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ACERO Y PLATA DE LUNA

Música Empieza la temporada en el Liceo

Empieza la temporada en el Liceo

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La semana pasada empezó la temporada en el Liceo. Ya tenía ganas. Hace algún tiempo que soy abonado y no me pierdo una ópera ni un ballet. Este año amenacé a la dirección del Liceo con no renovar si no me mejoraban los asientos y me han dado unos en tercera línea de platea a una butaca del pasillo central para toda la temporada. Estoy súper ilusionado. Es que me encanta ver la cara de los intérpretes sean cantantes o bailarines, quedarme con sus expresiones, seguir sus movimientos de cerca. Quizás haya gente que prefiera estar más atrás con la idea de tener más panorámica pero desde las primeras filas en el Gran Teatre del Liceu ya tienes una gran perspectiva, no olvidemos la profundidad del escenario, y encima ganas esa proximidad que hace que no te pierdas detalle y que te impliques más en la obra si cabe. El caso es que llevo un par de semanas de lujo en cuanto a espectáculos. Con ocasión del Festival Internacional de Jazz de Barcelona he tenido la suerte de escuchar en directo en la sala Luz de Gas a unos músicos fantásticos, Marcin Wasilewski Trío, que tocaban un jazz impresionista soberbio. Gran concierto, grandes músicos todos, especialmente el pianista Wasilewski, compositor y arreglista de los temas. No está mal para un martes.

Tres días después tuvimos ballet en el Tívoli con el Corella Ballet, por cierto la única compañía de danza clásica que hay en España, y fue un espectáculo magnífico. Como ya sabéis los que me habéis ido leyendo, en este blog presento a veces una obra de arte o un concierto o una película o cualquier cosa que me haya llamado la atención y os explico si me ha gustado y porqué y os cuento cómo me siento yo con la obra en cuestión. Para profundizar o buscar una crítica detallada estoy seguro de que en la red o en los medios encontraréis especialistas mucho más preparados que yo. Lo que sí os puedo decir de la representación es que me pareció muy refrescante, muy actual, y el Corella Ballet muestra un equipo muy profesional, bailarines con una gran técnica y elegancia que, quizás a nivel de primeras bailarinas sí que me parecieron superiores el Bolshoi, el Mariinski y el Ballet de la Ópera de Paris pero desde luego no a nivel de primeros intérpretes masculinos.

Por otra parte, me gustó muchísimo la estructura de la representación, que constaba de tres partes muy diferenciadas. La primera ofrecía una obra contemporánea, la segunda parte seguía el patrón habitual de una función de estas características, con fragmentos de obras clásicas muy conocidas, y la tercera una invención muy sui géneris del propio Ángel Corella y los bailarines Russel Ducker y Kirill Radev utilizando un puñado de canciones de la Electric Light Orchestra (ELO) para presentar una coreografía espectacular y de una singular belleza. La primera pieza, Polyphonia, me pareció original, muy moderna y con unos movimientos que entrañaban una gran dificultad técnica, perfectos para mostrar la calidad de los bailarines y su versatilidad al salirse del esquema clásico que se suele asociar a la compañía. Además me gustó el vestuario elegido y sobre todo la música de piano en directo. La segunda parte me impactó menos ya que los fragmentos de obras como el Corsario, Coppelia y Giselle me eran muy conocidos, aunque magistralmente interpretados y la última pieza, Suspended in time, sencillamente me maravilló.

