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ACERO Y PLATA DE LUNA

Mi Filosofía Anoche no podía dormir

Anoche no podía dormir

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Anoche no podía dormir y, ¿qué es lo que conseguí? Algunos poemas que se quedaron sin nacer en el romanticismo de mis veinte años y me asaltan ahora, como hechizos, por las noches de mi sabático deambular. Os dejo por ahí abajo algunos de esos locos poemas que abundan tanto cuando intento cerrar los ojos y no lo logro. Te acuestas después de haber hecho mil derroches y crees que tu cuerpo ya merece un descanso. Pobre iluso. Tú realmente piensas que es la hora de los sueños pero tu cabecita, que es la caraba en bicicleta como decía mi madre, no es de la misma opinión. Es como cuando estás en clase de spinning y ya llevas cuarenta minutos dale que te dale, a ciento cincuenta pulsaciones por minuto, y el monitor inicia la descompresión y el momento de los estiramientos y tú se supone que ya estás reventado, pero contradiciendo a la lógica de tu cuerpo, te pasas esos últimos cinco minutos pedaleando a tope y tu camiseta hace mucho que dejó de aguantar tu transpiración y te duelen las piernas, pero sonríes. Eres tan feliz porque nadie te dice cuándo tienes que parar y tu mente es mucho más fuerte de lo que crees. Y todo eso me recuerda una escena de Gattaca, maravillosa película que se encuentra por ahí a la izquierda entre mis preferidas, en la que el protagonista, el personaje interpretado fantásticamente por Ethan Hawke, le explica a su hermano porqué siempre le ganó cuando se adentraron en el mar en la profundidad de la noche para dirimir quién llegaba más lejos, quién aguantaba más antes de volver para ponerse a salvo en la playa. Él, fruto de un nacimiento natural, y que tenía destinado el último lugar en el escalafón de una sociedad espantosa, que pudo haber inventado el mismísimo George Orwell, y que posee un corazón con un defecto congénito, y que se supone que tenía una posibilidad entre cien de seguir viviendo más allá de los treinta años, le dice a su hermano, creado de un modo virtuoso, mejorado genéticamente en un laboratorio: “yo nunca reservé nada para la vuelta”. Y con esa mentalidad, y con sacrificio y suerte, claro está, y con la bondad de alguna que otra persona que le ayuda sin esperar nada a cambio, consigue su sueño, que era algo totalmente imposible en esa sociedad, por desgracia perfectamente factible en un futuro no muy lejano. En fin, el sueño americano. La película, una auténtica lección de lucha contra las adversidades y un canto a la superación personal, te recuerda que tu espíritu es mucho más que un cuerpo, una genética y un entorno. Siempre hay que dar lo máximo en esta vida. Hay que darlo todo.

El caso es que, algunas noches, es como si mi mente se negara a desconectarse y hace un sprint y me regala unas últimas ideas bulliciosas, y no tengo más remedio que levantarme y poner orden. Es entonces que cojo el portátil, me voy a la barra americana de la cocina y empiezo a convertir esas ideas en poemas o relatos. Y de paso te tomas algo a la salud de las tres de la madrugada. Porque hay que reconocer que cuando mejor sabe la comida es bien entrada la noche. Y eso lo saben todos los insomnes, a los que aprovecho para mandar un abrazo desde aquí. ¿Cuántos poemas, cuántas historias maravillosas se han escrito en el silencio de la noche? Ayer me preparé un poco de queso, unos arándanos, dos daditos de chocolate y un vaso de leche. Y, a cambio, dejé pululando por la pantalla de mi ordenador un par de poemas y el inicio de un relato que continuaré dentro de un ratito.

 
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"Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar"

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