este sentido, el Valhalla dimensional era el heredero directo del viejo oeste americano. Pero sin sheriffs ni marshals. A pesar de todo, el Ojo por Ojo funcionaba a la perfección. La ventaja era que allí, al contrario de lo que ocurría fuera, en el mundo que todos conocemos, la vida de cada morador valía lo mismo que la de cualquier otro y que todos, absolutamente todos, eran iguales ante la muerte, sobre todo ante la muerte violenta. El más adinerado tenía las mismas posibilidades de ser asesinado que el vagabundo más arrastrado y sus asesinos, las mismas posibilidades de morir por el Ojo por Ojo.

 

Mike Blackness. Fragmento nº 9. Santo Gabriel recibe una visita inesperada

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No sabemos si en esa misma dimensión y a esa misma hora pero seguro que en otro lugar, al parecer, en su apartamento, Santo Gabriel tiene una invitada. Es rubia y alta. Es joven. Y, por supuesto, es guapa. Es una hermosa muchacha que, ahora mismo, está feliz y contenta, disfrutando de la velada, riéndose con las increíbles historias que le cuenta su anfitrión. Se llama Megan. Están tomando champán francés. Van por la segunda botella y eso también cuenta. Y el caviar y las exquisitas fresas con nata que se ha zampado antes. Santo Gabriel sabe tratar a las mujeres, de eso no hay duda.

El apartamento es de lo más lujoso y elegante. Suelo de mármol Macael, tan blanco y tan pulido que refleja el valioso mobiliario que descansa sobre él. Paredes y techos artesonados. Muebles clásicos art déco y algunas piezas modernas lacadas en blanco o realizadas en metacrilato en una combinación virtuosa. Sofás de terciopelo, tan cómodos que podrías vivir en ellos. Piezas míticas inolvidables completan el mobiliario: Butaca Eames, tumbona Le Corbusier, mesa de centro Noguchi. Preciosas lámparas situadas estratégicamente dotan a la estancia de una iluminación magnífica, creando espacios propicios para la distensión y la confidencia. Finalmente, en las paredes, algún lienzo clásico mezclado con gracia con obra moderna. Ese salón podría ser el resultado de un fino trabajo de algún interiorista de categoría, o quizás el dueño del apartamento posee un gusto exquisito, un sentido perfecto del equilibrio y una gran sensibilidad para la belleza, en cualesquiera de sus formas.

La velada avanza según lo previsto. Santo Gabriel y su hermosa acompañante han ido a cenar a un restaurante excelente y ella ha aceptado tomarse la última copa en el apartamento de él. La copa se ha transmutado en Dom Pérignon, caviar, fresas. Es lo que tiene salir con tipos con clase, que hacen de una cita una experiencia inolvidable. En aquel salón tan espléndido, el placer de sentirse rodeada de cosas bellas y armoniosas, la conversación fantástica de él, esas fábulas, fantasías o, quién sabe, hechos verídicos que él cuenta, y el champán que la embriaga, todo ello ejerce un influjo irresistible sobre la joven.

El aspecto de Santo Gabriel también hace lo suyo. Impecable, con su traje a medida, su camisa italiana, su seguridad personal y las maneras del que lo tiene todo controlado. Santo Gabriel no posee ese rostro bello, a veces aniñado, del que se prendan las mujeres de toda condición, pero, sin duda, es atractivo. Tiene una personalidad arrolladora y unos ojos profundos e inteligentes. Es esbelto, vigoroso, y sus movimientos son elegantes y precisos. Irradia un magnetismo insuperable. El proceso de seducción casi ha terminado. El éxito es notable. Santo Gabriel besa a su partenaire en la boca. Es un beso que preludia y condensa lo que vendrá inmediatamente después. Megan responde activamente, y el ardiente beso se convierte en sí mismo en una versión mini del acto de hacer el amor. Ella, extasiada, siendo como es, una romántica incorregible, estiraría ese instante durante siglos, preferiría morir violentamente que separarse de su apasionado amante.

Llaman a la puerta.

Es en serio, llaman a la puerta. Megan y Santo Gabriel no se lo pueden creer. Tardan en salir del embrujo. Quizás pensaban que no existía nada más que ellos dos allí, excitados en grado sumo, fundidos en un abrazo eterno, unidos por el deseo y la esperanza cercana de la consumación del acto sexual, quizás cada uno a su manera y quizás con gustos dramáticamente diferentes, quién sabe, pero, en todo caso como si esta fuera la última vez en su vida que van a hacer el amor, en vez de tratarse de la primera. Pero al otro lado de la puerta sigue estando el mundo. Y llaman con insistencia. Parece que nunca van a parar de aporrear esa puerta, de tocar el timbre una y otra vez. Alguien sabe que están allí y no va a haber descanso hasta que esa puerta, finalmente, se abra de par en par.

Santo Gabriel no puede impedir un rictus de fastidio en su cara. Intenta sonreír a Megan pero no lo consigue. Ella sigue todavía en otro planeta, está un poco borracha y obnubilada por todo lo que ha acontecido hace unos escasos momentos y ahora se arregla la vestimenta como puede, con una sonrisa boba en la boca. Santo Gabriel se levanta, se dirige con presteza al lavabo, se limpia la cara de los rastros de pintalabios, y se peina con las manos, se mira un momento al espejo y se encamina a la endiablada puerta, que hace tanto escándalo que parece que tenga vida propia.

¿Quién coño es y qué manera es esa de llamar a la puerta de gente decente?, pregunta Santo Gabriel amablemente (es un eufemismo, claro), a través de la puerta, sin la menor intención de abrirla.

¿Es usted Santo Gabriel?

¿Quién pregunta por él, si puede saberse?

Soy el Comisario Jefe Christopher Warren, de la DDNY.

Ah, qué interesante. ¿Y cómo puedo saber que es usted realmente quien dice ser?

Buena pregunta. Sin entrar en disquisiciones filosóficas que inviten a la introspección y a preguntarse cada cual si somos realmente quienes creemos ser, podría usted hacer algo mucho más prosaico, y a la vez más sencillo, como mirar por la mirilla de la puerta y observar mi rutilante placa de policía.

Ya la estoy viendo. No hace mala pinta. ¿Y qué es lo que quiere, agente?

Comisario Jefe, si es usted tan amable.

Pues eso, Comisario, ¿qué quiere de mí? ¿Piensa detenerme? ¿Tienen algo en mi contra? ¿Alguna cosa que ignoro, que escapa a mi conocimiento?

¿Es usted Santo Gabriel?

A veces me llaman así.

Tan sólo deseo hacerle algunas preguntas.

Ah, si se trata de eso, no le importará pasar en otra ocasión. Tengo invitados y estoy muy ocupado en este momento.

Mire, podemos hacer esto por las buenas o por las malas. En el primer caso, usted me invita a entrar amablemente y charlamos un rato. En el segundo supuesto, hago subir a mis agentes inmediatamente, les ordeno que tiren la puerta abajo y le llevo detenido a la División Dimensional de Nueva York. En ambos casos usted acaba hablando conmigo. Usted decide el lugar y la forma.

Santo Gabriel no contesta pero abre la puerta. Haga el favor de pasar, está usted en su casa, Comisario, le dice, dándole la mano y conduciéndole al salón principal donde se encuentra Megan, un tanto desconcertada. Hace las presentaciones y el Comisario Jefe Warren se sienta en una butaca enfrente del sofá donde está sentada la chica y donde presumiblemente se sentará el anfitrión.

¿Le apetece una copa, whisky, ginebra tal vez? O, si está de servicio, como me temo, quizás prefiera, no sé, agua, ¿un café?

He observado que tiene descorchada una botella de buen champán francés. Esa clase de brebaje no interfiere para nada con mis quehaceres previstos para hoy. Si no considera que estoy abusando de su hospitalidad, aceptaría una copa.

Eso está hecho, dice Santo Gabriel, sacando la botella de un cubo de hielo cromado y preguntando con un gesto a Megan si ella quiere otra copa. Ante la negativa de la joven que está, como mínimo, incómoda con la situación, acaba sirviendo dos copas, una para él y otra para su invitado sorpresa. Bueno, Comisario, le dice, sentándose delante de él, al lado de Megan, usted dirá.

