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ACERO Y PLATA DE LUNA

Literatura Historias de juventud de libros y helados y Borges, siempre Borges

Historias de juventud de libros y helados y Borges, siempre Borges

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Yo cuando leo a Borges, es que ya no lo leo, lo estudio. Me puedo leer un relato suyo cinco veces, a ver si se me pega algo. Pero nada, no hay manera. Es tan brillante, tan absolutamente genial que sólo cabe rendirse a la evidencia: Borges solamente hay uno. Y el caso es que no le dieron el Nobel de Literatura. Menuda panda. Tal como yo lo veo, eso le quita mérito, al Nobel, por supuesto, Borges está muy por encima de premios y toda esa mandanga. Borges es eterno. En cambio el Nobel, como que es menos Nobel por no contar con Borges entre los premiados. ¿A mí qué me gusta de Borges? Su vasto conocimiento, para empezar, su enorme erudición. Pero por encima de eso, está su manera de utilizar el lenguaje. Es una maravilla, te deslizas por las páginas, como haciendo surf y alucinas con lo que estás leyendo. Es que hay tanto virtuosismo. A veces te deprime un poco y piensas qué narices estás haciendo, perdiendo el tiempo escribiendo tantas tonterías que no interesan a nadie, pero también es verdad que escribes porque no tienes más remedio y porque te asaltan ideas a las que te encanta darles forma. Pero no es sólo el elevadísimo nivel lingüístico que emplea Borges, porque has leído a Shakespeare, traducido eso sí, a Faulkner y a tantos otros que tienen un profundo conocimiento del lenguaje y utilizan miles y miles de vocablos para conformar su escritura. No se trata solamente de eso. En sus relatos, Borges, utiliza siempre la palabra precisa, el adjetivo adecuado, nunca me resulta pedante a menos que el tema lo sea expresamente, y siempre se saca de la manga unas frases perfectas, unas asociaciones de substantivos con calificativos impensables antes de leerle, con las que crea un mundo propio, diferente, inventado, único. Y ahí es donde quería ir y donde reside la magia de su escritura. Esa imaginación portentosa de la que hizo gala en todo momento es lo que realmente me apasiona de Borges. El mítico escritor que siempre prefirió el cuento, género que consideraba esencial, y que nunca creó una novela porque no era partidario de malgastar tiempo y esfuerzo en escribir cientos de páginas para desarrollar una idea que se puede explicar en muy pocas líneas, derrochaba ideas a mansalva y, con un virtuosismo creativo fuera de lo común, era capaz de crear cuentos que daban para dos y tres novelas cada uno. Si tuviera que irme a una isla desierta con cierta prisa y poco espacio en mi equipaje, me llevaría un libro de poemas de Huidobro y, por supuesto, una antología de cuentos de Borges. Con un solo volumen, entre las historias que cuenta, las que sugiere y las que te incita a inventar tendría para muchos años, sería como llevar una biblioteca entera en la maleta. Imprescindible Borges.

Hazme caso, si quieres escribir bien no hace falta perder mucho tiempo en esos cursos de escritura que anuncian por todas partes, y no es mi intención criticarlos, yo no he hecho ninguno y seguro que están muy bien y todo eso, pero lo que realmente sirve es leer, leer en todo momento, miles de páginas, cientos de autores, todos los estilos, prosa, poesía, ensayo, actualidad, ficción… Como decía Borges: “uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe”. Es posible que una noche yo dé por finalizado el día y que no haya escrito ni una palabra o que no haya tocado aunque sea media hora el piano o que quizás no haya ido al gimnasio, vale, es improbable todo eso pero no imposible, en cambio no hay día en que no haya leído con voracidad unas cuantas páginas de la novela que esté leyendo o algunos poemas o relatos.