Y me maravilló por dos razones básicamente, primero porque me inspiraba. Me imagino que la música setentera elegida de la ELO tendrá algo que ver, música que escuchabas cuando eras más joven, y que armonizaba divinamente con la coreografía. Pero no es sólo eso porque, al fin y al cabo, cuando vas a ver un espectáculo de danza contemporánea ya utilizan música de todo tipo, jazz, fusión, disco, new age, etc. La clave para mí y ésta es la segunda y fundamental razón por la que me entusiasmó Suspended in time, es que la coreografía era moderna, actual, pero con movimientos clásicos. Y no me refiero tipo Fama, aquella serie de televisión, no, quiero decir saltos, piruetas, danza sobre las puntas, cabriolas, etc, pero realizadas por bailarines clásicos con una técnica impecable y gran elegancia, combinado con una concepción actual de la danza. Y no sé si otros ballets están trabajando en esa línea, pero me parece una idea fantástica, una manera de evolucionar hacia un cambio de paradigma, algo así como el ballet clásico del siglo XXI y quizás una manera de asegurar la supervivencia de algunas formaciones de ballet clásico, condenadas a la extinción por falta de público.

Francamente, me gustaron los bailarines, ellos mejores que ellas, en especial Ángel Corella pero me sorprendieron dos o tres bailarines más con una gran potencia, técnica y presencia. Y me sorprendió porque en los diferentes espectáculos de ballet que he visto he notado, en ocasiones, falta de calidad en algunos bailarines masculinos, como si costase encontrar buena materia prima. Y seguramente es eso. Porque, vamos a ver, seguro que hay un montón de niñas pequeñas a las que sus padres han puesto a estudiar ballet. En cambio, estoy seguro que esos mismos padres no han hecho lo mismo con sus hijos varones. Y no es ninguna crítica, porque pensándolo bien yo mismo, aunque no soy un buen ejemplo porque no tengo hijos y ni siquiera hoy por hoy tengo instinto paternal, a la hora de pensar qué actividades extraescolares me gustarían para mis hijos creo que elegiría piano, ajedrez y ballet para una niña y piano, ajedrez y algún deporte de equipo tipo fútbol o básquet para un niño. Para que veas. Y eso que me encanta el ballet. Pero ya se sabe que somos nosotros y nuestras circunstancias, y la sociedad en que vivimos, la cultura y la historia que arrastramos pues, pesan mucho, la verdad. Y todavía quedan rastros de machismo y muchas tonterías con respecto a la sexualidad. Es como si pensáramos inconscientemente que si ponemos a nuestro hijo en clases de ballet, una actividad “más femenina” eso le podría influir en sus gustos sexuales. Por supuesto es una gilipollez supina y, ¿sabes qué? creo que todos los hombres deberíamos cultivar un poco más ese mal llamado lado femenino, con ballet, con baile o con lo que sea y quizás nos irían mejor las cosas. Y es que tendríais que haber visto a las tres o cuatro jovencitas que había sentadas a mi derecha. Se volvían locas con los bailarines, con sus piernas musculadas, con sus saltos y con sus mallas. Yo pensaba que a alguna le daba un soponcio con tanta excitación.

Este periplo de lujo de dos semanas en cuanto a espectáculos terminó, como os decía en el primer parágrafo, con el estreno de la temporada en el Liceo. Y es que después de cuarenta años se dejó caer por allí el Ballet Mariinski. Creo que la última vez que se les pudo ver en el Liceo, un jovencísimo Mijaíl Baryshnikov empezaba a encandilar. No ha llovido desde entonces. Ya iba siendo hora que uno de los considerados dos mejores ballets del mundo visitara una de las principales plazas europeas. Y lo hizo con El Corsario, un clásico entre los clásicos. Los bailarines estuvieron magníficos con una Uliana Lopatkina soberbia que aúna una técnica depurada y una elegancia insuperable. Estoy convencido de que algunos espectadores habrán considerado la puesta en escena muy antigua, incluso desfasada. Y la verdad es que la representación no debió ser muy diferente a las que se podían ver hace un siglo. Pero a mí me gusta de vez en cuando ver óperas y ballets tal como se hacían hace décadas, siglos, no sé, es como si te teletransportases al pasado. Cierras los ojos un momento, dejas volar un poco la imaginación y de repente te encuentras en un palco del Teatro Mariinski en San Petersburgo acompañado de … ¿Ana Karenina? No está mal, y ya puestos, intentas psicoanalizarla para quitarle las neuras, que Tolstoi no le daba un respiro …

 
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"Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar"

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