Le agradezco su amabilidad, dice el Comisario Jefe Warren, después de paladear el Dom Pérignom. Esto está delicioso. Le felicito, tiene usted un gusto exquisito, echando un vistazo a la estancia, luego a su copa y, finalmente, a Megan. Antes de explicarle a qué se debe mi visita, déjeme preguntarle cómo desea que le llame, porque lo de Santo Gabriel resulta un poco incómodo y suena demasiado rimbombante.

Gabriel está bien.

Eso está mejor. Pues, Gabriel, sucede que estoy al mando de una unidad de policía dimensional, la DDNY, y mis agentes me han informado de que usted es, por supuesto, dimensional, pero, además un dimensional un tanto especial.

¿Y si le dijera que yo no soy dimensional, Comisario?

Teniendo en cuenta que en la División llevamos tiempo investigándolo y su dimensionalidad está totalmente comprobada por mis agentes y fuera de toda duda, que usted negara esa evidencia me preocuparía sobremanera y, al mismo tiempo, podría inducirme a desconfiar de usted. Imagínese, podría llegar a plantearme la posibilidad de que usted fuera un delincuente dimensional, Dios no lo quiera, y, teniendo en cuenta que yo me dedico a perseguir a criminales de esa índole, esto podría acabar muy mal para usted.

¿Podría decirme, por favor, de qué está hablando, agente?, interrumpió Megan, a la que ya se le había pasado bastante el efecto del champán y estaba cada vez más nerviosa.

Comisario Jefe Christopher Warren de la DDNY. Pero puede llamarme, simplemente, Comisario.

Megan: Qué quiere decir con eso de que Gabriel es un... dimensional? ¿Es algo... malo? Me está asustando, Comisario.

No se alarme, señorita, no es nada siniestro. Resulta que, mezclados entre la gente normal, hay unos pocos individuos que, como aquí su amigo Gabriel y yo mismo, tenemos la capacidad o la desgracia, según se mire, de despertarnos cada mañana en un universo diferente. A diferencia del resto de seres humanos que viven en una sola dimensión, nosotros vivimos en un Multiverso.

Perdone, ¿no se estará usted burlando de mí? Porque no le veo, maldita, la gracia, dijo Megan, recelosa y enfadada, mirando alternativamente al Comisario y a Santo Gabriel, que ponía una cara de culpable de libro.

En absoluto, querida. Existen, existimos. Ya lo creo que sí. Y muchos de esos dimensionales son criminales y otros, como yo, los perseguimos. Mi visita inesperada de esta noche, importunándoles a ustedes, cosa que lamento muchísimo, forma parte de mi trabajo. Tengo que hacerle unas preguntas aquí, a su amigo dimensional, para asegurarme de que él no es uno de esos criminales.

Oye, Gabriel, si esto es una broma, ya basta. Porque me voy a casa ahora mismo, dijo Megan, mirando a Santo Gabriel, ya muy alterada y asustada.

Comisario, no entiendo a qué viene hablar de su trabajo de policía, de dimensionales, de criminales, delante de mi invitada. Ella no sabe de qué va todo esto. Y, como puede observar, está muy impresionada. La está asustando. ¿Qué le parece si Megan se va a su casa como ella misma ha sugerido y usted y yo continuamos charlando tranquilamente?, dijo Santo Gabriel, levantándose.

Siéntese, Gabriel, dijo, elevando la voz, el Comisario Jefe Warren. De aquí no se mueve nadie hasta que yo lo diga. Tranquilícese, señorita. No le va a pasar nada. Tengo a mis agentes ahí fuera, esperando. Si alguno de ustedes intenta abandonar este apartamento sin mi consentimiento irá directo a la Comisaría y pasará como mínimo una noche entre rejas. ¿Lo han comprendido?

Sí, dijo Megan, con el rostro crispado, mordiéndose la comisura de los labios, totalmente amedrentada.

De verdad, Comisario, todo esto es innecesario, dijo Santo Gabriel, intentando persuadirle con su mejor cara.

Yo decido lo que es innecesario y lo que no lo es. ¿Va a dejarme continuar, amigo Gabriel, o desea que acabemos esta conversación en una sala de interrogatorios? Le aseguro que a mí me es absolutamente indiferente pero resultará, sin duda, mucho más incómoda para ustedes.

Continúe, Comisario, no se sulfure, dijo Santo Gabriel, intentando apaciguar los ánimos.

Se lo agradezco. ¿Sería usted tan amable de servirme un poco más de champán?, tengo la boca seca. Normalmente no tengo que hablar tanto. Yo, más bien, soy de actuar, dijo el Comisario mientras Gabriel, ejerciendo de buen anfitrión, le llenaba la copa. Bebió un buen trago y le dio las gracias. Como iba diciendo antes, sabemos que es usted dimensional, Gabriel. Y nos consta que es un dimensional especial. Se le atribuyen una serie de actuaciones muy confusas. Actos heroicos, intermediaciones en conflictos entre partes enfrentadas y de difícil solución, etc. En los bajos fondos dimensionales se le conoce a usted por Santo Gabriel. ¿Hay algo de verdad en todo eso? O se trata, tan sólo, de leyendas urbanas.

 

Absurdamente

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Absurdamente me he perdido

Y nadie me ha encontrado

He regresado yo solo

Por el camino más largo

Por el pasado anduve deambulando

Me entretuve con los que estaban y ya no están

Escuchándolo todo,

Todo lo que antes no supe escuchar

Allí, en tierra de nadie

Llegué a rozar el futuro con los dedos

Apenas duró un segundo

Pero casi doy la vuelta a la línea del tiempo

En donde estuve hablaba con la mirada

Y sabía conversar sin pronunciar una palabra

Yo miraba por el corazón y veía el corazón de los otros

Mirándome fijamente a los ojos del corazón

He vuelto,

He vuelto y no sé por qué lo he hecho

Quizás ahora soy más de allí que de aquí

Y no me hallo

 

Últimamente,

El mundo ha empeorado

Y me duele tanto

Lo he visto con mis ojos

Y con los ojos de los otros

Y cuando no pude más los he cerrado

Y aún así una luz roja, muy roja,

Atravesó mis párpados

Y me dejó desangrado

¿Qué te puedo decir de los hombres?

Me gustan los caballos

Son nobles, son bellos

Y tienen esa mirada inocente que te desarma

Parecen seres superiores

¿Debo abandonar otra vez este mundo?

Este mundo dejado de la mano de Dios

Donde la codicia y la avaricia suplantaron

A la compasión y  al amor por los demás

Si pudiera desaparecer en una isla desierta

Yo lo haría a mi manera

Llegaré a ella sentado en un libro de poemas

Como en una alfombra mágica

Utilizaré los versos

Para pintar los mejores paisajes

Hermosas imágenes que vivirán en mí

Durante todo el viaje

Y lanzaré los poemas más bellos

Al corazón de ciertos seres necesitados

Para que bailen la música celestial

Que yo escucho al leerlos

Cuando, por fin, llegue a mi isla, ésta será mi aeroplano

Con él sobrevolaré todo el daño que te han hecho

Y amerizaré en el bosque de lágrimas que has creado

Bucearé en esas aguas de seda

Con los ojos cerrados abiertos

Beberé de ellas, me impregnaré de ese dolor

Sintiéndolo todo, como un recién llegado

 

Mike Blackness. Fragmento nº 7. En el Valhalla Dimensional. El Ragnarök

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El Agente Especial Blackness intenta pensar, concentrarse, pero no resulta fácil cuando, a pocos metros de ti, hay gente disparando contra todo y contra todos. Hay duelos cara a cara por doquier en la calle, pero otros disparan contra las ventanas, contra las sombras, contra cualquier cosa que se mueva. Y las detonaciones se acercan peligrosamente. En ese mismo edificio hay gente disparándose por las escaleras, tan cerca que parece que los duelistas estén dentro de su cabeza. Mike se retira un momento de la ventana que da a la calle para dirigirse a la ventana trasera y es un acierto porque, en cuanto se retira, los cristales de la ventana que ha abandonado estallan. Alguien ha disparado varias veces contra su apartamento. Y los disparos en el rellano se acercan. Ya están en la puerta. La situación se está volviendo insostenible. Pero todos sabemos que las cosas siempre pueden empeorar.