No sé de donde me viene esa locura por la lectura, a lo mejor es algo intrínseco a mí, genética pura. O quizás haya sido el entorno, ya he contado en alguna ocasión que mi madre nos enseñó a leer a mí con apenas cuatro años y a mi hermana con tres, y ella misma era y lo sigue siendo, una gran lectora. O quizás las circunstancias, porque me pasé todos los veranos desde los catorce años hasta los veintiuno vendiendo helados en un quiosco al lado justo del Arco del Triunfo. Me tiraba desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche, cuatro días a la semana, todo el día solo, vendiendo helados. Bueno, también me comía unos cuantos cada día, hasta cinco o alguna vez incluso más, no sé donde metía todo aquello. Me podía pasar horas sin hablar con nadie, era un experto en no dar conversación a la gente y sonreír lo justo para no quedar como un maleducado. A veces me preguntaban dónde quedaba tal sitio y no me salían las palabras, tenía que carraspear de lo lindo porque si no, era imposible contestar. Y claro, no hacía otra cosa que leer. Me empapelaba hasta trescientas páginas cada día, a veces una novela mediana, a veces tres libros cortos. En aquellos tiempos yo parecía un auténtico robot: venía un cliente y automáticamente dejaba el libro, atendía a la velocidad de la luz, volvía a coger el libro y seguía leyendo exactamente en el mismo punto donde lo había dejado, como si no hubiese habido interrupción alguna. Era un auténtico maestro en no perder la concentración ni el hilo de la historia en ningún momento. A veces me quedaba una frase por leer, quizás la definitiva, el desenlace de una historia, y si venía alguien, me levantaba, autómata perdido como siempre, atendía y luego me volvía a sentar y acababa el libro sin pestañear. Aún hoy no tengo ningún problema en dejar cualquier cosa que esté haciendo y retomarla sin más. Qué tiempos. En aquella época no había mucho dinero para comprar libros, pero eso nunca fue un obstáculo. Los clásicos los sacábamos de la biblioteca de tres en tres, era el máximo permitido, y los más modernos pues, “los tomábamos prestados” de los grandes centros comerciales. ¿Te acuerdas, Sergio? Claro que después, siempre “nos olvidábamos de devolverlos”. Y la empresa no era fácil, porque algunos tenían un volumen considerable y era ciertamente difícil escamotearlos. No estaba bien lo que hacíamos pero la verdad es que no me arrepiento, éramos jóvenes y resultaba tremendamente excitante burlar a la autoridad y además lo hacíamos con gran técnica y clase. Nunca nos pillaron. Han pasado más de veinticinco años y aún guardo alguno de aquellos ejemplares. Un verano me dio por la ciencia ficción y me leí todos los libros de Isaac Asimov, de Arthur C Clarke, de Philip K. Dick y de unos cuantos más. Era adicto. Hasta el verano siguiente. Un año me empeciné con las policíacas, me leí decenas de novelas de Agatha Christie, me encantaba. Otro año le tocó el turno al género de terror y suspense con Stephen King y Peter Straub a la cabeza. Leí La Obsesión de Julia un día que estaba solo en mi casa, en el comedor, y recuerdo que no me atrevía ni a ir al lavabo. Estaba muerto de miedo. Al año siguiente mis preferencias se decantaron por las novelas de espías: Ken Follet, Robert Ludlum, Frederick Forsyth. Qué grandes. En ocasiones me ponía al día con los premios novel, y otras veces me sumergía en la literatura hispanoamericana. Leí Cien Años de Soledad de García Márquez antes de cumplir los dieciocho y siempre fue uno de mis preferidos, tengo que volver a leerlo. De esa época recuerdo con cariño alguno más. Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco me hipnotizó. El personaje del indio enorme siempre ha sido de mis preferidos de todos los tiempos. Otro, el sordomudo Singer de El Corazón es un Cazador Solitario, el más logrado de Carson McCullers sin duda. Otra novela que me impresionó fue Miedo en un Puñado de Polvo de John Ives. Genial. Y no puedo olvidarme de Los Gozos y las Sombras de Torrente Ballester, un auténtica obra maestra. Todos ellos fueron mis grandes amigos de juventud. Guardo dos más de esa época, éstos de carne y hueso. A uno lo veo todos los domingos y siempre charlamos un rato. Al otro lo veré mañana y quizás recordemos algunos episodios de aquellos años inolvidables.

 
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"Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar"

Cortázar

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