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ACERO Y PLATA DE LUNA

Música El Síndrome de Stendhal

El Síndrome de Stendhal

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Ha habido momentos en los que la belleza de algunas obras de arte me ha golpeado y me ha dejado extasiado. Me ocurrió la primera vez que estuve en el Museo d’Orsay de Paris en la sala de mi pintor favorito, Van Gogh, y también en el Museo Van Gogh en Ámsterdam. Y es verdad que ya había visto esos cuadros antes en libros o en fotos, están por todas partes, pero eso que los ves ahí, delante de ti, y te impresionan. Ves la obra sin intermediarios, los trazos del pintor, los auténticos colores del lienzo. Te puedes tirar una hora con un óleo y seguir descubriendo detalles en los que no habías reparado antes. Estar a solas con esas pinturas en el museo, antes de que llegue toda la maraña de turistas, es una sensación indescriptible.

Pero no ha sido en un museo donde he tenido esa sensación máxima de sentirme abrumado por tanta belleza. Fue en el Liceo. Allí experimenté el llamado síndrome de Stendhal. Y no una vez, me ha pasado en dos ocasiones. La primera fue en 2008 con un ballet ruso de gran categoría, acompañado por mi madre. No sé qué fue, un cúmulo de cosas supongo: la música inspiradora, la perfecta coreografía, la suprema elegancia de las bailarinas haciendo sus pasos, los imponentes saltos de los bailarines… Me imagino que tenía ese día una predisposición a dejarme llevar por tanta belleza y perfección, porque mi corazón empezó a acelerarse, sentía cosquilleos por todo el cuerpo, me costaba enfocar la mirada y me mareé. Menos mal que estaba sentado en la butaca porque si no, me caigo al suelo redondo. Mi madre se asustó al verme todo blanco. Pero al cabo de un rato me recuperé y ya nos tranquilizamos y pudimos disfrutar de aquel fantástico ballet. La segunda vez que me pasó algo parecido también fue en el Liceo, pero esta vez con una ópera. Fue con Turandot en el año 2009 y me acompañaba mi novia. El espectáculo fue apoteósico y volví a caer en ese extraño estado de exaltación. Os voy a dejar con Nessun Dorma, un área maravillosa de la famosa ópera de Puccini.

 

 
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"Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar"

Cortázar

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