Fuego.

Sí. El inconfundible olor a humo se cuela por las rendijas de la puerta de entrada. Algún pirómano descerebrado se aburría con tanta pistolita y ha prendido fuego al edificio.

Genial.

Mike se dirige a la ventana trasera y, ¿qué ve?, pues no gran cosa, porque no hay calle de ese lado. El edificio da directamente al lago artificial, algo así como un acantilado gris con ventanas amarillas construido por ingenieros ex dimensionales fundadores del Valhalla Dimensional.

Entre la espada y la pared.

Exactamente. Mike se encuentra ahora mismo entre el fuego y los tiros al otro lado de la puerta y el acantilado, el lago artificial, tres pisos más abajo.

Fuego y agua.

Y Mike se pregunta qué debe hacer. Se queda en blanco. Ah, esa indecisión, amigo mío, te puede matar. Por un lado tienes unos pistoleros esperando para dispararte, para descerrajarte un tiro, si aún respiran, y tras ellos está el fuego, fuego puro, el edificio se ha incendiado. El humo ya entra masivamente por debajo de la puerta, que arde, que se comba, que hace ruidos frenéticos que avisan de la potencia abrasadora que hay del otro lado. O sales pronto de ahí o no saldrás jamás. Para cuando el fuego lama tu piel, derrita tu carne, tus pulmones ya se habrán colapsado, tu corazón habrá dejado de latir. Ya serás historia. Historia fundida con la historia de otros.

El inmovilismo, el efecto conejo (quedarse petrificado, sin moverse, sin tirar “ni p’alante ni p’atrás”) no es una opción. ¿Queda claro? Opciones, dos: te envuelves en una manta, abres esa puerta ardiente, te enfrentas a los pistoleros, si aún siguen ahí, atraviesas las llamas sin quemarte vivo, sales a la calle, al Ragnarök, y vuelves a respirar, pero no aire puro, es aire contaminado, putrefacto, lleno de pólvora, muerte y destrucción, tropiezas con los cadáveres que decoran la calle, te embadurnas las suelas de las botas con la sangre que corre por el asfalto como si este fuera un manantial del infierno, disparas y te disparan, vives o mueres, matas o matas, cruzas el puente o no consigues cruzarlo, alcanzas la compuerta de salida o no la alcanzas, pero es igual porque no puedes salir, la Moratoria se alarga hasta el infinito. No podrás dejar atrás el Valhalla Dimensional. No podrás salvar a nadie. A Hanna. Ni siquiera podrás salvarte a ti mismo.

Interesante apreciación. Duro baño de realidad. Advertencia recibida. Amenaza registrada.

Resumiendo: esta opción no es una opción.

Mike abre la ventana trasera, elige la cara B, marca agua en el casillero. Se encarama al marco de la misma y suspira. A veces no tomas tú las decisiones trascendentales, a veces otros las toman por ti. Y no importa qué o quién lo haga, el azar, las circunstancias, un asesino apuntándote a la cara o una mujer diciéndote adiós para siempre, tú te veras abocado a lanzarte al torrente de los hechos, sin paracaídas, el pasado pasando rápidamente, en viñetas, por los ojos de tu cerebro, el presente vibrando, el futuro incierto.

 

Mike Blackness. Fragmento nº 5. En el Valhalla Dimensional. Continuación

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Sí, es Peter.

En realidad, nadie le conoce pero nosotros sabemos que es él. Los Agentes Especiales Mike Blackness y Hanna Spiukah todavía no son conscientes de la importancia trascendental de ese hombre asustado

Sus ojos brillando de terror a través de la niebla le delatan y el primero en reaccionar, o eso creemos, es el cuarto jinete, el último en llegar. Se levanta de la silla al mismo tiempo que desenfunda su revolver y apunta a Peter. Hanna saca su automática y le apunta una décima de segundo después. Tarde. Suena un disparo. Uno solo. Resuena como un cañón en la atmósfera opresiva del local. Pero Peter sigue ahí. Y aún respira, a pesar de que la burbuja de pánico que le envuelve y que oprime su pecho salvajemente amenaza con ahogarlo. Pero está vivo, porque el asesino que ha venido a matarlo, atraído por el pregón nocturno de bar en bar de Mike, ha perdido la cabeza. Literalmente. Al menos, una buena parte de ella. Mientras que el resto de su cuerpo inicia ya el descenso hacia el infierno o, como mínimo, hacia el suelo, atraído por la fuerza de la gravedad, los sesos y la sangre de esa cabeza destrozada salen despedidos como un escupitajo, atraviesan la neblina y se le pegan en el rostro a uno de los zombies del local que, ahora ya sí, con el atrezo adecuado, puede dedicarse a asustar y asustarse a sí mismo. El tipo se toca la cara, llena de sangre y restos humanos, y aullando como un coyote se dirige a... ¡No, por Dios! El muy hijo de puta se lanza a la escupidera y ¡pero, qué asco! ¿se lava? la cara con toda esa mierda que parece una mezcla de clara de huevo podrido y placenta de ratón y después, muy convenientemente, vomita.

 

Mike Blackness. Fragmento nº 2. Antes, mucho antes

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Concluido ese breve momento de calma antes de la tempestad, la niña dio dos pasos en dirección a uno de los verdugos y en un instante se plantó delante de él; el habitáculo era minúsculo. El tipo permanecía allí sonriéndole como un imbécil, como vanagloriándose de lo que había hecho, con la espada todavía en la mano, el filo goteando sangre. Aprovechando que aquellos asesinos no la consideraban amenaza alguna, la niña, en realidad una máquina de matar que, como una granada de mano a la que le acaban de quitar la espoleta, estaba a punto de estallar, destrozando a toda aquella manada de criminales, le arrebató de la mano la espada con inusitada rapidez y, con gran destreza y de un solo movimiento, puro, firme, preciso, perfecto de ejecución, le seccionó la cabeza al cortador de cabezas. Antes de que aquel cuerpo sin vida acabase de desplomarse, ella, moviéndose con una agilidad mortal, mezcló la sangre por tercera vez en la hoja de aquella espada, clavándosela en el corazón al segundo asesino que había dejado olvidada la suya en el pecho del anciano.

Como la primera bailarina de un ballet macabro y economizando movimientos como sólo un soldado bien entrenado sabe hacer, extrajo el sable de la caja torácica del segundo verdugo, certificando así su muerte, y se plantó en el dintel de la puerta que, como un lienzo, mostraba a tres de los ocho restantes abriendo los ojos y la boca desmesuradamente; tres versiones del grito de Munch. Mientras que a su espalda el cuerpo sin vida del segundo caía a plomo y su cabeza (que aún no se sabía cabeza de un muerto) se estampaba por el lado de la sonrisa contra la esquina del escritorio de madera de la estancia, provocando que algunos dientes saltaran de la boca reventada y cayeran como cuentas de un collar rebotando fastidiosamente contra la madera vieja pero pulida como el mármol del suelo, ella agujereaba cabezas. Acometiendo de atrás hacia adelante, como dando puñaladas pero con un cuchillo sobredimensionado, la niña clavó la espada en el cuello del primero de los colaboradores en la ejecución de su maestro, que aún sin haber empuñado un arma, reclamaban su lugar en el paraíso. Aquella garganta no había sido capaz de producir un maldito sonido mientras su dueño observaba, aterrorizado, la escena que se había desarrollado delante de él, y no tendría ocasión de desquitarse, había enmudecido para siempre jamás. Dentro del mismo y armonioso movimiento, ella extrajo con facilidad la espada de aquel cuello, convertido de esa manera en un fantástico surtidor que dejó empapada de sangre su cara y sus ropas y, acto seguido, la insertó en uno de los enormes ojos del sujeto que estaba justo al lado de aquel y desclavarla a su vez, no sin dificultad, para, finalmente, incrustarla con todas sus fuerzas en el cráneo del tercero de los situados en primera fila del espectáculo acontecido en aquella habitación.

Ahora sí, rompiendo por fin el increíble silencio que habían mantenido, petrificados, en un absurdo estado de shock impropio de unos asesinos que se han reunido para matar, para acabar con la vida de alguien en plena noche, y después de presenciar como cinco de sus compañeros habían muerto fulminados en apenas veinte segundos a manos de aquella arma letal en forma de niña con pantalón de pijama y camiseta, los supervivientes reaccionaron: gritos de terror y estampida

 

Cinco años, cuatro meses, tres días

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Cinco años cuatro meses y tres días. Ciertamente, hace mucho que no me acercaba por aquí.

Muchas cosas han pasado.

Lágrimas que se han derramado y risas que se han compartido.

El inexorable paso del tiempo.

Durante estos cinco (¿cien?) años, desde luego que han intentado acabar conmigo, con todos nosotros, pero, como dijo Morfeo en esa sala imponente abarrotada de almas en la ciudad subterránea de Sión, último reducto de libertad de los seres humanos en Matrix Reloaded, (¡qué maravilla de película, qué espectáculo del cine!):

¡¡¡AÚN SEGUIMOS AQUÍ!!!

Y lo digo escuchando a Leonard Cohen, cuando hace mucho que nos dejó y ahora es leyenda. Pero nos quedan sus libros, sus poemas y, sobre todo, su música.

¿Sabes?, el día negro (rojo que diría la adorable Audrie en Desayuno con Diamantes) en que murió el poeta, fui a un Karaoke con mi novia y ya en el escenario dije: va por ti, Leonard, y canté: If it be your will, una de mis favoritas, aunque hay tantas...

Así fue.

Algo así como un homenaje.

Y después me enteré de que Kelley Linch, ex amante que le llevaba todos sus asuntos profesionales, le había arruinado y, no sé si fue por eso y si es así habrá que agradecérselo profundamente, el caso es que el genial cantante, después de haber estado un montón de años inactivo, quince sin salir a la carretera y los últimos cinco viviendo como un monje budista en un templo en un monte angelino, se lanzó a componer como un loco y en sus últimos años de vida sacó cuatro discazos de estudio, primero Old Ideas, pero, sobre todo, Popular Problems, You want it darker y Thanks for the dance, éste póstumo, que son descomunales, a mi juicio los tres últimos mejores que los tres primeros de su carrera, allá por finales de los sesenta y principios de los setenta, cuando yo estaba entretenidísimo, haciendo cosas de lo más trascendental (para mí, claro), por ejemplo, dedicándome en cuerpo y alma a mi nacimiento.

No ha llovido desde entonces.

Y ojo que Suzanne, So long, Marianne y The partisan, canciones míticas, casi himnos, son de esa primera época, pero cuando escuches You want it darker, It seemed the better way, Leaving de table y Steer your way entenderás de lo que te estoy hablando. Y póntelo bien alto, que esa voz sabia, penetrante, rota, cavernosa, lo impregne todo, que te invada hasta lo más profundo.

Pero es que durante estos cinco años no sólo ha muerto Leonard Cohen, también nos dejó David Bowie, George Michael, Prince...

Hostia puta, todos demasiado pronto.

Todos, monstruos de la música.

Y encima no fui capaz de ir a verles en concierto cuando aún vivían, algo que se me antoja vergonzoso, inaceptable para alguien como yo que venera a esos tipos audaces, que son capaces de saltarse el guión previsto de vulgaridad e insipidez en que estamos inmersos la mayoría de los mortales, y tienen el talento y la valentía de hacer algo cojonudo, diferente, virtuoso, y alegrar la vida de millones de personas todos los putos días. Joder, pero si es que por fin iba a ir a ver a Prince en concierto, (venía a Barcelona, te lo juro). Pero no pudo ser. Al menos, a George Michael lo vi en vivo. Y estuvo bien, con esa fantástica voz que tiene, que tenía. Pero es que es pop y, francamente, el pop ya no me dice nada. Es que ni siquiera escucho a Madonna o a Michael Jackson. Tan sólo a Prince de vez en cuando. El caso es que, con los años, me he vuelto mucho más rockero, qué se le va a hacer, no me lo tengas en cuenta. Así que, básicamente, sólo escucho rock, blues, jazz y clásica.

Claro, es que cinco años dan para mucho.

Mucha música, mucho cine y mucha literatura.

Sí, música, sí.

Y mira que ya no me compro discos. Es que Spotify es la leche. Y es verdad que pienso que la tecnología y esta nueva vida que nos ha proporcionado está muy bien pero luego tú tienes que decidir qué utilizas y qué no. Y yo estoy de puta madre sin tele (¿quince años?), sin Netflix ni series que te hipotequen el día, sin Facebook, sin Twitter, sin Instagram, ni siquiera tengo WhatsApp (y mis amigos me lo reprochan constantemente, a veces me miran como si fuera un neardental), y es verdad que si consigo pasta (vendiendo cosas, no hay de otra) y me voy un par de años a recorrer mundo, tendré que instalar esa dichosa aplicación en el móvil para comunicarme con mis seres queridos, (mi economía no creo que dé para llamadas internacionales). Recientemente mandé la subscripción de la Vanguardia a tomar por saco, ahorrándome de paso otros quinientos pavos al año, y ahora sólo leo lo que me interesa en la web.

Pero Spotify es diferente. Qué diez euros al mes más bien gastados.

Y he ido a conciertos, eso sí. Un montón. Primavera Sound, Sonar, Roger Waters, Mark Knopfler, Depeche, blues, jazz, Liceo, Auditorio, Rachmaninov... Fuimos a ver un concierto de unos chavales de Nashville en la sala Rocksound después de salir de Razzmatazz de un concierto de Juan Perro, y no sé si es que porque estábamos muy borrachos pero disfrutamos como enanos. Rock supervitaminado, en un sala minúscula, a medio metro de los músicos, a un volumen descomunal. The Tip se llaman. Brutales. Y me fui con mi novia a Copenhague a ver a LCD Soundsystem, también delante de todo, a un metro de James Murphy, qué tío más talentoso. Vino a pinchar a Razzmatazz cinco horas tremebundas con un lujazo de música y allí estuvimos nosotros. Bestial. Y qué decir de los dos conciertos de Nick Cave en Barcelona. Sí, Nick Cave, yo diría que mi cantante preferido vivo, el roquero más auténtico y más carismático que ha parido madre. Y qué manía tiene el tipo de meterse entre el público e ir a parar invariablemente a donde esté yo, en el forum no se le ocurre otra cosa que ponerse a cantar en el respaldo del asiento delante de mis narices, te lo juro, estaba justo allí, en precario equilibrio, no se me cayó encima porque Dios es grande, y en el último concierto se saca una versión monumental de Stagger Lee, y aparece delante de mí, empujándome y diciendo: “Go, go, go”. Memorable.

Y cine, claro.

Y es cierto que cuando estoy hecho polvo, ya sabes, deprimido (en realidad no sé bien, bien, que es eso de estar deprimido, me refiero a nivel enfermedad, con pastillas y todo eso, que debe de ser algo terrible, pero con la depresión me ocurre igual que con el aburrimiento, no los conozco de primera mano, no me he aburrido en mi puta vida), bueno, en todo caso, cuando tienes un día de mierda, pues, lo que hago, lógicamente, es prepararme, bien entrada la noche, un sandwich o cualquier cosa que me zampara cuando era pequeño (esa nostalgia de la infancia, los olores, los sabores...), y ponerme, ya sabes, otra vez, Pulp Fiction o Kill Bill o Sin Perdón, el Padrino, Matrix, Casablanca, Salvar al soldado Ryan o algo de Chaplin o Blade Runner por quinceava vez...

Y me deja como nuevo.

Y al día siguiente vuelve a salir el sol.

Pero es que en estos cinco años de cine la cosecha ha sido francamente magnífica. Ya sé que los hay que piensan que cualquier cosa del pasado fue mejor pero yo discrepo, pocas películas de las llamadas antiguas soportan un nuevo visionado, pocas, muy pocas. Y hoy se hace buen cine. Whiplash me viene a la cabeza, del 2014, me gustó, pero la mejor del año, Birdman, me encantó, absolutamente genial, creo que me la pongo hoy cuando vuelva del Camp Nou. Del 2015 El puente de los espías, cine clásico pero bien hecho y La juventud de Sorrentino, casi tan buena como La grande bellezza, un auténtico espectáculo y, sobre todo, Mad Max, furia en la carretera, con una Charlice Theron furiosa, descomunal y una pelea chica-chico de las mejores de la historia del cine. Pura adrenalina. Para auténticos frikis. Del 2016 La la land me gustó muchísimo y mira que odio los musicales, no puedo con ellos, esa escena última con lo que pudo ser y no fue es portentosa, la mirada de Ryan Goslyn inolvidable. Del mismo año, La llegada está genial, Villenueve, de los mejores directores actuales, sin duda, y Hasta el último hombre muy buena, Mel Gibson como actor no me mata pero como director tiene auténticas joyas. Déjame salir es divertidísima, la segunda mejor película del 2017, humor ácido, corrosivo, inteligente, y una crítica social nada disimulada. La mejor es Tres anuncios en las afueras, una auténtica obra maestra. Todo, el guión, la intensidad dramática, los personajes al límite, las interpretaciones gigantes. Me pone los pelos de punta, ahora mismo voy a añadirla a mi lista. Cómo puede ser que aún no esté ahí, donde le corresponde por derecho propio. 2018 nos dejó Green Book quizás no tan buena como las otras pero entrañable y con una interpretación magistral de Mahershala Ali y Bohemian Rhapsody, fantástica para los incondicionales, como yo, de la mítica banda. Si hay algo que, de verdad, de verdad, me duele es no haber podido ver a Freddy Mercury en directo. En fin, eran otros tiempos y yo tenía por aquella época muchos problemas, no estaba para fiestas ni conciertos. Por no tener no tuve ni adolescencia, Creo que no me tomé mi primera copa ni fui a una discoteca hasta muy tarde, rondando ya los treinta años, es que hasta que no prohibieron el tabaco en lugares públicos era imposible, yo no podía respirar. Del 2019 aún no he visto Historias de un matrimonio, El irlandés, Le Mans 66 y Jojo Rabbit que tienen, todas, una pinta fantástica, pero es que Érase una vez en Hollywood de Tarantino ya es una delicia y 1917 me ha alucinado, con ese plano secuencia inacabable en tiempo real, una auténtica joya y la escena de noche en la ciudad derruida y con el protagonista escapando entre esas luces de los bombardeos que vienen y van y con una banda sonora divina es de un virtuosismo y de una belleza estremecedora. La verdad es que se me saltaban las lágrimas en mi butaca. Y qué decir de Joker, es una obra maestra, el ritmo, el guión, el crescendo imparable hasta el final de la película y no pienso decir una palabra de la apoteósica interpretación de Phoenix, oscar inapelable, pero si es que al final el director consigue hasta que empatices con el psicópata asesino... Menuda cosecha, la del 2019. En fin, como veis el cine está en plena forma. Y encima hacen unas series de gran calidad, yo sólo he visto dos: Whatchmen, moderna y estilosa, muy bien hecha, con buena música, original y muy divertida y True detective, obra maestra, me parece que es la mejor serie que he visto en mi vida, con un Woody Harrelson bárbaro y un Matthew Mcconaughey majestuoso, me he visto su interpretación del primer capítulo un montón de veces.

Y literatura, por supuesto.

Ya ves como me enrollo, es que la música y el cine son muy importantes para mí. Quizás es que había perdido la costumbre de comunicarme por aquí. Y eso que me dejo la literatura. Que es a lo que más me he dedicado. Y voy a intentar contenerme y nombrar el mínimo de libros aquí y ahora porque si no esto sería inacabable. Resulta que desde que dejé mi empleo de trader en la Bolsa de Barcelona y dejé de ganar dinero a espuertas tuve que dejar de gastar fortunas en el fnac comprando libros y discos pero, mira tú, descubrí que en el precioso y recién reformado Mercado de San Antonio te puedes hinchar a comprar libros por una tercera parte de ese dinero. Y es lo que he estado haciendo estos cinco años. Cada domingo me llevo cuatro o cinco libros, (cuando no son diez) y claro, mi colección ha aumentado una cosa bárbara, creo que en estos cinco años me he comprado 800, 900, quizás más de mil libros. Un día, si me da el punto, haré una foto de alguna estantería de mi biblioteca y la subiré al blog, es que es una preciosidad. Pero me preguntarás: ¿te has leído algo de todo eso? Pues, desde luego que no me los he leído todos, todavía no, pero, entre los que he acabado y los que no, pues, a lo mejor me he empapelado 300, 400, quizás 500 en estos cinco años. Que tampoco está mal. Y digo que entre los que he acabado y los que no, ya que es bien cierto que unos cuantos los he dejado a medio leer, porque, oye, que tampoco esto es una penitencia, si no te gusta lo que lees, pues, lo dejas y ya está, no pasa nada, que no estamos aquí para batir ningún récord. Y te voy a poner un par de ejemplos para que me entiendas mejor. Hará un par de meses me dio por leerme todas las novelas del Nobel Ishiguro. Por orden tal como las escribió. Una detrás de otra. Cosa que no me llevó más de dos o tres semanas. El caso es que la sexta, Nunca me abandones, no me enganchó y la dejé a medias. También es cierto que había visto la adaptación en cine y eso me destrempó un poco. Pero el caso es que las otras seis novelas me encantaron, al igual que Nocturnos, su libro de relatos, que ya había leído anteriormente y en cambio ésta, pues, no pudo ser. Y me ha pasado esto con todo tipo de escritores, incluso con mis favoritos. Otro ejemplo. A mi Cortázar me apasiona, más sus cuentos que sus novelas. Cortázar es brillante, virtuoso, de un dominio del lenguaje impresionante y dotado de una imaginación infinita. De hecho, para mí es el mejor escritor de relatos de todos los tiempos, junto con Borges, pero mucho, mucho más prolífico. El caso es que he leído todas sus novelas, Rayuela, El libro de Manuel, Los premios, pero con 62 Modelo para armar iba por la página 70 y algo y lo dejé. También es verdad que Cortázar no te lo pone fácil, ya llevaba casi 80 páginas y todavía no sabía de qué iba la novela. Un día de estos lo volveré a intentar, a ver qué pasa. Para escritor difícil, Faulkner, debo de tener una docena de libros del genial premio novel del sur de los Estados Unidos. El Ruido y la Furia, mi favorito, es una obra maestra pero te puede volver loco, literalmente, leerla, todos esos sucesos en los diferentes momentos de la vida de los personajes relatados sin solución de continuidad, como si fueras el Dr. Manhattan y pudieras vivir toda los momentos de tu vida a la vez. Una barbaridad. El caso es que me puse con Absalón, Absalón (que los críticos la ponen al nivel de El ruido y la Furia, que no te lo crees ni tú), y cuando llevaba más de dos terceras partes del libro, lo dejé. Ya no podía más, el coronel Sutpen y toda su prole me tenían hasta las narices. No me caían bien y no me interesaba en lo más mínimo lo que ocurrió con sus miserables vidas. Y encima esa escritura tan complicada, tan recargada, frases que ocupan páginas enteras... Pues eso, que si algo no te gusta pues lo dejas y a otra cosa, mariposa.

Y eso me hace pensar en Mac y su contratiempo, una novela que leí recientemente de Enrique Vila-Matas, quizás el mejor escritor que tenemos actualmente en España. Me encantan las novelas inteligentes, que te exigen, y ésta lo es, sin duda, es brillantísima. En ella el autor, un tío muy leído, hace referencia a decenas de escritores y es un gustazo haberlos leído a casi todos y entender perfectamente de lo que te está hablando, básicamente del proceso de escritura. La trama de la novela no viene al caso pero al protagonista, un tipo peculiar donde los haya que nos cuenta la historia en forma de diario personal engañándonos, en primera instancia, acerca de su situación actual (me encanta esto, el narrador mintiéndonos, engañándonos o engañándose a sí mismo, estoy trabajando en una obra que profundiza en esa idea), no se le ocurre otra cosa que querer reescribir una novela de juventud de un escritor famoso que es vecino suyo. Y tiene tela, porque esa novela está estructurada en forma de capítulos que pueden ser leídos como relatos independientes pero que a la vez forman un todo (claro, yo también he estado dándole vueltas a algo así), Y encima, cada uno de ellos está escrito, a modo de homenaje creo yo, en el estilo de los grandes maestros del cuento (Borges, Carver, Cheever, Hemingway, etc) y encabezados por el epígrafe correspondiente. Ingenioso, ¿eh? El caso es que en cada capítulo de la novela que el Mac del título quiere reescribir, llega un momento en que el texto se vuelve farragoso, y aparecen unos, y cito textualmente: “fragmentos densos y calamitosos de los párrafos inaguantables cuando no directamente ebrios”. Y ahí quería llegar, mis queridos amigos desconocidos e invisibles, que ya lleváis 3000 palabras aguantándome (pero, bueno, también es verdad que hacía cinco años que no me dirigía a vosotros desde esta tribuna improvisada), porque esos fragmentos insoportables que tan bien describe Vila-Matas por mediación de su protagonista abundan, desgraciadamente, en las novelas de hoy en día, y, en realidad, en las de todos los tiempos. Sí, eso que te pasa a menudo cuando te pones a leer una novela que comienza muy bien, super interesante, y en la que pones muchas expectativas y, de repente, entras como si dijéramos en la Tierra Media Tolkiana, y te empiezan a meter un montón de tonterías que no vienen a cuento, paja en la albarda que diría mi madre, y tienes que tragarte un montón de hojas totalmente prescindibles para llegar al final de la historia o directamente poner el ventilador como hace a menudo mi santa progenitora, responsable al cincuenta por ciento de que esté aquí ahora dándoos la tabarra (ya sabes, pasar páginas sin leerlas o simplemente hojearlas, quién no lo ha hecho alguna vez, o un montón de veces). Porque nos gusta que nos cuenten historias pero necesitamos conocer el final de esas historias, a menos que seas un masoquista de esos que adoran a Bolaño y que le perdonan que no sea capaz de acabar una maldita novela. Entiendes ahora a Borges cuando le preguntaban una y otra vez (qué pesada es la gente) por qué nunca escribió una novela y contestaba que por dos razones básicamente: primero por su incorregible holgazanería, y segundo porque como no se tenía mucha confianza a sí mismo, le gustaba vigilar lo que escribía y eso, desde luego, es mucho más fácil con un cuento, por su brevedad, que con una novela. Vamos, que con el género de la novela uno se presta a divagar y se nos hace muy difícil a los escritores aplicar tijeretazo (con lo que cuesta escribir algo decente y encima tener que ser disciplinado y recortar páginas y páginas ya escritas porque realmente sobran en la historia). Vila-Matas además de profundizar en Mac y su contratiempo en la controversia de la voz única que tratan de conseguir todos los escritores en contraste con el típico plagio de estilo de los grandes novelistas consagrados que es lo único que consigue la mayoría, vuelve a esos fragmentos una y otra vez y los llama: “momentos mareantes”. Me encanta. Así que, a partir de ahora, cuando, en medio de una novela, entre en ese pantano chapucero de verborrea intrascendente, en vez de ponerme de mal humor, pensaré en que se trata de un momento mareante y quizás eso hasta me arranque una sonrisa.

Venga, vamos al grano.

Vaya, cualquiera que haya estado escuchándome, leyendo todo eso que hay por ahí arriba, puede tener la tentación de pensar que no he estado haciendo otra cosa que escuchar Spotify, ver películas y leer novelas durante estos cinco años.

Pues nada más lejos de la realidad, mis queridos amigos, también he tenido que trabajar como vosotros y pagar las putas facturas.

Y he estado escribiendo.

Que es de lo que se trata.

Como decía Vila-Matas en Lejos de Veracruz, otra de sus novelas: ”A fin de cuentas lo único que soy es un asesino, un asesino que mata la vida escribiendo...”. Chulo, eh?

Y como habéis sido increíblemente persistentes y siempre que se me ha ocurrido entrar en el blog he encontrado a gente leyendo mis cosas, y eso que mis mejores escritos no están subidos a la página, voy a corresponderos y subir estos días algunas de las composiciones que más me gustan o de las que me siento más orgulloso, al fin y al cabo ya hace que las llevé al registro de la propiedad intelectual (tendréis que perdonarme pero cualquiera que se considera artista y que es capaz de crear algo que cree digno de ser expuesto a los ojos de los demás, no está exento de cierta vanidad).

Ah, se me olvidaba, y lo más importante, también voy a ir subiendo al blog algunos fragmentos de la última novela que tengo acabada (estoy trabajando en otras tres, pero no pienso adelantar nada de ellas hasta que las acabe, si Dios quiere en este 2020, un año que queda muy guay y suena muy futurista pero que ya está aquí). La novela en cuestión se titula Mike Blackness, tiene 600 páginas (así que se la desaconsejo a los amantes de la brevedad y los relatos cortos) y resulta que, después de ser rechazada sistemáticamente por las grandes editoriales, algo que era totalmente previsible, para qué vamos a engañarnos, a mi no me conoce nadie y lo primero que te pregunta esa gente es cuántos seguidores tienes, cuántos me gusta y todas esas chorradas, y a mí no me va esa movida, finalmente me la ha aceptado una editorial pequeñita pero muy digna, Ediciones Camelot, y saldrá a la venta el día 8 de febrero, que casualmente coincide con la presentación de la novela que haré en el Fnac Las Arenas en la Plaza España de Barcelona ese sábado, día 8 de febrero, a las siete de la tarde.

¡¡¡Estáis todos invitados!!!

 

Intersección

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Se despierta finalmente. Y no es dulce su despertar. Inmenso, el dolor de cabeza lo ocupa todo, le duelen hasta los dientes. El proceso de abrir los ojos no es un mero pasar del negro al azul del cielo, se trata de dejar atrás una densa, cómoda oscuridad y enfrentarse a un demonio de luz que exacerba el daño tan desmesurado que siente en su cráneo. El sabor a sangre en su boca hace juego con el charquito rojo viscoso que es lo primero que ve al incorporarse. El malestar degenera en unos vómitos horribles que generan un momentáneo e incongruente bienestar. Y es en ese fugaz instante que siente miedo, teme estar muerto. Pero el dolor vuelve rápido, en oleadas, y le sugiere, no, le asegura que está vivo. Y es un milagro porque el golpe en la cabeza debió de ser mortal. Y nota alrededor de ese enorme daño otros golpes y contusiones de menor categoría repartidos por todo su cuerpo. Está hecho trizas, no hay duda. Y se queda allí postrado durante horas, sin conseguir levantarse, sin intentarlo siquiera. Y mira el cielo, las nubes que se mueven y forman figuras que se deforman rápidamente y qué belleza, verdad, cuánta belleza a pesar del dolor. Mucho tiempo después, percibe el movimiento. Consigue sentarse (una pequeña victoria) y ve a lo lejos tierra firme, a ambos lados y, en medio, una superficie azul cobalto llena de agua, y, debajo de él, de su cuerpo lastimado, un barco. Es un barco de carga, de esos anchos y de poco calado, lleno a rebosar de contáiners y él se encuentra justo encima de uno de esos contenedores. Ese barco con él, de alguna manera, a bordo, aparentemente se desplaza por un río. Pero, ¿qué barco?, ¿qué río?, ¿qué demonios pasa?, ¿qué le ha sucedido?, o mejor: ¿quién es él? No sabe nada porque no recuerda nada. El golpe que le ha abierto la cabeza se ha llevado su memoria. Y ahora es poco más que un cuerpo y un dolor. Es un hombre sin pasado y tal vez sin futuro.

Mientras tanto, quizás ahora o quizás en otro tiempo, pero seguro que en otro lugar, en tierra firme, otro hombre, Michael, (éste sí sabe su nombre) no consigue dormir. Y lleva así muchos días, semanas enteras, desde que ocurrió todo y se está volviendo loco. En realidad, ya ha perdido la razón. Pero no lo sabe. Y él persiste, intenta dormir y no hay manera. Y se resbala de la cama y se deja caer por las calles y plazas de la ciudad, perfectamente vacías a esas horas con la excepción de un taxi (como aquel taxi) que se empeña en atropellarlo, sin conseguirlo qué desgracia, cada vez que él cruza, arbitrariamente, por el medio de una de esas callejuelas. Y a él siempre le parece que es el mismo taxi (el que se la llevó), como si estuviera en un sueño, él, que no puede soñar, qué injusto. Esos paseos nocturnos son, paradójicamente, lo mejor del día. El resto es tan confuso. Qué intolerable es su vida ahora. Michael sabe que tiene que acelerar las cosas, que no puede resistir más y está determinado a acabar con todo. Pero antes tiene que hacer algo espantoso. Y lo hará mañana. A ella se lo debe.

El día ha transcurrido entre la maravilla del paisaje y el interminable dolor en su cuerpo. A ratos despierto, a ratos dormitando, oscuros pensamientos le brotan de su cabeza partida. Pero, a medida que se acerca la noche, algunas conclusiones se afianzan en él. Se ha despertado aplastado contra la carga de un barco que va por un río y resulta que ha perdido la memoria, seguramente a consecuencia del golpe en la cabeza. No es descabellado pensar que ha debido caerse desde algún puente como los que ha ido dejando atrás. Y uno no se cae de un puente así como así: o le han tirado o se ha intentado suicidar. Las dos hipótesis son terribles, pero no en la misma medida. Prefiere mil veces que le hayan intentado matar que haber sido él quien haya decidido poner fin a su vida. En el primer caso pudo ser puro azar o mala suerte (¿un atraco?), en el segundo, no hay duda, uno tiene que estar muy destrozado para intentar acabar con su vida. Pero lo que él desee no es importante, se trata de lo que realmente ocurrió. Registra sus bolsillos en busca de pistas. Nada, ni móvil, ni documentación, ni notas, tan solo unas llaves sin ningún distintivo. Eso no confirma gran cosa pero le aproxima más a la idea de un asalto y hombre al agua que a la del suicidio porque, ¿quién se deshace de su cartera y su teléfono y luego se tira de un puente? Y además, ¿quién se lanza al abismo sin percatarse de que hay un barco justo debajo? Alguien que está muy desesperado y que ni siquiera mira, eso no prueba nada. Por muy inextricable que sea su situación no puede demorar más la decisión que tiene que tomar: el barco está a punto de llegar a su destino, inicia ya las maniobras de atraque. Tiene que decidir entre su futuro y su pasado. Olvidarlo todo y empezar de cero o coger un carguero de vuelta y desandar el camino andado, con la idea de desentrañar qué es lo que pasó, quién es él. Y sabe lo que va a hacer. Lo sabe perfectamente. Es insensato pensar que puede romper con todo con la excusa de su pérdida de memoria, algún día puede recuperarla y ¿entonces qué? Uno no puede abandonar tan fácilmente su pasado. Volver atrás le produce temor, entre los latidos de su cabeza ensangrentada crece la idea de que lo único que va a encontrar es su perdición. Pero no puede evitarlo. Finalmente, resuelve ir en busca del pasado perdido.

Al alba, Michael no se despierta porque no se ha dormido, no se levanta porque no se ha acostado, no va a trabajar porque no tiene trabajo (perdido al perderse él cuando la perdió a ella). Se ducha y desayuna maquinalmente, su cuerpo esta allí, sentado delante de la ausencia de ella, pero su mente está ya lejos. Sus ojos han viajado vertiginosamente por el mecanismo de sus actos de ese día y están visionando ya su terrible desenlace. Pero no hay que dejarse llevar, tiene que mascar con fruición cada sórdido episodio de ese día descomunal. Desde el atropello que acabó con la vida de Julia, su mujer, a manos de un taxista alcoholizado, sólo ha habido dos palabras en su vocabulario: venganza sangrienta, el resto, un mejunje de letras desordenadas y whisky para tamizar el dolor, pero sin suavizarlo en lo más mínimo; habría sido una afrenta inconcebible para su amor hacia ella. Que el taxista homicida esté libre sin cargos, porque un hermano policía se jugó su placa al cambiar las saturadas pruebas del alcoholímetro por unas limpias, y porque un falso testigo declarase que Julia cruzó sin mirar, no varía un ápice su decisión, inevitable desde el mismo momento en que se produjeron las dos muertes, la de ella en el acto, casi sin enterarse, y la de él, demorada hasta esta noche, sufriendo lo indecible. Si acaso le facilita las cosas. Habría sido mucho más difícil, temerario pero ineludible, tratar de ajustar las cuentas estando el conductor asesino en la cárcel. En cambio, con el maldito borracho fuera, todo ha sido un fluir constante hacía el ojo por ojo bíblico y punto y final de esta noche en la que el mundo, por fin, se acaba. Hay mucho trabajo adelantado pues Michael, como un tahúr, ha estirado los días matando la noche y no ha desperdiciado el tiempo. Su vida es tan hostil, tan trágica y tan caótica que lo único virtuoso en ella ha sido el impecable, maligno trabajo de preparar la muerte del otro. Después de horas, días, semanas de persecución y vigilancia implacables, ya sabe todo de él y está preparado para ejecutar su venganza.

El hombre de enigmático (por desconocido) pasado, viaja hacia su futuro que no es otro que su pasado, que no es otro que su futuro y casi seguro final. O eso cree. Ha conseguido mover su cuerpo magullado, haciendo un esfuerzo infinito, desde el barco que llegaba hasta otro que salía en sentido inverso, bajo la mirada negligente de unos cuantos operarios y algún vigilante y, ahora que ha menguado su dolor, disfruta de la magnánima noche. Ya no intenta indagar en su memoria, está convencido de que recordará cuando llegue el momento y se acabará la incertidumbre que le acompaña arriba y abajo de ese azaroso río. Y es en ese momento que viaja con su cuerpo de contrabando en busca de su mente que se deleita, como nunca lo había hecho, con la hermosura de la noche, de la luna, de la luna en el río, del río en la noche, y no navega, vuela sobre esas aguas en las que se abismará (lo presiente) pocas horas después.

El taxista en el taxi, pero en el maletero, maniatado y blasfemando en completo silencio (cinta aislante cubre su boca) y el presunto futuro asesino al volante, silbando. Los hechos se precipitan y conspiran contra el tiempo que corre para ponerse a su nivel. El escenario del crimen: unos matorrales, un árbol enorme, unas cadenas rodeando el árbol; no lejos de una calle donde se produjo un trágico accidente, no lejos de un puente, no lejos de un río. El taxi sale de la carretera, se adentra en la espesura apenas unos metros, se para dejando que la parte trasera del vehículo ilumine de rojo el árbol que de rojo se teñirá. Michael deja en el coche su documentación y su teléfono (quiere, desea, necesita que todos sepan quien ha sido, quien va a cometer esa atrocidad), extrae del maletero a su menesteroso invitado y, con poca amabilidad, lo coloca sentado, con la espalda pegada al árbol y lo inmoviliza con las cadenas. El aterrorizado prisionero luce unos ojos desorbitados, enormemente rojos quién sabe si por el reflejo de las luces traseras o por el llanto que amenaza inundar el bosque, y  tiene el corazón a punto de explotar, algo que abortaría de cuajo la fiesta sanguinaria del loco vengador. Sabe, a ciencia cierta, que está a punto de morir aplastado por su propio coche, el mismo que atropelló a la mujer aquel espantoso día. Y maldice su suerte y al viudo justiciero y se acusa, absolutamente desesperado, de ser un borracho y de haber acabado con aquella vida y con su propia vida. Michael no dice nada y no quiere oír nada (no le quita la mordaza de la boca). Como en trance entra en el coche, se coloca el cinturón de seguridad, pone en marcha el vehículo, lo sitúa a unos diez metros de su víctima y acelera.

El barco que avanza hacia el pasado hace un alto en el camino y cesa el influjo que la poesía del trayecto ejercía sobre el hombre sin memoria. Éste deja atrás el carguero, no sin esfuerzo, y se adentra en la ribera del río como si supiera adonde va. La ostentosa luz de la luna convierte la noche en la impostura del día y sus piernas (no su consciencia) reconocen fácilmente el terreno que pisan. Él, pusilánime, se deja llevar sin presentar batalla, subordinado a lo que el destino le tenga preparado. Llega a un desangelado paraje justo para convertirse en espectador de excepción del abominable acto que se lleva a cabo allí delante de él. Un coche, un taxi, acelera para arremeter contra un individuo encadenado a un árbol. Los terribles ojos de la víctima gritan pero no se oye nada (no tiene boca) y la atroz ejecución se produce en un completo e imposible silencio. Él asiste con tremendo estupor, como si estuviera en un sueño, al silencioso aplastamiento de un ser humano y llora con desesperación por el desconocido y por él mismo, por tener que presenciar un acto tan espeluznante. Y no entiende, todavía no entiende, porqué sus pasos le han llevado hasta allí, qué tiene él que ver con todo aquello, y si algo o alguien le ha conducido hasta ese horrible crimen, ¿por qué no lo ha hecho con tiempo suficiente para que él pudiera evitarlo?

Michael sale del coche un poco conmocionado pero ileso, se para un momento a observar, entre el hierro y la madera, aquel amasijo de carne triturada que otrora fue un ser humano y, satisfecho pero oscuro, sin remordimientos pero vacío, cumplida su venganza pero deshumanizado, se da la vuelta e inicia el camino hacia el fin. El hombre de la cabeza partida observa, petrificado, como Michael no desaparece por el bosque, camino del puente, camino del río, simplemente se desvanece, se volatiriza en el instante en que él comprende. El hombre sin pasado recupera su horrible pasado; el hombre sin memoria recupera su infausta memoria. Él es Michael y ha presenciado, como en un sueño, fuera de su propio cuerpo, el asesinato del taxista homicida responsable de la muerte de Julia que él mismo perpetró la noche anterior. Abrumado por su terrible descubrimiento, se acerca al cuerpo inánime, que aún no ha sido descubierto y está ya helado, y se queda allí unos instantes, horrorizado pero no arrepentido, antes de iniciar por segunda y última vez el recorrido hacia su inexorable destino, tan solo unas horas aplazado.

 


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Mis películas preferidas

  1. Sin perdón de Clint Eastwood
  2. Blade Runner de Ridley Scott
  3. Pulp Fiction de Quentin Tarantino
  4. Kill Bill de Quentin Tarantino
  5. Django desencadenado de Quentin Tarantino
  6. Matrix de los hermanos Wachowski
  7. Drive de Nicolas Winding Refn
  8. Magnolia de Paul Thomas Anderson
  9. Gattaca de Andrew Niccol
  10. Casablanca de Michael Curtiz
  11. El Padrino de Francis Ford Coppola
  12. Uno de los nuestros de Martin Scorsese
  13. Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg
  14. Stoker de Park Chan-Wook
  15. La gata sobre el tejado de zinc de Richard Brooks
  16. Birdman de Alejandro González Iñárritu
  17. Una canción del pasado de Shainee Gabel
  18. La vida es bella de Roberto Benigni
  19. Un hombre soltero de Tom Ford
  20. Tiempos Modernos de Charles Chaplin
  21. Memento de Christopher Nolan
  22. Candilejas de Charles Chaplin
  23. Mientras nieva sobre los cedros de Scott Hicks
  24. Alta fidelidad de Stephen Frears
  25. Thelma y Louise de Ridley Scott
  26. Amor a quemarropa de Tony Scott
  27. Mulholland Drive de David Lynch
  28. El gran Lebowski de los hermanos Cohen
  29. Watchmen de Zak Snyder
  30. Apocalypto de Mel Gibson
  31. Tropic Thunder de Ben Stiller
  32. Madre de Darren Aronofsky
  33. La vida secreta de Walter Mitty de Ben Stiller

"Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia desdichada lo es a su manera"

Ana Karenina León Tolstói

"Está bien ser uno mismo, pero sin exagerar"

Shinzaemon Shimada, samurai del film 13 asesinos de Takashi Miike

"La felicidad no es una estación término, es una manera de viajar"

Margaret Lee Runbeck

“He sido un hombre afortunado: Nada en la vida me fue fácil”

Sigmund Freud

"De Ezequiel 25:17. El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel pastor que, en nombre de la caridad y de la buena voluntad, saque a los débiles del valle de la oscuridad porque él es auténtico guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. ¡Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos! ¡Y tú sabrás que mi nombre es Yahveh cuando caiga mi venganza sobre ti!"

Jules Winnfield (Samuel L. Jackson) Pulp Fiction

No he podido evitar ponerlo en el blog, me encanta. En una ocasión, cuando trabajaba de fotógrafo, le estaba haciendo una sesión a un muchacho y no se me ocurre otra cosa que ponerme allí en medio del parque a recitarle el texto de memoria. Todavía me acuerdo de la cara de perplejidad del chaval. No sé que pensó de mí. Nada bueno seguro.

Claro, el chico se llamaba Yahveh, por eso le monté el show. Gracias hermanita! Qué memoria!

"Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba.
¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor.

No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible.

Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra."

Clarice Lispector

"La auténtica patria del ser humano es el lenguaje"

Wilhem v. Humboldt

Ama tu ritmo y rima tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones
hará brotar en ti mundos diversos,
y al resonar tus números dispersos
pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina
del pájaro del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;

mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.

Ama tu ritmo..., Rubén Darío

Sobre la nieve se oye resbalar la noche.

La canción caía de los árboles,
y tras la niebla daban voces.

De una mirada encendí mi cigarro.

Cada vez que abro los labios
inundo de nubes el vacío.
En el puerto,
los mástiles están llenos de nidos,
y el viento
gime entre las alas de los pájaros.

LAS OLAS MECEN EL NAVÍO MUERTO

Yo en la orilla silbando,
miro la estrella que humea entre mis dedos.

Noche, Vicente Huidobro

Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Sólo es real la niebla.

Aquí, Octavio Paz

El corazón del pájaro
El corazón que brilla en el pájaro
El corazón de la noche
La noche del pájaro
El pájaro del corazón de la noche

Si la noche cantara en el pájaro
En el pájaro olvidado en el cielo
El cielo perdido en la noche
Te diría lo que hay en el corazón que bulle en el pájaro

La noche perdida en el cielo
El cielo perdido en el pájaro
El pájaro perdido en el olvido del pájaro
La noche perdida en la noche
El cielo perdido en el cielo

Pero el corazón es el corazón del corazón
Y habla por la boca del corazón

En, Vicente Huidobro

El diamante de una estrella
ha rayado el hondo cielo,
pájaro de luz que quiere
escapar del universo
y huye del enorme nido
donde estaba prisionero
sin saber que lleva atada
una cadena en el cuello.

Cazadores extrahumanos
están cazando luceros,
cisnes de plata maciza
en el agua del silencio.

Fragmento de El diamante
Federico García Lorca

Días y noches te he buscado
Sin encontrar el sitio en donde cantas.
Te he buscado por el tiempo arriba y por el río abajo.
Te has perdido entre las lágrimas.

Noches y noches te he buscado
Sin encontrar el sitio en donde lloras
Porque yo sé que estás llorando.
Me basta con mirarme en un espejo
Para saber que estás llorando y me has llorado.

Sólo tú salvas el llanto
Y de mendigo oscuro
Lo haces rey coronado por tu mano.

Poemas póstumos 3, Vicente Huidobro

Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?
¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa
Con la espada en la mano?
¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios?
¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser?
Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir
¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos los vientos del dolor?
Se rompió el diamante de tus sueños en un mar de estupor
Estás perdido Altazor
Solo en medio del universo
Solo como una nota que florece en las alturas del vacío
No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza
¿En dónde estás Altazor?

Fragmento del Canto I de Altazor, Vicente Huidobro

Dices que repito
algo que he dicho antes. Lo volveré a decir.
¿Lo volveré a decir? Para llegar allí,
para llegar donde estás, para llegar desde donde no estás,
tienes que ir por un camino donde no hay éxtasis.
Para llegar a lo que no sabes
tienes que ir por un camino que es el camino de la ignorancia.
Para poseer lo que no posees
tienes que ir por el camino del desposeimiento.
Para llegar a lo que no eres
tienes que ir por el camino en que no eres.
Y lo que no sabes es lo único que sabes
y lo que posees es lo que no posees
y donde estás es donde no estás.

Fragmento III del poema "East Coker", de los «Cuatro cuartetos» (Versión de José María Valverde) T. S. Eliot

"Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar"

Cortázar

ACERO Y PLATA DE LUNA


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